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El sabor de la memoria de Leonardo Padura

miércoles 30 de mayo. Leonardo Padura nos visita en Negra y Criminal y nos deja este documento único

Agatha Christie cocina en Chagar Bazar

Max-Mallowan-y-Agatha-Christie

“Hay libros que se leen con una persistente sonrisa interior que de vez en cuando se vuelve visible y en ocasiones audible. Ven y dime cómo vives es uno de ellos, y leerlo es un placer en estado puro”

Lo dice Jacquetta Hawkes, la eminente arqueóloga,  en el prólogo, y yo comparto totalmente su opinión.

A veces, como más desquiciada se vuelve la realidad más necesarios resultan los momentos de pequeñas evasiones, de pequeñas “burbujas”, más allá de cualquier realidad,Ven y dime como vives, es una de estas “burbujas”. En todo caso fue “la realidad” de un momento feliz de Aghata Chiristie, que, como buena narradora, nos ha sabido transmitir. Luego, también para ella, vendrían otras realidades. La segunda guerra mundial no tardaría en empezar.

Ven y dime cómo vives es un libro, no solo recomendable para aquellas lectoras (y algún lector) que han disfrutado, con los relatos criminales de Aghata Christie, si no también para cualquier lector al que le gusten los libros de viajes; libros de viajes de viajeros de otros tiempos, es decir, de  viajeros “con tiempo”, con mucho tiempo por delante. Sus páginas son el testimonio escrito de varias temporadas que pasó la autora en la  excavación arqueológica en Siria e Irak, en respuesta a las innumerables preguntas que sus amistades y conocidos le hacían acerca del tipo de vida que llevaban en aquellos lugares. Agatha Christie con su segundo marido, el prestigioso arqueólogo británico Max Mallowan, recorrió todo el Oriente Medio acompañándolo en sus excavaciones. Las peripecias y aventuras de este grupo de occidentales en los primeros años treinta, son narradas por la escritora con la ironía que la caracterizaba.

“Al fin y al cabo, ¿qué problema no puede sortear una inglesa como ella, con una buena dosis de sentido del humor o una taza de té bien cargado?”

Agatha-en-las-excavaciones-de-Chagar-Bazar

“(…) En las raras ocasiones en que entro en la cocina para “mostrar” a Dimitri la preparación de algún plato europeo, instantáneamente se ponen en marcha los más altos niveles de higiene y pureza general.Si cojo un cuenco que parece perfectamente limpio, de inmediato me lo quitan de las manos y se lo dan a Ferhid.

_Ferhid, limpia esto para que lo use la Jatun.

Ferhid aferra el cuenco, y mancha esmeradamente su interior con jabón amarillo, aplica un vigoroso pulido a la superficie jabonosa y me lo devuelve. Tengo el presentimiento de que un soufflé aromatizado con jabón no sabrá realmente bien, pero me reprimo y me obligo a seguir adelante.

Todo el proceso me tiene en vilo. En primer lugar, la temperatura de la cocina suele rondar los 37 grados e incluso para mantener ese frescor sólo hay una diminuta apertura que deja pasar la luz, por lo que el efecto general es de una penumbra bochornosa. A ella se suma la impresión dispensadora de la absoluta confianza y reverencia expresada en cada uno de los rostros que me rodean. Y me rodean una buena cantidad de rostros porque, además de Dimitri, el servil Ferhid y el altanero Alí, pueden presentarse a observar el producto: Subri, Mansur, el carpintero Serkis, el aguador y algún trabajador suelto que esté haciendo algo en la casa. La cocina es pequeña, la multitud enorme. Forman un corro de ojos admirados y reverentes que observan hasta el último detalle de mis movimientos. Empiezo a ponerme nerviosa y siento que todo saldrá mal. Se me cae un huevo al suelo y se rompe. ¡Tan plena es la confianza que depositan en mí que durante un minuto todos interpretan que ello forma parte del ritual!

Sigo adelante, cada vez más acalorada y más desquiciada. Los cazos son distintos a todos los que conozco, el batidor de huevos tiene el mango inesperadamente desmontable, la forma o el tamaño de todo lo que uso es una rareza…me recompongo y resuelvo a la desesperada que, cualquiera que sea el resultado, fingiré que esa era mi intención.

A decir verdad, los resultados fluctúan. La cuajada al limón es un éxito rotundo; la mantecada es incomible y la enterramos en secreto; un soufflé de vainilla sale bien de milagro, en tanto que el pollo Maryland (debido, comprendo más adelante, a la extrema frescura e increíble longevidad de los pollos) es tan duro que nadie puede hincarle el diente.”

El dulzor que amargó el sueño de un pueblo. JAMES McCLURE, y un ron


En opinión de Kramer, la lluvia caída por la noche le había sentado a Jafini como le sienta a un cadáver que lo embalsamen. El poblacho de mala muerte no parecía menos muerto que antes pero al menos sus colores habían mejorado bastante, ahora que la lluvia se había llevado el polvo. El ligero olor a putrefacción también se había ido sumidero abajo.

Hay libros que se leen con la sonrisa puesta. La Canción del perro de James Mc Clure es uno de estos.

Quizás sea por que mi precoz base de datos literaria se formó con libros de autores anglosajones, véase Robert Louis Stevenson, Richmal Crompton y su pandilla de proscritos, Daniel Defoe, James Fenimore Cooper, Mark Twain,  Conan Doyle, Louisa May Alcott, Agatha Chiristie,…-con las nobles excepciónes de Julio Verne y Alexandre Dumas-,… la cuestión es, que los buenos autores de lengua inglesa (que nos llegan bien traducidos) siguen teniendo para mi, una manera, un estilo que les confiere marca de identidad.

McClure, creo una pareja negrocriminal literaria totalmente original. Una pareja de policías muy peculiar: uno blanco y afrikáner, y el otro negro y zulú. Kramer y Zondi.

La acción de esta serie de novelas transcurre en la Sudáfrica más profundamente racista de los años sesenta y setenta. Entre mis conocidos hay pocos que vayan a viajar a África a convertirse en reserva, rodeados de animales libres, pero si alguien que lea este blog piensa hacer este viaje les aconsejo que lean antes, o lleven en su equipaje,  las novelas de Kramer y Zondi. Serán una guía imprescindible para conocer de Sudafrica algo más que sus reservas. De cualquier forma, leer a Mc Clure es todo un viaje, disfrutando con su fina ironía y su sentido del humor, solo comparable al de su buen amigo Tom Sharpe.

La Canción del perro es un libro para evadirse unas horas de la realidad, más negracriminal que nunca, y disfrutar de la inteligencia de su autor. Un lujo que nos podemos permitir.

La canción del perro (The Song Dog, 1991)  la que sería la última novela de la serie de Kramer y Zondi, es en realidad una precuela. En ella, la historia retrocede a los años sesenta (de fondo sabremos que Nelson Mandela acaba de ser detenido) y disfrutaremos con la narración del primer encuentro de los dos policías  con más contraste cromático de la literatura negrocriminal.

Una posdata.

Conocimos a James McClure, en a Semana Negra de Gijón del año 2005, justo un año antes de su muerte. Es una de las veces que tanto el librero como yo misma hemos sentido más frustración por no hablar inglés, pues James Mc Clure era la simpatía y la calidez en persona.

James McClure dedica ejemplares de El leopardo de medianoche, en nuestra librería en Semana Negra de Gijón , 2005

En esta nota, otro escritor amigo suyo y nuestro, Gisbert Haefs nos comunicaba su muerte. Aquí queda  pues explicado el porque del ron.

—– Original Message —–

From: Gisbert Haefs

To: Negra y Criminal

Sent: Tuesday, June 20, 2006 3:31 PM

Subject: James Mc Clure

Querido Paco y Montse-

Vengo de recibir desde Oxford la tristísima noticia de qui mi buen amigo y colega James McClure falleció el pasado sábado 17 de junio. Me escribe su hija Kirsty: “He died peacefully after a brave fight against MRSA, with complications caused by myelodysplasia. All his family were with him… I would be grateful if you could pass this information on to all his friends from the Spanish crime conference.

There will be an obituary in the Guardian Newspaper this week. His funeral will be held at St Mary’s Church,Market Square,Wallingfordon Wednesday 5th July 2006 at 2pm, followed by internment at Wallingford cemetery.”

Antes de su enfermedad, Jim era un muy erudito bebedor de ron. Sugiero que brindamos.

Un abrazo –

Gisbert

Chester Himes, escritor de gato, y el Palm Café

fotografía en su Memorial, situado en el paseo del puerto de Moraira

Hay escritores negrocriminales de gato, y hay otros de perro. Yo siento más afinidad con los de gato, aunque quizás sea mera coincidencia.

Escritores de gato son, solo por citar unos pocos, Edgar Allan Poe, Raimond Chandler, Patricia Haighsmith, Dorothy L. Sayers, y… Chester Himes.

Chester Himes era un escritor con gato.

Chester Himes nace en Missouri, Estados Unidos de América el  29 de julio de 1909. Entra en prisión a los 19 años, por un robo a mano armada, y no sale hasta los 26. Le sobra tiempo para leer. En la biblioteca de la cárcel, en un número de la revista Black Mask descubre a Dashiell Hammett. A partir de entonces comenzará a escribir y a describir el mundo que tan bien conoce. El mundo del ghetto negro en los Estados Unidos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. El mundo de Harlem. La “jungla” de Harlem.  Su mundo.

Sus fantásticos protagonistas Sepulturero JonesAtaúd  Johnson son dos negros como la noche más negra. En Un ciego con una pistola van a patrullar con su viejo sedán negro “Plymouth”.


(…) con las luces apagadas como era su costumbre cuando iban por las calles oscuras. El coche apenas hacía ruido; a pesar de todo su lamentable aspecto, el motor era sumamente silencioso. Pasaba prácticamente desapercibido, como un vehículo fantasma flotando en la oscuridad, con ocupantes invisibles.En parte, esto se debía a que ambos detectives eran tan negros como la noche, vestían trajes de alpaca liviana y oscura y camisas de algodón negras…”

Todos muertos; Un ciego con una pistola; Corre, hombrePor amor a Imabelle

Chester Himes un buen día se cansó de Harlem y de Estados Unidos y se fue a vivir  a París. Es allí donde el escritor encontró la sensibilidad necesaria para el merecido reconocimiento y difusión de sus novelas. El editor Marcel Duhamel, le convertiría en una de las firmas más sólidas de su célebre colección Serie Noire.

Quince años duró su estancia en aquella ciudad, luego buscó la calidez del sur para vivir, y para morir.

Moraira, en Alicante, fue su último destino.

Chester Himes quería ser enterrado en París. “Pero era muy complicado lograrlo sin ser residente. Creo que no le importará, después de muerto”  reconoció su viuda a la periodista Isabel Llorens, que realizó una crónica para El País después del entierro del escritor en el cementerio de Benissa (Alicante). Al entierro asistieron 12 personas. Era en 1984. Tenía 75 años. En 1983, Himes publicó la que sería su última novela, titulada Plan B, y un poco antes se había publicado su imprescindible autobiografía.

A Chester Himmes, a Sepulturero Jones, a Ataúd  Johnson, y a mi, nos gustan los bares. El Palm Café sale en Por amor a Imabelle*.

(…) Poco antes de llegar a la Séptima Avenida, se desviaron para entrar en el Palm Café. Los barmans vestían chaquetillas blancas almidonadas y las camareras encargadas de mesas y reservados llevaban uniformes verde y amarillo bajo los que destacaba una piel canela intenso. Desde una pequeña tarima, tres músicos tocaban ritmos rápidos.

La clientela estaba formada por los listos de turno que vivían de la astucia, los zalameros especuladores de Harlem, de reluciente y aplastada cabellera y vestidos con suave elegancia, junto a sus princesas de ceñida vestimenta, coristas o modelos_ el oficio era lo de menos_,rutilantes con su iridiscente bisutería, sus miradas oscuras y maquilladas, sus uñas rojas y fulgurantes, sus sonrisas que descubrían unos dientes blancos como perlas entre labios de púrpura, sus gestos excitantes entregados a todo el ardor que pudiera pagarse con dinero.

Gus se abrió paso hasta la barra y le hizo sitio a Jackson.

_Esta es la clase de local que me gusta_dijo_. Me gusta un ambiente cultivado. Comer bien. Vinos caros. Hombres prósperos. Mujeres guapas. Atmósfera cosmopolita. El único problema es que esto cuesta dinero, Jackson, dinero.

_Bueno, pues yo llevo dinero_ dijo Jackson haciendo una seña al barman. ¿Qué quiere tomar?

Los dos pidieron whisky.”

La huella de sus manos en el Memorial de Moraira

La huella de sus manos en el Memorial de Moraira

*La edición que tengo entre manos, editada por Bruguera en 1980, cuenta con la traducción del recordado amigo Josep Elías (con asesoramiento léxico de Manuel Sánchez Torres (alias el Palomo)

Sin noticias de Gordo Larsson…

Hoy, esperábamos a Gordo Larsson pero no ha aparecido…

Quizás Silvio Scumbag les ha cortado algo más que los huevos a Gordo Larsson y a Valerio Bravo. Confiemos que sigan vivos y puedan alcanzar su objetivo culinario.

Seguiremos informando.

A veces,una copa obra el milagro. En el blog de Nuria Vidal

Ariane Ascaride, en Las nieves del Kilimanjaro

(…) Marie-Claire, en un momento de cansancio y desolación, se sienta en la terraza de un café. El camarero la ve y, pensando que tiene penas de amor, le propone un cóctel infalible para superarlas. Pero Marie-Claire le mira y le dice algo así como “no es el amor, es la vida lo que me duele.” Y entonces el camarero, decide ofrecerle la copa perfecta para resituarse. Su pequeño discurso filosófico y la bebida griega que le recomienda, consiguen que Marie-Clare se enfoque de nuevo y vea claro que tiene que hacer. Es una secuencia muy corta, cómica y trágica a la vez. Es uno de eso momentos inolvidables de un film. Puedes prescindir de todo lo que les pasa a Marie-Claire y Michel, pero no olvidarás esa lección de vida que le regala el camarero.

En el blog de Nuria Vidal  http://nuvidal.blogspot.com.es/,entrada del 28 abril 2012

A mi, Nuria, también me pareció lo mejor de la película.

La bebida griega que le ofrece el camarero es un Metaxa.

El Metaxá es una bebida destilada que se elabora en Grecia. Lleva el nombre de su creador, Spyros Metaxas, desde 1888. Es una mezcla de brandy mezclado con un vino moscatel añejo de las islas de Samos y Lemnos. Es parecido al brandy, de color caramelo oscuro, con fuertes aromas de frutos secos, especias y flores. Su sabor es tirando a dulce.

Consumamos productos griegos

Un libro a leer y otro a releer. La honorable sociedad y La ideología alemana

karl Marx

“Toda clase que aspira a dominar debe conquistar ante todo el poder político para representar a su vez su propio interés como el interés general.”

Karl Marx, La ideología alemana

Así comienza la última novela de Dominique Manotti

Dominique Monotti es la autora  más política, en el antiguo y honesto significado del término, entre los autores negrocriminales del momento actual.

La honorable sociedad, título de la última novela de Dominique Manotti (a cuatro manos con DOA) no habla de la “Familia siciliana” pero si de la mafia del poder. La honorable sociedad de las llamadas clases altas (linajes incluidos)  suelen tener poco de honorable. Es nada más y nada menos que la alianza entre el mundo de la clase política y el mundo de los negocios.

La lucha de clases existe y hace mucho tiempo que ganan ellos.

2007, pocos días antes de la primera vuelta de las presidenciales francesas, encuentran el cadáver de un hombre en su casa. Los policías de la brigada criminal encargados del caso comprueban que se trata de un policía que trabajaba para el Comissariat à l’Energie Atomique. Pronto descartarán la pista “demasiado clara” que lleva hacia un grupo de ecologistas radicales…

Haciendo la lectura en clave francesa actual, es fácil poner nombres y apellidos a algunos personajes de la trama. Y si los autores exageran o mienten, no nos importa, no es nada comparado con la gran mentira de los que nos toman por tontos. Esta novela demuestra, una vez más, que no hay nada más real que la ficción para explicar la sucia realidad que vivimos.

La honorable sociedad

“(…) Astier, una institución del distrito once. Una institución en su vida, en su vida de antes. Antes de las chicas, antes de todo lo demás. Pâris entra en el restaurante.

Christelle ya ha llegado, tiene una copa de vino blanco y unas finas lonchas de salchichón en una bandeja delante de ella, mira cómo él se acerca, no se atreve a moverse o sonreír. Esta noche se lo juega todo y ella lo sabe.

Él toma asiento, intercambian algunas palabras vanas y pide el mismo aperitivo que su esposa. Deja el móvil encima de la mesa, ya no tiene fuerza o la necesidad de decir” por el trabajo”. Y su copa de vino llega al mismo tiempo que una llamada de Pereira. Pâris contesta, ni siquiera se levanta.

_ Dime.

“¿Estás con ella?”

_Sí.

“Entonces siento molestar, pero pensaba que lo querrías saber. Tentativa fallida respecto a Saffron Jones-Saber. A Duran le gustaría que nos escondiéramos cerca de una comunidad cerrada de intelectuales pero creo que perderíamos el tiempo.”

_ ¿ Courvoisier?

“Nada de momento.”

Echa un vistazo a su mujer. La mirada que le dirige no es muy amable.

_Te dejo. Hablamos mañana.

Pâris cuelga.

_ ¿ Vas a apagarlo?

_ No.

_Tenemos cosas importantes que decirnos.

_ Esto también lo es.

_Demasiado.

Un camarero viene a tomarles nota. Pâris, poco inspirado, se conforma con una carne poco hecha, su mujer tomará un entrante y una lubina. Y piden vino blanco, una botella.”

Gula tatuada. Andanzas de Gordo Larsson. capítulo séptimo

Capítulo séptimo.

Rebozo de carne al Ganchoferrado.

Salvado el barrio de El Camps, Gordo Larsson y Valerio Bravo, continuaron camino hacia el parque Leo Messi y sus hermosos pichones. Entraban en el tramo que ellos pensaban final de su recorrido, pero tal suposición era errónea porque aún debían afrontar los barrios de Berlusco y La Urdanga, territorio de salvajes y caníbales en grado superlativo.

–         Oye, Gordo, el descampado este hay que pasarlo en bruto y las posibilidades de que no lo consigamos son muchas. Quiero que sepas que has sido un compañero cojonudo – dijo Valerio Bravo, observando el erial que daba paso a las primeras casas de Berlusco.

–         No va a pasarnos nada, amigo, que muy fiero pintan lo que no es sino pobreza.

–         ¿Pobreza? No, coño, no, Gordo, parece mentira que aún no te hayas dado cuenta. Es hambre a paletadas. Mira ese esqueleto, por ejemplo – Valerio señaló unos huesos que blanqueaban en medio del descampado -. Ese no está así por pobre, sino por el hambre de otros.

–         Hambre y pobreza siempre han ido de la mano.

–         Como quieras, pero lo cierto es que me tiemblan las piernas solo de pensar en cruzar eso sin una maldita cubierta a mano.

Justo en ese momento, como si las leyes de la sensatez se fueran al carajo para desbaratar los razonamientos de Valerio, una niña surgió de la nada y caminó por la desolación con una inocencia solo al alcance de la infancia. Pegado a ella, fiel a sus pasos, un perro.

–         ¡Joder!  Parece un espejismo.

–         Es solo una niña, Valerio.

–         ¿Sólo? Eso es un almacén de carne, Gordo. Una niña y un perro bien cebado camino del matadero.

Gordo Larsson cerró el puño, recogió el brazo y le soltó una hostia a Valerio Bravo en los morros. Después sacó su cuchillo y se lo puso en el cuello.

–         Repite conmigo, malnacido, los niño son sagrados, los niños son sagrados, los niños son sagrados…

Valerio comprendió el aviso. Gordo Larsson nunca atacaba en vano. Si lo hacía era por un motivo importante, lo suficiente como para encajar las consecuencias.

–         Repite, gualdrapas, los niños son sagrados – insistió Gordo, con la hoja del cuchillo presionando el cuello de su compañero.

–         Los niños son sagrados – dijo Valerio -. Pero los perros no. Y ahora deja de hacer el imbécil y guarda esa faca.

Gordo se guardó el cuchillo y tendió un trapo a Valerio para que se limpiara la sangre. Le había hecho una buena raja en el labio. Después fue hacia la niña. Si había gente observando desde las casas de Berlusco, se limitaron a observar. Ningún contratiempo impidió a Gordo Larsson acercarse hasta ella. Tenía ojeras profundas y unos ojos tristes como la niebla.

–         Mi padre lo quiere matar para comérselo. Por eso nos hemos escapado esta mañana. Él y yo – dijo, señalando al cánido.

–         ¿Cómo se llama? – preguntó Gordo.

–         Se llama Rubalcaba. Es muy viejo. Mi padre dice que ya no sirve para nada y que tenemos que comérnoslo.

–         ¿Y dónde vive tu padre, pequeña?

La niña señaló hacia el edificio más alto del barrio de Berlusco, una torre de unos cuarenta pisos.

–         Se llama Silvio y es el jefe de este barrio.

Gordo Larsson fue consciente del peligro, pero algo le decía que debía ayudar a aquella criatura y que cualquier lugar sería mejor que las cercanías de Silvio Scumbag, por mucho que fueran padre e hija. Por eso le tendió su mano, ella la tomó confiada y caminaron de vuelta hacia donde Valerio, con Rubalcaba hocicando sus pasos.

–         Es la hija de Silvio Scumbag – dijo Gordo.

A Valerio Bravo aquella noticia le cauterizó la herida del labio en un santiamén, además de provocarle una tos torcida y dejarle atragantado durante un buen rato. Silvio Scumbag era un nombre de peso en la ciudad de Gil Mateos. Un peso ganado a base de crímenes, extorsiones, asaltos, asesinatos, violaciones, torturas, secuestros y otras actuaciones.

–         La hemos cagado, Gordo. Ahora ni se salva la niña ni nos salvamos nosotros. En cuanto al perro… hay que admitir que está bien cebado.

–         Mi padre se lo quiere comer – dijo la niña.

–         ¿Y hacia dónde ibas? – preguntó Gordo.

–         No lo sé – respondió la niña, encogiendo sus hombros -. Pero allí no vuelvo.

Allí era la torre de cuarenta pisos que dominaba el barrio de Berlusco. Valerio dijo que aquello no pintaba nada bien y Gordo trató de recordar el nombre que los antiguos usaban para definir la resolución de asuntos irresolubles.

–         Mi padre se come a los perros y también a las personas, ¿sabéis?

Lo tenía en la punta de la lengua, pero no cuajaba en su mente. Un nombre para sortear lo inevitable.

–         Mi padre es un ogro.

Una palabra para evitar el desastre inminente. Pero no llegaba a ella. Fue entonces cuando escuchó aquel trueno que crecía en intensidad y giró su cabeza hacia el cielo, ocupado por un enorme abejorro de hierro que descendía hacia ellos. Se cubrieron como pudieron del polvo y el ruido que generaba aquel monstruo al posarse sobre la tierra. Gordo nació cuando aquellas máquinas aún existían en el país, pero su recuerdo se había borrado completamente. Aquella en concreto vino volando desde Alemania y su misión consistía en recoger niños huérfanos y darles una familia en la civilizada Europa. Así les informó la mujer que descendió del aparato.

–         Esta niña se viene para Berlín – dijo, ofreciendo a la niña un caramelo y una salchicha envuelta en berza.

La niña dijo que sí al instante.

–         Pero el perro no – continuó la mujer.

La niña no puso objeción y entregó la correa de Rubalcaba a Gordo  Larsson.

–         Cuídalo – le dijo.

Después subió junto a la mujer a aquella máquina, que no tardó en volver a los cielos y desaparecer tan rápido como había llegado. Al cabo de un buen rato, pasado el estruendo pero no el asombro, Gordo Larsson y Valerio Bravo se miraron el uno al otro por si alguno tenía una respuesta.

–         No sabría qué decir – dijo Gordo.

–         Yo tampoco, aunque tal vez después de comer tenga alguna respuesta – dijo Valerio, tomando la correa de Rubalcaba – . Ahora vamos a buscar un lugar tranquilo.

Cuando el perro estuvo descuartizado y limpio, Gordo recordó aquella vieja receta del Ganchoferrado en la que a la carne se la rebozaba de huevo y harina y después se colgaba en un garfio sobre las brasas. Hacía mucho que no disfrutaba de aquella delicia y ese era un buen momento. Tenía todo lo que necesitaba y Rubalcaba, hay que reconocerlo, estaba muy bien cebado.

–         Yo no sé qué es lo que ha caído del cielo, pero lo que si tengo claro es que Silvio Scumbag nos va a cortar los huevos – dijo Valerio, ya con la tripa llena -. Le hemos dejado sin hija y sin perro en un soplido. Nos esperan putas en Berlusco, amigo Gordo.

Próximo: Picadillo a la veneciana. 

Una de espías, y unos meze en Salónica

Ulrich Mühe en La vida de los otros

El espionaje ha existido en todas las épocas, y ha sido tema recurrente en la historia del género negrocriminal y de espías. El mismo Conan Doyle, se introdujo en el género, cuando hizo que Sherlock Holmes protegiera secretos británicos de vital importancia en El tratado naval (1894). 

E. Phillips Oppenheim, escribió sus relatos entre 1900 -1914.

Otros autores han escrito obras memorables:Eric Ambler, con Epitafio para un espía (1938) y La máscara de Dimitrios (1940). Graham Greene, El americano impasible (1952) Nuestro hombre en La Habana (1959, El factor humano (1978). John Le Carré creador del inolvidable agente George Smiley, Llamada para el muerto (1961), Asesinato de calidad (1962), El espejo de los espías (1965), El espía que surgió del frío (1963), El topo (1974), El honorable colegial (1977), La gente de Smiley (1979).

Los relatos de espionaje se pueden situar en cualquier época, pero  hay que reconocer que la más atractiva, y la que goza de una más amplia iconografía en escenarios novelescos y cinematográficos, se sitúa entre los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial (1939 -1945), y el final de la llamada Guerra Fría, es decir hasta el final de la URSS.

El espionaje actual carece de glamour. Espiar las infidelidades conyugales, los mercados, o saber los entresijos que llevaron al asesinato de Bin Laden quedan lejos de imágenes como estas:

Greta Garbo en Mata Hari ( 1931)

Dos de los mejores escritores actuales especializados en este tipo de relatos: Philip Kerr, con su saga Berlin Noir, protagonizada por el detective alemán Bernhard “Bernie” Gunther, y Alan Furst , sin protagonista fijo, se sienten atraídos por esos mundos perdidos, más cinematográficos que reales, de los años treinta y cuarenta en la convulsa Europa de la Segunda Guerra Mundial, y los convierten en escenario de sus novelas.

Espías de los Balcanes es la última novela publicada (y leída) de Alan Furst :

Grecia, 1940. En la ciudad portuaria de Salónica, una guerra secreta está a punto de estallar. Mientras Adolf Hitler planea invadir los Balcanes, los espías cercan la ciudad. En los burdeles y en las trastiendas de oscuras barberías los sobres pasan de mano en mano, y los susurros corren por tabernas y locales nocturnos.

Costa Zannis, un oficial de policía de avanzada edad, regresa a Salónica tras luchar contra las tropas de Mussolini. Costa es un hombre valioso, con contactos en las más altas esferas y en los bajos fondos. Pronto se ve envuelto en un operativo para ayudar a refugiados judíos huidos de Alemania. Mientras la guerra amenaza la ciudad, tres mujeres cambiarán los últimos años de la vida de Costa: una dama británica expatriada, una mujer de fama poco respetable y la esposa del mayor magnate del lugar.


En una escena de la novela, Costa Zannis va con su amante Roxanne Brown a una taberna que es algo más que una simple taberna. El Balthazar. Un local, escondido en una bodega en los bajos fondos de la plaza Vardar.

(…) Balthazar estuvo encantado de verlos y les dedicó una solemne reverencia.

_ Es un placer _ dijo_. Llevaban demasiado tiempo sin venir.

Los condujo a una habitación muy pequeña y muy privada, con otomanas, alfombras tupidas y mesas bajas de latón. La suave oscuridad apenas la estorbaba una lámpara de alcohol que parpadeaba en un rincón. Balthazar prendió incienso y luego preparó dos narguiles, cada uno con una generosa pella de hachís de color ocre.

_ ¿Comerán después? ¿Unos mezé?

Los “mezé”  no son propiamente de Grecia si no que comparten protagonismo con otros países del este del Mediterráneo y de Oriente Medio: Turquía, Bulgaria, Serbia… Jordania, Palestina, Siria, Líbano.

La palabra “meze“, al parecer, proviene del Iraní. Los mezé son una variedad de pequeños platillos, unos entremeses, que en sí podrían constituir una comida. Se sirven acompañados de pan tipo pita. Los mezé varían según se elaboren en pueblos del interior o en poblaciones costeras. En el interior están basados en verduras, berenjenas, pimientos, tomates, carne de cordero, hojas de vid, legumbres, arroz…, y en la costa, encontramos más variedad de mezé de pescado: huevas, mejillones,…

Suelen acompañarse de la bebida local, en Grecia de ouzo, en Turquía de raki.

El verano es la temporada ideal para comer mezé, pero la Taramosalata, la hago frecuentemente, cuando encuentro huevas de pescado en el mercado. Ayer mismo.

Tzatziki y Taramosalata versión Montse clavé

Taramosalata

200 g  de huevas de pescado (las de merluza son la que se encuentran más fácilmente, pero pueden ser de cualquier otro pescado).

Si no queréis hervirlas vosotros,  podéis utilizar 2 botes de huevas rojas (salmón, lumpo…etc) en conserva.

1 cebolla mediana, rallada fina

300 g de miga de pan blanco

4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

El jugo de 2 limones

Hervir las huevas. Poner agua a hervir con una hoja de laurel y un poco de sal. Introducir las huevas, y dejarlas hervir unos 8 minutos. Dejar enfriar en la misma agua.

Escurrirlas, quitar las pequeñas venillas  de color negro que puedan tener, y  ponerlas en la batidora. Remojar, en agua mineral, la miga de pan, escurrirla, y agregarla a la batidora junto con el aceite y el jugo de limón. Mezclar bien. Depositar la mezcla en un bol, agregar la cebolla, e incorporarla totalmente a la salsa. Tapar y dejar reposar en la nevera aproximadamente 1 hora.

Es delicioso.

tzatziki

1 pepino

200 g de yogurt griego

2 dientes de ajo

4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

3 cucharadas de zumo de limón

sal y pimienta

Rallar el pepino y dejarlo escurrir unos minutos. Rallar los ajos, ponerlos en un bol al que incorporaremos el yogurt y el pepino rallado. Salpimentar, agregar el aceite y el jugo de limón. Mezclar muy bien en redondo, como para hacer ajoaceite a mano. Tapar y dejar reposar en la nevera aproximadamente 1 hora.

Horiatiki Salata

1 pepino

3 tomates, cortados a trocitos pequeños

1 cebolla, picada

1 pimiento verde, picado

aceitunas negras

queso feta , cortado en cuadraditos

aceite de oliva virgen extra

sal, pimienta y orégano.

Lavar las verduras y cortarlas. En una ensaladera honda, poner todos los ingredientes, y aliñar con aceite, sal y pimienta

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo sexto

Capítulo sexto

Homo sapiens con base Mathurine.

Avanzando entre los últimos edificios del barrio de La Bola, cerca ya del descampado previo al barrio de Berlusco, Gordo Larsson y Valerio Bravo vieron a un hombre que, en mitad de la calle, tenía al fuego una cacerola. Se escondieron tras un montón de escombros y observaron. Las llamas eran mínimas y el hombre también. Pequeño y viejo, tan a descubierto, Valerio dijo que le inspiraba tanta confianza como diez buitres juntos.

–         Pero está cocinando. No parece peligroso – dijo Gordo Larsson.

–         Esa es la mejor arma de los viejos, nunca parecéis peligrosos.

–         Y además tengo hambre. La carne de esos canguros era una porquería.

–         ¿Te refieres a que lo matemos y nos lo comamos, Gordo?

–         Me refiero a lo que pueda estar cocinando, Valerio.

–         No está cocinando nada, Gordo. Ese viejo es un puñetero cebo.

Al instante, Gordo Larsson se agachó aún más y echó un vistazo alrededor.

–         No veo a nadie – dijo.

–         Sé muy bien que están ahí. Yo también he usado este truco. Plantas a un viejo amenazándole con cortarle el cuello si se mueve y después esperas a que pase alguien igual de confiado que tú y trate de robarle la comida al viejo.

–         Joder, Valerio. Te aprecio mucho, pero eres el exponente máximo de la podredumbre de esta ciudad. No hablo ni de robarle ni de matarle ni de comerle, sólo quiero acercarme ahí para ver qué está cocinando y tratar de meter cuchara, nada más.

–         Te equivocas de raíz, Gordo. Esta ciudad ya se pudrió hace muchos años, la fase actual es la de la desolación. Y sí, yo soy un buen exponente.

Valerio Bravo metió mano en su macuto y extrajo un paquete pringado de sangre. Eran dos pedazos del muslo de Oriol Tuiter i Tuiter a punto de comenzar a oler realmente mal.

–         Si los asas bien nos aseguramos la cena – dijo.

–         Pero tú, estimado Valerio, estás más que acostumbrado a la carne cruda. Ahora no tenemos tiempo para barbacoas. Comemos con el viejo y después continuamos para el barrio de Berlusco.

Valerio Bravo, exponente de la desolación, arrojó el paquete de carne a una alcantarilla y encaró a Gordo Larsson.

–         Adoro la carne cruda, Gordo. Y la adoración va mucho más allá de la costumbre. Así que no comemos con el viejo, sino que nos comemos al viejo… al que sea, y yo veo dos. Él y tú.

El lo acompañó clavando la punta de su dedo índice en el pecho de Gordo, quien llegó a viejo gracias a la astucia y la sensatez. Esta última cualidad le decía bien claro que no tentara los colmillos de Valerio Bravo. En cuanto a la astucia, Valerio también tenía la suya.

–         Tú vas a ser el falso cebo, Gordo. Te acercas a unos veinte metros y vemos qué sucede.

–         ¿Vemos? Si ese viejo es un cebo lo más probable es que yo no vea nada más que la muerte, si acaso.

–         Si no es tiempo de barbacoas, mucho menos de filosofías, Gordo Larsson. ¿Vas o te voy?

Y Gordo fue porque en su caso, aunque no lo admitiera, la cobardía también sumaba a la astucia y la sensatez. Avanzó pegado a un edificio hasta llegar a veinte pasos del viejo, que ya le había visto y le hacía señas para que se acercara. Gordo se parapetó tras un muro y observó al viejo. La cazuela era un interrogante. ¿Qué podía haber dentro? No hervoteaba nada, el fuego era mínimo.

–         ¡Venga usted aquí, buen hombre! – gritó el viejo a Gordo -. ¡Que no le voy a comer, carajo! ¡Que no tengo un maldito diente, por favor! ¡Es que ya no hay un solo ser humano digno de tal nombre en esta ciudad!

–         ¿Qué está cocinando? – preguntó Gordo Larsson.

–         ¡Un puré Mathurine! – respondió el viejo.

Gordo Larsson se desmontó. Del mismo modo que los cataclismos sacuden la corteza terrestre, su pensamiento se dislocó en dos placas antagónicas: comerse al viejo o comer junto a él ese delicioso puré Mathurine.

–         ¡Pero le advierto que no tengo mantequilla! – gritó el viejo.

–         ¿Patatas, guisantes y puerros? – preguntó.

–         ¡Pues claro, hombre, que si no estaríamos hablando de otra cosa! ¡Y véngase ya para aquí, que me cansa gritar tanto!

Gordo Larsson miró hacia la posición de Valerio y este le hizo una señal para que se acercara más. Gordo abandonó su parapeto y caminó hacia el viejo. Cuando llegó a su lado, este se levantó y le tendió la mano.

–         Rodrigo Rato – dijo.

–         Un placer, yo soy Gordo Larsson.

Se sentaron junto a la cacerola y Gordo la destapó, acercando su nariz.

–         Acaba de romper el hervor – dijo el viejo -. Queda para largo porque no tengo buen fuego.

–         ¿Tiene tamiz para pasarlo?

–         Pues claro, hombre de Dios.

Gordo Larsson se quedó pensativo. Hacía muchos años que no escuchaba aquella expresión: hombre de Dios. Volver a encontrarse con ella añadía un extra de interés hacia el portador, además, claro está, del puré Mathurine.

–         ¿De dónde es usted, señor Rodrigo Rato?

–         Nací en las islas Cayman, pero mi bisabuelo era español de pura cepa, de los exiliados de los años treinta. Era político y banquero. ¿Y usted, señor Gordo Larsson?

–         Yo soy de donde mi estómago me lleve, por eso me llaman Gordo. Mi verdadero nombre es Larsson Gómez. En cuanto a mi bisabuelo, no puedo darle referencias.

–         ¿Y su abuelo?

–         Tampoco.

–         ¿Y su padre?

–         Mucho menos. De todos modos, lo que sí decía mi madre es que en honradez los de nuestra saga siempre hemos puntuado alto. ¿Y la suya, señor Rodrigo Rato?

–         También puntuamos alto. Es más, ese es el único motivo por el que ahora me encuentro en esta apurada situación. Tan alto puntuó mi bisabuelo en la política y en la banca que no pudo sacar todas sus riquezas cuando lo del exilio. Con las cuentas corrientes y el efectivo no hubo problema, pero además había atesorado cien kilogramos de oro. Esos no pudo sacarlos y se vio obligado a esconderlos. La familia me envió en su búsqueda. Lo he encontrado, pero ahora no puedo escapar con él ni de esta ciudad ni de esta desgraciada isla de Iberia.

–         El oro no se come, señor Rodrigo Rato.

–         No en esta mierda de lugar, señor Gordo Larsson.

–         Donde usted está atrapado al igual que yo. Esperemos la cocción, procedamos con el tamizado, sustituyamos la sucia mantequilla por el insuperable aceite de oliva y degustemos del puré Mathurine. ¿Le parece?

–         Agradezco la compañía. Me parece una idea excelente.

–         Y yo agradezco el encontrar en este páramo urbano de Gil Mateos una persona conocedora de las artes gastronómicas, señor Rodrigo Rato.

–         ¿Y lo del tesoro de mi bisabuelo?

–         ¿Qué hay de él? – preguntó Gordo, acercando el oído a la cazuela para calcular el nivel de cocción.

–         ¿No le interesa saber dónde está escondido?

–         En absoluto. Mi meta es el parque Leo Messi y mi trabajo regresar al barrio de La Bola con dos pichones bien gordos. Cien kilos de lo que sea es lo que menos me conviene en este momento.

–         Si me ayuda le doy el uno por ciento. Un kilo de oro vale treinta mil dólares en el mundo exterior, el de verdad.

–         ¿Qué son dólares? – preguntó Gordo Larsson.

–         ¿Me toma usted el pelo?

–         ¿Se comen?

–         ¡Por favor!

Sopló la brisa, el fuego se avivó y en un instante la cazuela comenzó a hervotear en serio. Rodrigo Rato se acercó a ella y la destapó para revolver con un cucharón de madera. Ese gesto tan cotidiano, tan de hogar humilde, de olla podrida, fue lo último que Rodrigo Rato hizo en su vida, porque Valerio Bravo, preciso en su condición de cazador machetero, le cortó la cabeza de un solo golpe. La cabeza cayó a la cazuela y Gordo Larsson cerró la tapa.

–         Si tengo que comer algo de este hombre, que sean los sesos – dijo.

–         Pues yo le daré a los lomos, sin despreciar ni el corazón ni el hígado – dijo Valerio -. Necesitamos proteína. Hasta ahora ha sido un paseo, pero en el barrio de Berlusco la cosa empieza en serio.

Gordo Larsson se llevó la mano a su bolso de especias y arrojó un puñado de sal a la cazuela. Conocía el resabor dulzón de la carne humana. Los ojos de Rodrigo Rato, ya amarillos, también se los comería. Pensaba comerle hasta el alma a ese engreído, digerirla a conciencia y cagarla después en algún callejón de Gil Mateos.

–         ¿De qué hablabais? – preguntó Valerio.

–         De que le gustaba la cocina. No era más que un viejo elitista con ganas de charla.

Por algún motivo, casi seguro que el del brillo atemporal del oro, Gordo Larsson guardó silencio respecto a lo del tesoro escondido.

–         Pues si le gustaba la cocina, qué mejor final que su cabeza en una bandeja para saciar el hambre del pueblo. ¿No crees, Gordo?

–         Creo, Valerio, creo.

Próximo: Rebozo de carne al Ganchoferrado

Bares de novela negra: El Schroder de Harry Hole en Oslo

Jo Nesbo en el bar preferido de su personaje: Harry Hole

Jo Nesbo es el más hollywoodiano de los escritores noruegos.

Su última novela publicada, El redentor, debería leerse en verano, cuando es más de agradecer que al menos a través de la lectura, nos encontremos 18 grados bajo cero, y en algunas páginas lleguemos hasta los  -22..

Nos cae bien su protagonista, Harry Hole, detective de la policía en la Politihuset de Oslo, por que lee a Jim Thompson, y además por que consigue resolver sus casos, incluso acechado por su peor enemigo: Jim Beam.

El bar favorito de Harry, es el Schrøder.

(…) Harry estaba sentado en su mesa de siempre mirando dentro de un vaso medio lleno de cerveza. El llamado restaurante era en realidad un sencillo y ajado antro de copas, pero con un aura de orgullo y dignidad que posiblemente se debiera a la clientela, al personal, y a los excelentes cuadros, un poco fuera de lugar, que adornaban las paredes ahumadas. O al hecho de que el restaurante Schrøder hubiera sobrevivido durante tantos años mientras muchos locales del vecindario cambiaban de cartel y de propietario.

Era domingo por la noche, antes del cierre, y no había mucha gente. Pero acababa de entrar un cliente nuevo que echó un vistazo al local mientras se desabrochaba el abrigo que llevaba sobre la chaqueta de tweed, antes de ir derecho a la mesa de Harry.

_ Buenas noches, amigo mío_dijo Stale Aune_. Esta parece ser tu esquina favorita.

_ No es una esquina_contestó Harry sin farfullar_. Es un rincón. Las esquinas están  fuera. Uno dobla la esquina, no se sienta en ella.

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo quinto

Capítulo quinto

Costillas de canguro a la salchichera en Lo Matas.

El orujo es del rey, y el agua para el buey. Si la hubiera conocido, Valerio Bravo habría firmado con sangre esa máxima. Lo mismo que Gordo Larsson ésta otra: Ave que vuela, a la cazuela. Y ésta: Si quieres cosa gafada, come liebre asada. Adoraba la carne de pluma y torcía el morro ante la de conejos y liebres, que fue lo que encontraron en la entrada del barrio de Lo Matas. Liebres gigantes. Un retén de veinte canguros.

–         Esos bichos son muy cabrones, Gordo – advirtió Valerio, agazapados ambos bajo unos arbustos -. Además de tener una piel dura como un zapato.

–         ¿Y qué hacen ahí plantados?

–         Yo que sé, Gordo.

–         La carne de esos bichos es bien difícil.

–         Más bien piensa en que no te coman ellos a ti.

–         Los canguros son herbívoros, Valerio.

–         Los únicos herbívoros que conozco en esta ciudad son los rastas de nuestro barrio. El resto, hasta las palomas, tragamos lo que sea.

Como si Doña Realidad quisiera refrendar las palabras de Valerio, hizo salir de algún lugar a un hombre que cargaba un saco. Al instante, el tropel de canguros comenzó a saltar hacia él. El individuo, alarmado, quiso desenfundar su cuchillo, pero el crochet de izquierdas que le soltó el canguro alfa lo dejó nocaut. Después se lo comieron.

–         Al menos despistarán el hambre – dijo Gordo.

–         Esos roedores son insaciables, pero ahora están entretenidos y nos dan una oportunidad.

A cuatro patas, escondidos tras un murete, Gordo Larsson y Valerio Bravo salvaron el retén de canguros y se internaron en el barrio de Lo Matas, tan desvencijado como La Bola. Tras avanzar un buen trecho alcanzaron una plaza en cuyo centro se alzaba la figura en mármol de un hombre que señalaba hacia el cielo. Grabada en una placa, se leía: Lo Matas a Jaume Matas y Borbón.

–         ¿Quién fue ese tal Matas y Borbón, Gordo?

–         Ni puta idea, Valerio, pero supongo que alguien muy querido, porque la estatua sigue en pie.

Continuaban camino cuando una mujer les chistó desde un tercer piso, haciendo señas para que subieran.

–         Una trampa. De fijo. Es la primera vez en mi vida que veo a una persona exponerse con tanta facilidad.

–         ¿No eres demasiado desconfiado, Valerio?

–         Seguimos vivos, ¿verdad? No vamos a subir ahí, Gordo.

Sin embargo, no les quedó otra opción cuando los veinte canguros aparecieron en la plaza y se abalanzaron hacia ellos a grandes saltos. Entraron a la carrera en el portal del edificio, donde no encontraron escalera alguna, sino una gran cesta atada al extremo de una cuerda.

–         ¡Meteos dentro! – gritó una voz.

Cuando el canguro alfa ya buscaba el mentón de Valerio para ejecutar un gancho fatal, un tirón de la cuerda alzó el cesto. La jauría de marsupiales, viendo escapar las piezas, rompió en un aullido que dejó claro lo voraz de su comportamiento.

–         ¿Qué te decía? ¿Les gusta la carne o no?

Gordo iba a responder que no le quedaba duda alguna, pero alcanzado el tercer piso lo hicieron por él.

–         Esas bestias ya no comen otra cosa que carne, y si pueden, humana.

La mujer les tendió una mano y salieron de la cesta.

–         Me llamo Pili Sangüesa y esta es mi familia.

Una vieja desdentada y un montón de carne con vida propia atado a una silla.

–         ¿Qué le ha pasado? – preguntó Valerio.

–         Que quiso ir al parque Leo Messi, el pobre – respondió la mujer.

A Gordo se le tensaron las orejas.

–         ¿Para qué?

–         Para lo mismo que tú, Gordo Larsson. Pero en vez de pichones, él buscaba setas.

–         ¿De qué me conoces?

–         Tu fama te precede.

Gordo pensó que aquello, la fama, no era buena compañera de viaje. Y no por modestia, sino por seguridad.

–         ¿Qué setas fue a buscar? ¿Le gusta cocinar? – preguntó Gordo, sin apartar su vista de un muchacho al que faltaban piernas, brazos y media cabeza, incluidas nariz, morro y orejas.

–         No, cocinar no, a este lo que le iban eran los bonguis (*). El muy cretino se pasaba todo el día entre Mercurio y Plutón.

–         ¿Y por qué no lo matan? – preguntó Valerio.

La mujer se encogió de hombros, pero la vieja desdentada rió.

–         ¡Cállate, puta! – le arreó la mujer con un madero -. ¡Que eres una puta! ¡Vieja puta!

La vieja encajó los golpes sin dejar de reír y se escurrió a otra habitación. Desde allí, gritó.

–         ¡Lo único que no amputaron a ese imbécil fue el nardo! ¡Y qué nardo!

Valerio lanzó una carcajada. La mujer, aceptando de inmediato la confesión de la vieja, se unió a sus risas. Sin perder un segundo, se arrodilló ante él, le bajó pantalón y calzones, y le enseñó lo bien que lo hacía. También dijo que tenía una botella de orujo en la despensa.

–         ¡Gordo, esto es la leche! ¡El puto Walhalla, compañero!

Gordo Larsson, ignorando la escena, comenzó a pensar e imaginar los tesoros gastronómicos que albergaba el parque Leo Messi. Después recordó que tenían un revolver. Esperó a que Valerio se vaciara y después lo llevó a una ventana. Al pie del edificio aguardaban los veinte canguros.

–         ¿A cuál tumbo? – preguntó Valerio.

–         Al más hijo de puta, claro. Ese grandote de allí.

Valerio empuñó el revólver, hizo bang y el macho alfa ni se inmutó.

–         ¿Qué te decía? Un pellejo bien duro.

Segundos después, el canguro se desplomó.

–         Duras son las mierdas que tienes en la cabeza, Valerio. Una bala es una bala.

Los diecinueve canguros restantes, vencida la sorpresa inicial e incapaces de resistir al llamado de la sangre, se arrojaron sobre el cuerpo de su líder dispuestos a no dejar de él ni los genes.

–         Ahora, espaciando un poco, vas matando al resto y dejas para el final a ese pequeñín de allá, que estará bien tierno.

Los canguros, cegados por la ansiedad, no comprendieron que los estaban matando poco a poco. Cuando solo quedó en pie el más chico, Gordo dijo a Valerio que lo baleara en las patas, sin matarlo.

–         A ese lo acuchillamos como a los cerdos, y que sufra, que hoy cenamos costillas de canguro a la salchichera.

Los vecinos de Lo Matas no tardaron en abandonar sus refugios y retornar a las calles. Apenas eran quinientas personas, por lo que tocaba a un canguro para cada veinticinco. Buena proteína y, sobre todo, librarse de aquellas fieras.

–         ¿Y cómo llegaron esos bichos hasta aquí? – preguntó Valerio a un vecino.

–         Escaparon de La Urdanga – dijo el hombre, royendo una costilla – Aquello es un maldito infierno, jefe, y esto está de muerte.

Gordo Larsson puso en aquellos canguros toda su ciencia. Aborrecía la carne de roedor, pero supo hacer de ella algo comestible y, más aún, agradable al paladar.

–         Gordo, eso de Larsson, ¿de dónde viene? – preguntó Valerio, tras la comida.

–         Es mi nombre de bautismo.

–         ¿Bautismo?

–         Una ceremonia tradicional del sector de la hostelería. Y Larsson fue un filósofo escandinavo a quien mi vieja profesaba gran devoción.

–         No me suena – dijo Valerio, no satisfecho del todo con aquellos canguros, tal vez recordando los trozos humanos que guardaba en su bolsa.

–         Su obra se ha perdido, como la de otros grandes pensadores y artistas. Ni libros ni pantallas, ya sólo nos queda el estómago – dijo Gordo Larsson, haciendo honor a su apodo y conectando con la insatisfacción de su compañero.

–         Y la jodienda, amigo. Si regresamos triunfantes a La Bola, a la Amparo la reviento.

Notas manuscrita de Guillén Dewu. Monje anarquista del Comunato de Oña (Castilla La Vieja) y cronista de las andanzas de Gordo Larsson.

(*) Bonguis: Hongo escreméntico de vacuno con propiedades desconcertantes.

Costillas de canguro a la salchichera: Matar un canguro lechal y desangrarlo como a un puerco. Descuartizarlo y despellejar y salpimentar las costillas. Chorro de aceite o manteca a la sartén y tener a brasa lenta las costillas durante ocho veces sesenta. Se les da la vuelta y otro tanto de tiempo. Retirar las costillas. En el aceite y la grasa apochar la cebolla, sumando un puñado de harina, bien de romero, cucharada de mostaza y media frasca de vino en tientos cortos. Mezclar con brío, tapa al puchero y a brasa lenta hasta que engorde. Poner las costillas sobre la salsa y esperar apenas nada, lo que el estómago tarde en crujir.

 

Próximo capítulo: Homo sapiens con base Mathurine

París 1941. Una sopa de cebolla con Maigret.

París 1941. Finales de agosto. El cielo vaticina tormenta. Un calor húmedo y aplastante se apodera de la ciudad, pero Maigret no se ha ido de vacaciones.

A pesar de un anónimo, firmado Picpus, la policía no llega a evitar el homicidio de Marie Picard, una clarividente que ejerce bajo el nombre de Mlle Jeanne,  que es apuñalada en su salón. En el apartamento de la víctima, el comisario Maigret descubre, encerrado en la cocina, un viejo senil y embrutecido, Octave Le Cloaguen, que jura no saber nada sobre el crimen. Maigret lo cree…

“( …) A pesar de la tormenta la noche era càlida, y todas las puertas y ventanas de la gran cervecería del bulevard Clichy estaban abiertas. Los dos hombres estaban sentados entre la sala y la terraza. De un lado, un bullicio cálido y luminoso, el vaivén de los camareros, los grupos animados de comensales; del otro, las mesas desiertas bajo el toldo lleno de agua, dos chicas ante sendos vasos vacíos, la lluvia que seguía cayendo, pero no era ya la tromba de poco antes. La place Blanche y sus anuncios luminosos, después de una zona de sombra en la que se deslizan los taxis por el asfalto mojado, y el reflejo luminoso de las aspas del Moulin-Rouge que giraban incansablemente.

Alternancia de humedad y de ráfagas frescas, de verano que concluye y de otoño parisiense. Los dos hombres acaban de comer su plato de sopa gratinada…”

Georges Simenon escribió este libro, Firmado:Picpus, en Château de Terre-Neuve, Fontenay-le-Comte (Vendée, France), en junio de 1941

Fue publicado por capítulos seriales en el diario « Paris-Soir », desde el 11 de diciembre de 1941 al 21 de enero de 1942 en 34 capítulos, con el título Signé Picpus o La grande colère de Maigret.

El manuscrito de este libro fue vendido en subasta pública, por iniciativa del autor, para ayudar a los prisioneros de guerra.

Soupe à l´oignon gratinée

4 cebollas grandes  cortadas en láminas finas

4 cucharadas de café con leche de mantequilla

2 cucharadas de harina

1 l ( aprox.) de caldo de carne (se puede hacer con caldo concentrado)

150 g de queso gruyere, rallado

4 rebanadas de pan del día anterior, ligeramente tostado

200 ml de vino blanco seco, o 1 copita de vino Madeira (Oporto, Marsala, Pedro Ximenez,…o  similar)

1 cucharadita de café de tomillo

sal y pimienta

En una cazuela alta, con la mantequilla, y a fuego muy lento, rehogar la cebolla hasta que quede dorada. Unos treinta minutos.

Espolvorear por encima la harina, y remover con una cuchara de madera hasta que quede ligeramente tostada.  Agregar el vino. Remover y dejar evaporar unos 2 minutos. Incorporar el caldo (calentado previamente), salpimentar, añadir el tomillo y dejar hervir, cubierto, unos 20 minutos a fuego lento.

Repartir en cuatro recipientes que se puedan introducir en el horno.

Poner una rebanada de pan en cada recipiente, sobre el caldo, y por encima una cuarta parte del queso rallado.

Gratinar unos minutos, y servir.


Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo cuarto

Capítulo cuarto

Huevos a la Tripe en Can Tuiter.

Gordo Larsson y Valerio Bravo alcanzaron el centro de la ciudad de Gil Mateos al amanecer. En el lugar donde antaño se levantaban las Bahamonde Towers y el palacio del Comendador, la Universidad José Bono y la residencia de verano del Archiduque de Pontevedra, la Catedral de San Juan Pablo II y el santuario de la Virgen del Aborto, la Audiencia y al cuartel del Batallón Barrionuevo, a tiro de lapo de la arrasada Plaza de la Contrarreforma y el demolido pabellón de Penas Capitales, allí, digo, encontró nuestro héroe un gran descampado con un chiringo en el medio. Era el comedero de Can Tuiter, regentado por  Oriol Tuiter i Tuiter.

–          Ymme Tuiter, Gordo Larson.

–          ¿Cómo sabe usted mi nombre?

–          Tu fma t prcde y yo stoy n tdo. 70. Nacido n Soria. Tu mam bruja. Tu condena sla gula. Tufinal n barrio Urdanga. Jmas parq Leo Messi. Sgo?

–          ¿Y este, cómo se llama? – preguntó Gordo, señalando a Valerio.

–          Valerio Bravo. Kzdor. 25. Nacido n LaBola. uerfno mchtero gnrant dsgrciado brrcho…

–          Oye, Tuiter, ¿se puede saber qué te pasa en la boca? – preguntó Valerio, sin abandonar las manos de sus machetes porque aquel individuo no le gustaba ni media.

–          No pasa nada n boca, pq?

Gordo Larsson hizo una seña a su compañero para que se callara.

–          Oiga usted, Tuiter, ¿no tendrá algo de desayunar por ahí, verdad?

–          Tngo uevs.

–          ¿Huevos?

–          Frts

–          ¿Perdón?

–          Cn jmn

–          ¿Cómo?

Oriol Tuiter i Tuiter, situado tras el madero que servía de mostrador en su comedero, mostró un claro gesto de disgusto y trató de vocalizar mejor.

–          Huevos fritos con jamón.

–          Estupendo, amigo Tuiter. Eso nos irá de maravilla, y del pago no te preocupes, que ya nos arreglaremos – dijo Gordo.

–          N soy su mgo

–          ¡Me cago en tus vivos! – exclamó Valerio Bravo -. ¿No sabes hablar en cristiano?

–          Ecnmia d plbrs

–          ¿Te las cobran o qué coño?

Gordo Larsson mandó callar de nuevo a Valerio y dijo a Tuiter que ok con esos huevos fritos con jamón. Pero Tuiter no se movió del mostrador. De nuevo con una vocalización adecuada, dijo que también él quería apostar, como la Amparo.

–          ¿Y qué es lo que quieres jugarte?

Desapareció tras una lona y al cabo de unos instantes puso sobre el mostrador seis latas de espárragos de Navarra.

–          Pone cojonudos, Gordo. ¿Has visto? Co-jo-nu-dos. ¡Lo que hay que ver! ¿Y esto se come? – preguntó Valerio.

–          No un burro como tú.

–          Como quieras, para ti el pato y esas latas, pero yo, ¿qué gano?

Tuiter comprendió la situación y extrajo de su delantal un cuchillo jamonero. A Valerio le bailaron los ojos. Seguido, también colocó un revolver sobre el mostrador.

–          ¿Te juegas todo ese metal a que no volvemos de Leo Messi?

–          Slo el chllo. La pstla s para jgar rleta rsa.

–          ¡Ostias, Gordo, este tipo está como un grillo!

–          El q prmro bang, ns lo cmmos. Ok?

Tal vez fue el hablar de Tuiter, tal vez el brillo de hiena que desplegó en sus ojos, el caso es que Valerio Bravo, ejerciendo su papel de hombre de acción, empuñó los machetes y en apenas seis caracteres rajo a Oriol Tuiter i Tuiter desde la carótida hasta la femoral.

Al desgraciado, desangrándose sobre el mostrador, aún le dio tiempo a suplicar a Gordo Larsson que le cocinara unos huevos a la Tripe (1).

–          Uevs ala trip, pr fvr.

Pero Gordo no le entendió y Tuiter no pudo repetirlo.

–          ¿Qué ha dicho?

–          No lo sé, Gordo. Este tío estaba como una chota.

–          Pues yo no me quedo sin esos huevos fritos con jamón. ¿Te hacen, Valerio?

–          ¿Huevos fritos teniendo aquí lo que tenemos?

–          En La Bola no somos caníbales.

–          Eso tú, que apenas sales de noche.

–          Ni se te ocurra.

–          Que te jodan, Gordo. Yo desayuno a mi modo y tú al tuyo. Estoy de viaje y necesito proteína. ¿Estamos?

Gordo comprendió que le convenía callar. Además, ¿qué podía él objetar contra eso de comerse a un semejante si había logrado sobrevivir tantos años y la carne era tan solo carne desde que Margaret devoró a Carl? Se cocinó los huevos mientras Tuiter, colgado por los pies, se vaciaba de sangre. Cuando Valerio comenzó a descuartizarlo, Gordo Larsson abandonó el chiringo y se llevó su desayuno a la sombra de una palmera. Comió y sonrió satisfecho. La cosa iba muy bien. Tenían seis cajas de espárragos cojonudos, un revolver con munición y Valerio llenaba sus alforjas y se ganaba un cuchillo jamonero. Los pichones jóvenes y tiernos del parque Leo Messi y el pato de Amparo estaban cada vez más cerca.

(1)       Nota manuscrita de Guillén Dewu. Monje anarquista del Comunato de Oña (Castilla La Vieja) y cronista de las andanzas de Gordo Larsson:

Huevos a la Tripe. seis huevos, dos cebollas, tiento de vino claro con agua, un pico de harina, un pico de queso seco raspado, puñado de mantequilla, sal, pimienta y doce gotas de limón. Se cuecen los huevos hasta endurecer y se preparala salsa Tripe dorando la cebolla sobre la mantequilla y añadiendo la harina a brasa templada (sin hervotear en ningún momento). Se añade el vino blanco con agua y se amalgama el conjunto, poniendo de seguido sal, pimienta y las doce gotas de limón. Se mantiene en la brasa contando dos veces sesenta y se retira. Los huevos se cortan en rodajas, se ponen en una bandeja de barro cubiertos con la salsa y con el queso rallado y se meten al horno hasta que doren, o entre ladrillos (pero siempre con una bandeja de agua debajo). Suculentos en compañía de vinos tintos de Namibia o vinos blancos de Angola.

Próximo capítulo:

Costillas de canguro a la salchichera en Lo Matas.

Firma con sabor, en el pre sant jordi (21de abril)

Andreu Martín y Maruja Torres autores contentos, por firmar, y por el clásico vermut negrocriminal

 

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