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Si me pierdo que no me busquen en Suiza

 

fragmento de un cuadro de Josep Renau

Pocas veces me dejo tentar, literariamente hablando, por un autor superventas, ya que en las mesas y en las estanterías de Negra y Criminal hay mucho y bueno para elegir. Pero hay días para todo.

El libro que he leído este pasado fin de semana es El índice del miedo de Robert Harris. Saber que este era el autor y coguionista junto a Roman Polanski, de la película El escritor (Ghostwriter), me animó a intentarlo.

“La novela especula con un curioso programa de inteligencia artificial cuyo éxito se basa en el manejo de las emociones, algo que parece ser pieza clave en los movimientos de los mercados financieros. Estamos pues ante una trama que encajaría dentro del género de la ciencia ficción si no fuera por su inquietante parecido con la realidad…”

La novela está llena de guiños a la actualidad económica, a Wall Street y los odiados “mercados”. Harris nos cuenta los entresijos de los fondos de inversión de alto riesgo. Es decir nos habla de algo que desconocemos los lectores habituales. Harris nos cuenta  como hacen más dinero los que tienen mucho dinero. Las crisis hacen a los ricos más ricos, esto ya lo sabíamos, pero Harris lo cuenta muy bien y en clave de un entretenido suspense que atrapa al lector.

El protagonista, es un genio de la física despechado y convertido en una especie de profeta del dinero fácil. Alex Hoffmann, se ha pasado al mercado financiero y, como Frankenstein, ha creado una nueva criatura, un “organismo digital”: Vixal-4. Su creación ( en algún momento ixal-4 nos recuerda a HAL 9000, el malvado  artificial de 2001 una odisea del espacio). Un programa que produce astronómicas ganancias utilizando el miedo de los mercados hasta que parece enloquecer y cobrar voluntad propia.

El índice del miedo se puede definir como un thriller cybernegro financiero. Una novela  entretenida, donde no ganan los buenos. Es imposible: no hay buenos. Real como la vida misma.

Suiza, según Alex Hoffmann, protagonista del libro es “un país de gente a la que solo interesa el dinero y cuyos habitantes hacen el amor con la ropa puesta y las luces apagadas. Y ” donde no ha pasado nada emocionante desde 1898, cuando la emperatriz de Austria, la famosa Sissi, murió apuñalada por un anarquista italiano al salir del Hotel Beau-Rivage después de comer.”

Una de  las pocas escenas gastronómicas del libro transcurre en el restaurante de este famoso hotel de Ginebra.  Los grandes inversores se reúnen para sellar su acuerdo financiero. Comen mientras se quejan de Hacienda y se compadecen de si mismos. Pobres ricos. Cada uno de ellos esta dispuesto a invertir en la sociedad de Alex y Quarry, su amigo y socio, mil millones de dólares.

(…) En este momento las puertas se abrieron de par en par y por ellas pasó una fila de ocho camareros con frac, cada uno con dos platos tapados con cubre platos de plata. Se colocaron entre la pareja de comensales que les correspondía, les pusieron los platos delante, asieron los cubre platos con sus manos enfundadas en guantes blancos y, a una señal de maître, los levantaron. El plato principal era ternera con colmenillas y espárragos, y se lo sirvieron a todos excepto a Elmira Gulzhan, que tomó pescado a la plancha, y a Étienne Mussard, que comió una hamburguesa con patatas fritas.

_No puedo con la ternera _dijo Elmira inclinándose confiadamente hacia Hoffmann y dejándole entrever brevemente sus pechos de piel dorada_. Esos pobres animales sufren mucho.

_Ah, pues yo prefiero comer animales que hayan sufrido_ dijo Quarry alegremente blandiendo el cuchillo y el tenedor; había vuelto a colgarse la servilleta del cuello de la camisa_.Creo que el miedo libera una sustancia de sabor intenso que va del sistema nervoso a los músculos. Chuletas de ternera joven, langosta termidor, foie…Cuanto más desagradable sea la muerte, mejor, esa es mi filosofía: sin dolor no hay recompensa.

 El vino que acompaña la comida de tales individuos no es, para nada, despreciable. Solo beberlo en su compañía, lo sería.

El tinto es un Burdeos, un Château Latour 1995, que tiene un precio aproximado de 785 euros

el blanco, un Louis Jadot Montranchet Grand Cru 2006, mucho más asequible que el anterior, solo unos 300 euros la botella. Pecata minuta para los inversores financieros.

Ambos vinos son altamente considerados por el “gurú” de los vinos Robert Parker.

Creo que me moriré sin probarlos. Hélas!

Bebidas peligrosas. Dry Martini


(…) Poirot asintió.

_ Soy un gran conocedor de la naturaleza humana y me parece en extremo improbable que alguien deseara ningún mal a un hombre tan encantador como el párroco. Sin embargo la copa del combinado nos dirá algo.

_ ¿Cuál cree usted que será el resultado del análisis?

_ Sólo tengo algunas sospechas; ahora, si quieren ustedes que les diga lo que creo del resultado del análisis…

_Sí.

_Pues sospecho que encontrarán los restos de un excelente Dry Martini.

Tragedia en tres actos. (Three Act Tragedy,1934), Agatha Christie

Sobre el Dry Martini

El Dry Martini es como tantas cosas, saben más de él los que más han bebido. Por eso, es mejor no preguntar la fórmula  a un barman ( aunque los hay muy buenos en el ancho mundo)  si no a un consumado y fiable bebedor. En este caso sigamos los pasos a Luís Buñuel en Mi último suspiro (memorias),1982. Un libro de cabecera como aquellos médicos de antaño.

(…) Mi bebida preferida es es el Dry Martini. Dado el papel primordial que ha desempeñado el Dry Martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas. Al igual que todos los cócteles, probablemente, el dry-martini es un invento norteamericano. Básicamente se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente “Noilly-Prat” . Los buenos catadores que toman el Dry Martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra…

(…) Pero a mi me parece una exageración.

Otra recomendación: el hielo debe ser muy duro, para que no suelte agua. No hay nada peor que un Martini mojado.

Permítaseme dar mi fórmula personal, fruto de larga experiencia, con la que siempre obtengo un éxito bastante halagüeño.

Pongo en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra, y coctelera, la víspera del día que espero los invitados. Tengo un termómetro que me permite comprobar que el hielo esté a unos veinte grados bajo cero. Al día siguiente, cuando llegan los amigos, saco todo lo que necesito. Primeramente, sobre el hielo bien duro echo unas gotas de “ Noilly-Prat” y media cucharita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los ingredientes. Sobre el hielo vierto la ginebra pura, agito y sirvo.”

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