Montse Clavé

Montse Clavé ha escrito 120 entradas para gastronomía negra y criminal

Un libro a leer y otro a releer. La honorable sociedad y La ideología alemana

karl Marx

“Toda clase que aspira a dominar debe conquistar ante todo el poder político para representar a su vez su propio interés como el interés general.”

Karl Marx, La ideología alemana

Así comienza la última novela de Dominique Manotti

Dominique Monotti es la autora  más política, en el antiguo y honesto significado del término, entre los autores negrocriminales del momento actual.

La honorable sociedad, título de la última novela de Dominique Manotti (a cuatro manos con DOA) no habla de la “Familia siciliana” pero si de la mafia del poder. La honorable sociedad de las llamadas clases altas (linajes incluidos)  suelen tener poco de honorable. Es nada más y nada menos que la alianza entre el mundo de la clase política y el mundo de los negocios.

La lucha de clases existe y hace mucho tiempo que ganan ellos.

2007, pocos días antes de la primera vuelta de las presidenciales francesas, encuentran el cadáver de un hombre en su casa. Los policías de la brigada criminal encargados del caso comprueban que se trata de un policía que trabajaba para el Comissariat à l’Energie Atomique. Pronto descartarán la pista “demasiado clara” que lleva hacia un grupo de ecologistas radicales…

Haciendo la lectura en clave francesa actual, es fácil poner nombres y apellidos a algunos personajes de la trama. Y si los autores exageran o mienten, no nos importa, no es nada comparado con la gran mentira de los que nos toman por tontos. Esta novela demuestra, una vez más, que no hay nada más real que la ficción para explicar la sucia realidad que vivimos.

La honorable sociedad

“(…) Astier, una institución del distrito once. Una institución en su vida, en su vida de antes. Antes de las chicas, antes de todo lo demás. Pâris entra en el restaurante.

Christelle ya ha llegado, tiene una copa de vino blanco y unas finas lonchas de salchichón en una bandeja delante de ella, mira cómo él se acerca, no se atreve a moverse o sonreír. Esta noche se lo juega todo y ella lo sabe.

Él toma asiento, intercambian algunas palabras vanas y pide el mismo aperitivo que su esposa. Deja el móvil encima de la mesa, ya no tiene fuerza o la necesidad de decir” por el trabajo”. Y su copa de vino llega al mismo tiempo que una llamada de Pereira. Pâris contesta, ni siquiera se levanta.

_ Dime.

“¿Estás con ella?”

_Sí.

“Entonces siento molestar, pero pensaba que lo querrías saber. Tentativa fallida respecto a Saffron Jones-Saber. A Duran le gustaría que nos escondiéramos cerca de una comunidad cerrada de intelectuales pero creo que perderíamos el tiempo.”

_ ¿ Courvoisier?

“Nada de momento.”

Echa un vistazo a su mujer. La mirada que le dirige no es muy amable.

_Te dejo. Hablamos mañana.

Pâris cuelga.

_ ¿ Vas a apagarlo?

_ No.

_Tenemos cosas importantes que decirnos.

_ Esto también lo es.

_Demasiado.

Un camarero viene a tomarles nota. Pâris, poco inspirado, se conforma con una carne poco hecha, su mujer tomará un entrante y una lubina. Y piden vino blanco, una botella.”

Gula tatuada. Andanzas de Gordo Larsson. capítulo séptimo

Capítulo séptimo.

Rebozo de carne al Ganchoferrado.

Salvado el barrio de El Camps, Gordo Larsson y Valerio Bravo, continuaron camino hacia el parque Leo Messi y sus hermosos pichones. Entraban en el tramo que ellos pensaban final de su recorrido, pero tal suposición era errónea porque aún debían afrontar los barrios de Berlusco y La Urdanga, territorio de salvajes y caníbales en grado superlativo.

–         Oye, Gordo, el descampado este hay que pasarlo en bruto y las posibilidades de que no lo consigamos son muchas. Quiero que sepas que has sido un compañero cojonudo – dijo Valerio Bravo, observando el erial que daba paso a las primeras casas de Berlusco.

–         No va a pasarnos nada, amigo, que muy fiero pintan lo que no es sino pobreza.

–         ¿Pobreza? No, coño, no, Gordo, parece mentira que aún no te hayas dado cuenta. Es hambre a paletadas. Mira ese esqueleto, por ejemplo – Valerio señaló unos huesos que blanqueaban en medio del descampado -. Ese no está así por pobre, sino por el hambre de otros.

–         Hambre y pobreza siempre han ido de la mano.

–         Como quieras, pero lo cierto es que me tiemblan las piernas solo de pensar en cruzar eso sin una maldita cubierta a mano.

Justo en ese momento, como si las leyes de la sensatez se fueran al carajo para desbaratar los razonamientos de Valerio, una niña surgió de la nada y caminó por la desolación con una inocencia solo al alcance de la infancia. Pegado a ella, fiel a sus pasos, un perro.

–         ¡Joder!  Parece un espejismo.

–         Es solo una niña, Valerio.

–         ¿Sólo? Eso es un almacén de carne, Gordo. Una niña y un perro bien cebado camino del matadero.

Gordo Larsson cerró el puño, recogió el brazo y le soltó una hostia a Valerio Bravo en los morros. Después sacó su cuchillo y se lo puso en el cuello.

–         Repite conmigo, malnacido, los niño son sagrados, los niños son sagrados, los niños son sagrados…

Valerio comprendió el aviso. Gordo Larsson nunca atacaba en vano. Si lo hacía era por un motivo importante, lo suficiente como para encajar las consecuencias.

–         Repite, gualdrapas, los niños son sagrados – insistió Gordo, con la hoja del cuchillo presionando el cuello de su compañero.

–         Los niños son sagrados – dijo Valerio -. Pero los perros no. Y ahora deja de hacer el imbécil y guarda esa faca.

Gordo se guardó el cuchillo y tendió un trapo a Valerio para que se limpiara la sangre. Le había hecho una buena raja en el labio. Después fue hacia la niña. Si había gente observando desde las casas de Berlusco, se limitaron a observar. Ningún contratiempo impidió a Gordo Larsson acercarse hasta ella. Tenía ojeras profundas y unos ojos tristes como la niebla.

–         Mi padre lo quiere matar para comérselo. Por eso nos hemos escapado esta mañana. Él y yo – dijo, señalando al cánido.

–         ¿Cómo se llama? – preguntó Gordo.

–         Se llama Rubalcaba. Es muy viejo. Mi padre dice que ya no sirve para nada y que tenemos que comérnoslo.

–         ¿Y dónde vive tu padre, pequeña?

La niña señaló hacia el edificio más alto del barrio de Berlusco, una torre de unos cuarenta pisos.

–         Se llama Silvio y es el jefe de este barrio.

Gordo Larsson fue consciente del peligro, pero algo le decía que debía ayudar a aquella criatura y que cualquier lugar sería mejor que las cercanías de Silvio Scumbag, por mucho que fueran padre e hija. Por eso le tendió su mano, ella la tomó confiada y caminaron de vuelta hacia donde Valerio, con Rubalcaba hocicando sus pasos.

–         Es la hija de Silvio Scumbag – dijo Gordo.

A Valerio Bravo aquella noticia le cauterizó la herida del labio en un santiamén, además de provocarle una tos torcida y dejarle atragantado durante un buen rato. Silvio Scumbag era un nombre de peso en la ciudad de Gil Mateos. Un peso ganado a base de crímenes, extorsiones, asaltos, asesinatos, violaciones, torturas, secuestros y otras actuaciones.

–         La hemos cagado, Gordo. Ahora ni se salva la niña ni nos salvamos nosotros. En cuanto al perro… hay que admitir que está bien cebado.

–         Mi padre se lo quiere comer – dijo la niña.

–         ¿Y hacia dónde ibas? – preguntó Gordo.

–         No lo sé – respondió la niña, encogiendo sus hombros -. Pero allí no vuelvo.

Allí era la torre de cuarenta pisos que dominaba el barrio de Berlusco. Valerio dijo que aquello no pintaba nada bien y Gordo trató de recordar el nombre que los antiguos usaban para definir la resolución de asuntos irresolubles.

–         Mi padre se come a los perros y también a las personas, ¿sabéis?

Lo tenía en la punta de la lengua, pero no cuajaba en su mente. Un nombre para sortear lo inevitable.

–         Mi padre es un ogro.

Una palabra para evitar el desastre inminente. Pero no llegaba a ella. Fue entonces cuando escuchó aquel trueno que crecía en intensidad y giró su cabeza hacia el cielo, ocupado por un enorme abejorro de hierro que descendía hacia ellos. Se cubrieron como pudieron del polvo y el ruido que generaba aquel monstruo al posarse sobre la tierra. Gordo nació cuando aquellas máquinas aún existían en el país, pero su recuerdo se había borrado completamente. Aquella en concreto vino volando desde Alemania y su misión consistía en recoger niños huérfanos y darles una familia en la civilizada Europa. Así les informó la mujer que descendió del aparato.

–         Esta niña se viene para Berlín – dijo, ofreciendo a la niña un caramelo y una salchicha envuelta en berza.

La niña dijo que sí al instante.

–         Pero el perro no – continuó la mujer.

La niña no puso objeción y entregó la correa de Rubalcaba a Gordo  Larsson.

–         Cuídalo – le dijo.

Después subió junto a la mujer a aquella máquina, que no tardó en volver a los cielos y desaparecer tan rápido como había llegado. Al cabo de un buen rato, pasado el estruendo pero no el asombro, Gordo Larsson y Valerio Bravo se miraron el uno al otro por si alguno tenía una respuesta.

–         No sabría qué decir – dijo Gordo.

–         Yo tampoco, aunque tal vez después de comer tenga alguna respuesta – dijo Valerio, tomando la correa de Rubalcaba – . Ahora vamos a buscar un lugar tranquilo.

Cuando el perro estuvo descuartizado y limpio, Gordo recordó aquella vieja receta del Ganchoferrado en la que a la carne se la rebozaba de huevo y harina y después se colgaba en un garfio sobre las brasas. Hacía mucho que no disfrutaba de aquella delicia y ese era un buen momento. Tenía todo lo que necesitaba y Rubalcaba, hay que reconocerlo, estaba muy bien cebado.

–         Yo no sé qué es lo que ha caído del cielo, pero lo que si tengo claro es que Silvio Scumbag nos va a cortar los huevos – dijo Valerio, ya con la tripa llena -. Le hemos dejado sin hija y sin perro en un soplido. Nos esperan putas en Berlusco, amigo Gordo.

Próximo: Picadillo a la veneciana. 

Una de espías, y unos meze en Salónica

Ulrich Mühe en La vida de los otros

El espionaje ha existido en todas las épocas, y ha sido tema recurrente en la historia del género negrocriminal y de espías. El mismo Conan Doyle, se introdujo en el género, cuando hizo que Sherlock Holmes protegiera secretos británicos de vital importancia en El tratado naval (1894). 

E. Phillips Oppenheim, escribió sus relatos entre 1900 -1914.

Otros autores han escrito obras memorables:Eric Ambler, con Epitafio para un espía (1938) y La máscara de Dimitrios (1940). Graham Greene, El americano impasible (1952) Nuestro hombre en La Habana (1959, El factor humano (1978). John Le Carré creador del inolvidable agente George Smiley, Llamada para el muerto (1961), Asesinato de calidad (1962), El espejo de los espías (1965), El espía que surgió del frío (1963), El topo (1974), El honorable colegial (1977), La gente de Smiley (1979).

Los relatos de espionaje se pueden situar en cualquier época, pero  hay que reconocer que la más atractiva, y la que goza de una más amplia iconografía en escenarios novelescos y cinematográficos, se sitúa entre los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial (1939 -1945), y el final de la llamada Guerra Fría, es decir hasta el final de la URSS.

El espionaje actual carece de glamour. Espiar las infidelidades conyugales, los mercados, o saber los entresijos que llevaron al asesinato de Bin Laden quedan lejos de imágenes como estas:

Greta Garbo en Mata Hari ( 1931)

Dos de los mejores escritores actuales especializados en este tipo de relatos: Philip Kerr, con su saga Berlin Noir, protagonizada por el detective alemán Bernhard “Bernie” Gunther, y Alan Furst , sin protagonista fijo, se sienten atraídos por esos mundos perdidos, más cinematográficos que reales, de los años treinta y cuarenta en la convulsa Europa de la Segunda Guerra Mundial, y los convierten en escenario de sus novelas.

Espías de los Balcanes es la última novela publicada (y leída) de Alan Furst :

Grecia, 1940. En la ciudad portuaria de Salónica, una guerra secreta está a punto de estallar. Mientras Adolf Hitler planea invadir los Balcanes, los espías cercan la ciudad. En los burdeles y en las trastiendas de oscuras barberías los sobres pasan de mano en mano, y los susurros corren por tabernas y locales nocturnos.

Costa Zannis, un oficial de policía de avanzada edad, regresa a Salónica tras luchar contra las tropas de Mussolini. Costa es un hombre valioso, con contactos en las más altas esferas y en los bajos fondos. Pronto se ve envuelto en un operativo para ayudar a refugiados judíos huidos de Alemania. Mientras la guerra amenaza la ciudad, tres mujeres cambiarán los últimos años de la vida de Costa: una dama británica expatriada, una mujer de fama poco respetable y la esposa del mayor magnate del lugar.


En una escena de la novela, Costa Zannis va con su amante Roxanne Brown a una taberna que es algo más que una simple taberna. El Balthazar. Un local, escondido en una bodega en los bajos fondos de la plaza Vardar.

(…) Balthazar estuvo encantado de verlos y les dedicó una solemne reverencia.

_ Es un placer _ dijo_. Llevaban demasiado tiempo sin venir.

Los condujo a una habitación muy pequeña y muy privada, con otomanas, alfombras tupidas y mesas bajas de latón. La suave oscuridad apenas la estorbaba una lámpara de alcohol que parpadeaba en un rincón. Balthazar prendió incienso y luego preparó dos narguiles, cada uno con una generosa pella de hachís de color ocre.

_ ¿Comerán después? ¿Unos mezé?

Los “mezé”  no son propiamente de Grecia si no que comparten protagonismo con otros países del este del Mediterráneo y de Oriente Medio: Turquía, Bulgaria, Serbia… Jordania, Palestina, Siria, Líbano.

La palabra “meze“, al parecer, proviene del Iraní. Los mezé son una variedad de pequeños platillos, unos entremeses, que en sí podrían constituir una comida. Se sirven acompañados de pan tipo pita. Los mezé varían según se elaboren en pueblos del interior o en poblaciones costeras. En el interior están basados en verduras, berenjenas, pimientos, tomates, carne de cordero, hojas de vid, legumbres, arroz…, y en la costa, encontramos más variedad de mezé de pescado: huevas, mejillones,…

Suelen acompañarse de la bebida local, en Grecia de ouzo, en Turquía de raki.

El verano es la temporada ideal para comer mezé, pero la Taramosalata, la hago frecuentemente, cuando encuentro huevas de pescado en el mercado. Ayer mismo.

Tzatziki y Taramosalata versión Montse clavé

Taramosalata

200 g  de huevas de pescado (las de merluza son la que se encuentran más fácilmente, pero pueden ser de cualquier otro pescado).

Si no queréis hervirlas vosotros,  podéis utilizar 2 botes de huevas rojas (salmón, lumpo…etc) en conserva.

1 cebolla mediana, rallada fina

300 g de miga de pan blanco

4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

El jugo de 2 limones

Hervir las huevas. Poner agua a hervir con una hoja de laurel y un poco de sal. Introducir las huevas, y dejarlas hervir unos 8 minutos. Dejar enfriar en la misma agua.

Escurrirlas, quitar las pequeñas venillas  de color negro que puedan tener, y  ponerlas en la batidora. Remojar, en agua mineral, la miga de pan, escurrirla, y agregarla a la batidora junto con el aceite y el jugo de limón. Mezclar bien. Depositar la mezcla en un bol, agregar la cebolla, e incorporarla totalmente a la salsa. Tapar y dejar reposar en la nevera aproximadamente 1 hora.

Es delicioso.

tzatziki

1 pepino

200 g de yogurt griego

2 dientes de ajo

4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

3 cucharadas de zumo de limón

sal y pimienta

Rallar el pepino y dejarlo escurrir unos minutos. Rallar los ajos, ponerlos en un bol al que incorporaremos el yogurt y el pepino rallado. Salpimentar, agregar el aceite y el jugo de limón. Mezclar muy bien en redondo, como para hacer ajoaceite a mano. Tapar y dejar reposar en la nevera aproximadamente 1 hora.

Horiatiki Salata

1 pepino

3 tomates, cortados a trocitos pequeños

1 cebolla, picada

1 pimiento verde, picado

aceitunas negras

queso feta , cortado en cuadraditos

aceite de oliva virgen extra

sal, pimienta y orégano.

Lavar las verduras y cortarlas. En una ensaladera honda, poner todos los ingredientes, y aliñar con aceite, sal y pimienta

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo sexto

Capítulo sexto

Homo sapiens con base Mathurine.

Avanzando entre los últimos edificios del barrio de La Bola, cerca ya del descampado previo al barrio de Berlusco, Gordo Larsson y Valerio Bravo vieron a un hombre que, en mitad de la calle, tenía al fuego una cacerola. Se escondieron tras un montón de escombros y observaron. Las llamas eran mínimas y el hombre también. Pequeño y viejo, tan a descubierto, Valerio dijo que le inspiraba tanta confianza como diez buitres juntos.

–         Pero está cocinando. No parece peligroso – dijo Gordo Larsson.

–         Esa es la mejor arma de los viejos, nunca parecéis peligrosos.

–         Y además tengo hambre. La carne de esos canguros era una porquería.

–         ¿Te refieres a que lo matemos y nos lo comamos, Gordo?

–         Me refiero a lo que pueda estar cocinando, Valerio.

–         No está cocinando nada, Gordo. Ese viejo es un puñetero cebo.

Al instante, Gordo Larsson se agachó aún más y echó un vistazo alrededor.

–         No veo a nadie – dijo.

–         Sé muy bien que están ahí. Yo también he usado este truco. Plantas a un viejo amenazándole con cortarle el cuello si se mueve y después esperas a que pase alguien igual de confiado que tú y trate de robarle la comida al viejo.

–         Joder, Valerio. Te aprecio mucho, pero eres el exponente máximo de la podredumbre de esta ciudad. No hablo ni de robarle ni de matarle ni de comerle, sólo quiero acercarme ahí para ver qué está cocinando y tratar de meter cuchara, nada más.

–         Te equivocas de raíz, Gordo. Esta ciudad ya se pudrió hace muchos años, la fase actual es la de la desolación. Y sí, yo soy un buen exponente.

Valerio Bravo metió mano en su macuto y extrajo un paquete pringado de sangre. Eran dos pedazos del muslo de Oriol Tuiter i Tuiter a punto de comenzar a oler realmente mal.

–         Si los asas bien nos aseguramos la cena – dijo.

–         Pero tú, estimado Valerio, estás más que acostumbrado a la carne cruda. Ahora no tenemos tiempo para barbacoas. Comemos con el viejo y después continuamos para el barrio de Berlusco.

Valerio Bravo, exponente de la desolación, arrojó el paquete de carne a una alcantarilla y encaró a Gordo Larsson.

–         Adoro la carne cruda, Gordo. Y la adoración va mucho más allá de la costumbre. Así que no comemos con el viejo, sino que nos comemos al viejo… al que sea, y yo veo dos. Él y tú.

El lo acompañó clavando la punta de su dedo índice en el pecho de Gordo, quien llegó a viejo gracias a la astucia y la sensatez. Esta última cualidad le decía bien claro que no tentara los colmillos de Valerio Bravo. En cuanto a la astucia, Valerio también tenía la suya.

–         Tú vas a ser el falso cebo, Gordo. Te acercas a unos veinte metros y vemos qué sucede.

–         ¿Vemos? Si ese viejo es un cebo lo más probable es que yo no vea nada más que la muerte, si acaso.

–         Si no es tiempo de barbacoas, mucho menos de filosofías, Gordo Larsson. ¿Vas o te voy?

Y Gordo fue porque en su caso, aunque no lo admitiera, la cobardía también sumaba a la astucia y la sensatez. Avanzó pegado a un edificio hasta llegar a veinte pasos del viejo, que ya le había visto y le hacía señas para que se acercara. Gordo se parapetó tras un muro y observó al viejo. La cazuela era un interrogante. ¿Qué podía haber dentro? No hervoteaba nada, el fuego era mínimo.

–         ¡Venga usted aquí, buen hombre! – gritó el viejo a Gordo -. ¡Que no le voy a comer, carajo! ¡Que no tengo un maldito diente, por favor! ¡Es que ya no hay un solo ser humano digno de tal nombre en esta ciudad!

–         ¿Qué está cocinando? – preguntó Gordo Larsson.

–         ¡Un puré Mathurine! – respondió el viejo.

Gordo Larsson se desmontó. Del mismo modo que los cataclismos sacuden la corteza terrestre, su pensamiento se dislocó en dos placas antagónicas: comerse al viejo o comer junto a él ese delicioso puré Mathurine.

–         ¡Pero le advierto que no tengo mantequilla! – gritó el viejo.

–         ¿Patatas, guisantes y puerros? – preguntó.

–         ¡Pues claro, hombre, que si no estaríamos hablando de otra cosa! ¡Y véngase ya para aquí, que me cansa gritar tanto!

Gordo Larsson miró hacia la posición de Valerio y este le hizo una señal para que se acercara más. Gordo abandonó su parapeto y caminó hacia el viejo. Cuando llegó a su lado, este se levantó y le tendió la mano.

–         Rodrigo Rato – dijo.

–         Un placer, yo soy Gordo Larsson.

Se sentaron junto a la cacerola y Gordo la destapó, acercando su nariz.

–         Acaba de romper el hervor – dijo el viejo -. Queda para largo porque no tengo buen fuego.

–         ¿Tiene tamiz para pasarlo?

–         Pues claro, hombre de Dios.

Gordo Larsson se quedó pensativo. Hacía muchos años que no escuchaba aquella expresión: hombre de Dios. Volver a encontrarse con ella añadía un extra de interés hacia el portador, además, claro está, del puré Mathurine.

–         ¿De dónde es usted, señor Rodrigo Rato?

–         Nací en las islas Cayman, pero mi bisabuelo era español de pura cepa, de los exiliados de los años treinta. Era político y banquero. ¿Y usted, señor Gordo Larsson?

–         Yo soy de donde mi estómago me lleve, por eso me llaman Gordo. Mi verdadero nombre es Larsson Gómez. En cuanto a mi bisabuelo, no puedo darle referencias.

–         ¿Y su abuelo?

–         Tampoco.

–         ¿Y su padre?

–         Mucho menos. De todos modos, lo que sí decía mi madre es que en honradez los de nuestra saga siempre hemos puntuado alto. ¿Y la suya, señor Rodrigo Rato?

–         También puntuamos alto. Es más, ese es el único motivo por el que ahora me encuentro en esta apurada situación. Tan alto puntuó mi bisabuelo en la política y en la banca que no pudo sacar todas sus riquezas cuando lo del exilio. Con las cuentas corrientes y el efectivo no hubo problema, pero además había atesorado cien kilogramos de oro. Esos no pudo sacarlos y se vio obligado a esconderlos. La familia me envió en su búsqueda. Lo he encontrado, pero ahora no puedo escapar con él ni de esta ciudad ni de esta desgraciada isla de Iberia.

–         El oro no se come, señor Rodrigo Rato.

–         No en esta mierda de lugar, señor Gordo Larsson.

–         Donde usted está atrapado al igual que yo. Esperemos la cocción, procedamos con el tamizado, sustituyamos la sucia mantequilla por el insuperable aceite de oliva y degustemos del puré Mathurine. ¿Le parece?

–         Agradezco la compañía. Me parece una idea excelente.

–         Y yo agradezco el encontrar en este páramo urbano de Gil Mateos una persona conocedora de las artes gastronómicas, señor Rodrigo Rato.

–         ¿Y lo del tesoro de mi bisabuelo?

–         ¿Qué hay de él? – preguntó Gordo, acercando el oído a la cazuela para calcular el nivel de cocción.

–         ¿No le interesa saber dónde está escondido?

–         En absoluto. Mi meta es el parque Leo Messi y mi trabajo regresar al barrio de La Bola con dos pichones bien gordos. Cien kilos de lo que sea es lo que menos me conviene en este momento.

–         Si me ayuda le doy el uno por ciento. Un kilo de oro vale treinta mil dólares en el mundo exterior, el de verdad.

–         ¿Qué son dólares? – preguntó Gordo Larsson.

–         ¿Me toma usted el pelo?

–         ¿Se comen?

–         ¡Por favor!

Sopló la brisa, el fuego se avivó y en un instante la cazuela comenzó a hervotear en serio. Rodrigo Rato se acercó a ella y la destapó para revolver con un cucharón de madera. Ese gesto tan cotidiano, tan de hogar humilde, de olla podrida, fue lo último que Rodrigo Rato hizo en su vida, porque Valerio Bravo, preciso en su condición de cazador machetero, le cortó la cabeza de un solo golpe. La cabeza cayó a la cazuela y Gordo Larsson cerró la tapa.

–         Si tengo que comer algo de este hombre, que sean los sesos – dijo.

–         Pues yo le daré a los lomos, sin despreciar ni el corazón ni el hígado – dijo Valerio -. Necesitamos proteína. Hasta ahora ha sido un paseo, pero en el barrio de Berlusco la cosa empieza en serio.

Gordo Larsson se llevó la mano a su bolso de especias y arrojó un puñado de sal a la cazuela. Conocía el resabor dulzón de la carne humana. Los ojos de Rodrigo Rato, ya amarillos, también se los comería. Pensaba comerle hasta el alma a ese engreído, digerirla a conciencia y cagarla después en algún callejón de Gil Mateos.

–         ¿De qué hablabais? – preguntó Valerio.

–         De que le gustaba la cocina. No era más que un viejo elitista con ganas de charla.

Por algún motivo, casi seguro que el del brillo atemporal del oro, Gordo Larsson guardó silencio respecto a lo del tesoro escondido.

–         Pues si le gustaba la cocina, qué mejor final que su cabeza en una bandeja para saciar el hambre del pueblo. ¿No crees, Gordo?

–         Creo, Valerio, creo.

Próximo: Rebozo de carne al Ganchoferrado

Bares de novela negra: El Schroder de Harry Hole en Oslo

Jo Nesbo en el bar preferido de su personaje: Harry Hole

Jo Nesbo es el más hollywoodiano de los escritores noruegos.

Su última novela publicada, El redentor, debería leerse en verano, cuando es más de agradecer que al menos a través de la lectura, nos encontremos 18 grados bajo cero, y en algunas páginas lleguemos hasta los  -22..

Nos cae bien su protagonista, Harry Hole, detective de la policía en la Politihuset de Oslo, por que lee a Jim Thompson, y además por que consigue resolver sus casos, incluso acechado por su peor enemigo: Jim Beam.

El bar favorito de Harry, es el Schrøder.

(…) Harry estaba sentado en su mesa de siempre mirando dentro de un vaso medio lleno de cerveza. El llamado restaurante era en realidad un sencillo y ajado antro de copas, pero con un aura de orgullo y dignidad que posiblemente se debiera a la clientela, al personal, y a los excelentes cuadros, un poco fuera de lugar, que adornaban las paredes ahumadas. O al hecho de que el restaurante Schrøder hubiera sobrevivido durante tantos años mientras muchos locales del vecindario cambiaban de cartel y de propietario.

Era domingo por la noche, antes del cierre, y no había mucha gente. Pero acababa de entrar un cliente nuevo que echó un vistazo al local mientras se desabrochaba el abrigo que llevaba sobre la chaqueta de tweed, antes de ir derecho a la mesa de Harry.

_ Buenas noches, amigo mío_dijo Stale Aune_. Esta parece ser tu esquina favorita.

_ No es una esquina_contestó Harry sin farfullar_. Es un rincón. Las esquinas están  fuera. Uno dobla la esquina, no se sienta en ella.

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo quinto

Capítulo quinto

Costillas de canguro a la salchichera en Lo Matas.

El orujo es del rey, y el agua para el buey. Si la hubiera conocido, Valerio Bravo habría firmado con sangre esa máxima. Lo mismo que Gordo Larsson ésta otra: Ave que vuela, a la cazuela. Y ésta: Si quieres cosa gafada, come liebre asada. Adoraba la carne de pluma y torcía el morro ante la de conejos y liebres, que fue lo que encontraron en la entrada del barrio de Lo Matas. Liebres gigantes. Un retén de veinte canguros.

–         Esos bichos son muy cabrones, Gordo – advirtió Valerio, agazapados ambos bajo unos arbustos -. Además de tener una piel dura como un zapato.

–         ¿Y qué hacen ahí plantados?

–         Yo que sé, Gordo.

–         La carne de esos bichos es bien difícil.

–         Más bien piensa en que no te coman ellos a ti.

–         Los canguros son herbívoros, Valerio.

–         Los únicos herbívoros que conozco en esta ciudad son los rastas de nuestro barrio. El resto, hasta las palomas, tragamos lo que sea.

Como si Doña Realidad quisiera refrendar las palabras de Valerio, hizo salir de algún lugar a un hombre que cargaba un saco. Al instante, el tropel de canguros comenzó a saltar hacia él. El individuo, alarmado, quiso desenfundar su cuchillo, pero el crochet de izquierdas que le soltó el canguro alfa lo dejó nocaut. Después se lo comieron.

–         Al menos despistarán el hambre – dijo Gordo.

–         Esos roedores son insaciables, pero ahora están entretenidos y nos dan una oportunidad.

A cuatro patas, escondidos tras un murete, Gordo Larsson y Valerio Bravo salvaron el retén de canguros y se internaron en el barrio de Lo Matas, tan desvencijado como La Bola. Tras avanzar un buen trecho alcanzaron una plaza en cuyo centro se alzaba la figura en mármol de un hombre que señalaba hacia el cielo. Grabada en una placa, se leía: Lo Matas a Jaume Matas y Borbón.

–         ¿Quién fue ese tal Matas y Borbón, Gordo?

–         Ni puta idea, Valerio, pero supongo que alguien muy querido, porque la estatua sigue en pie.

Continuaban camino cuando una mujer les chistó desde un tercer piso, haciendo señas para que subieran.

–         Una trampa. De fijo. Es la primera vez en mi vida que veo a una persona exponerse con tanta facilidad.

–         ¿No eres demasiado desconfiado, Valerio?

–         Seguimos vivos, ¿verdad? No vamos a subir ahí, Gordo.

Sin embargo, no les quedó otra opción cuando los veinte canguros aparecieron en la plaza y se abalanzaron hacia ellos a grandes saltos. Entraron a la carrera en el portal del edificio, donde no encontraron escalera alguna, sino una gran cesta atada al extremo de una cuerda.

–         ¡Meteos dentro! – gritó una voz.

Cuando el canguro alfa ya buscaba el mentón de Valerio para ejecutar un gancho fatal, un tirón de la cuerda alzó el cesto. La jauría de marsupiales, viendo escapar las piezas, rompió en un aullido que dejó claro lo voraz de su comportamiento.

–         ¿Qué te decía? ¿Les gusta la carne o no?

Gordo iba a responder que no le quedaba duda alguna, pero alcanzado el tercer piso lo hicieron por él.

–         Esas bestias ya no comen otra cosa que carne, y si pueden, humana.

La mujer les tendió una mano y salieron de la cesta.

–         Me llamo Pili Sangüesa y esta es mi familia.

Una vieja desdentada y un montón de carne con vida propia atado a una silla.

–         ¿Qué le ha pasado? – preguntó Valerio.

–         Que quiso ir al parque Leo Messi, el pobre – respondió la mujer.

A Gordo se le tensaron las orejas.

–         ¿Para qué?

–         Para lo mismo que tú, Gordo Larsson. Pero en vez de pichones, él buscaba setas.

–         ¿De qué me conoces?

–         Tu fama te precede.

Gordo pensó que aquello, la fama, no era buena compañera de viaje. Y no por modestia, sino por seguridad.

–         ¿Qué setas fue a buscar? ¿Le gusta cocinar? – preguntó Gordo, sin apartar su vista de un muchacho al que faltaban piernas, brazos y media cabeza, incluidas nariz, morro y orejas.

–         No, cocinar no, a este lo que le iban eran los bonguis (*). El muy cretino se pasaba todo el día entre Mercurio y Plutón.

–         ¿Y por qué no lo matan? – preguntó Valerio.

La mujer se encogió de hombros, pero la vieja desdentada rió.

–         ¡Cállate, puta! – le arreó la mujer con un madero -. ¡Que eres una puta! ¡Vieja puta!

La vieja encajó los golpes sin dejar de reír y se escurrió a otra habitación. Desde allí, gritó.

–         ¡Lo único que no amputaron a ese imbécil fue el nardo! ¡Y qué nardo!

Valerio lanzó una carcajada. La mujer, aceptando de inmediato la confesión de la vieja, se unió a sus risas. Sin perder un segundo, se arrodilló ante él, le bajó pantalón y calzones, y le enseñó lo bien que lo hacía. También dijo que tenía una botella de orujo en la despensa.

–         ¡Gordo, esto es la leche! ¡El puto Walhalla, compañero!

Gordo Larsson, ignorando la escena, comenzó a pensar e imaginar los tesoros gastronómicos que albergaba el parque Leo Messi. Después recordó que tenían un revolver. Esperó a que Valerio se vaciara y después lo llevó a una ventana. Al pie del edificio aguardaban los veinte canguros.

–         ¿A cuál tumbo? – preguntó Valerio.

–         Al más hijo de puta, claro. Ese grandote de allí.

Valerio empuñó el revólver, hizo bang y el macho alfa ni se inmutó.

–         ¿Qué te decía? Un pellejo bien duro.

Segundos después, el canguro se desplomó.

–         Duras son las mierdas que tienes en la cabeza, Valerio. Una bala es una bala.

Los diecinueve canguros restantes, vencida la sorpresa inicial e incapaces de resistir al llamado de la sangre, se arrojaron sobre el cuerpo de su líder dispuestos a no dejar de él ni los genes.

–         Ahora, espaciando un poco, vas matando al resto y dejas para el final a ese pequeñín de allá, que estará bien tierno.

Los canguros, cegados por la ansiedad, no comprendieron que los estaban matando poco a poco. Cuando solo quedó en pie el más chico, Gordo dijo a Valerio que lo baleara en las patas, sin matarlo.

–         A ese lo acuchillamos como a los cerdos, y que sufra, que hoy cenamos costillas de canguro a la salchichera.

Los vecinos de Lo Matas no tardaron en abandonar sus refugios y retornar a las calles. Apenas eran quinientas personas, por lo que tocaba a un canguro para cada veinticinco. Buena proteína y, sobre todo, librarse de aquellas fieras.

–         ¿Y cómo llegaron esos bichos hasta aquí? – preguntó Valerio a un vecino.

–         Escaparon de La Urdanga – dijo el hombre, royendo una costilla – Aquello es un maldito infierno, jefe, y esto está de muerte.

Gordo Larsson puso en aquellos canguros toda su ciencia. Aborrecía la carne de roedor, pero supo hacer de ella algo comestible y, más aún, agradable al paladar.

–         Gordo, eso de Larsson, ¿de dónde viene? – preguntó Valerio, tras la comida.

–         Es mi nombre de bautismo.

–         ¿Bautismo?

–         Una ceremonia tradicional del sector de la hostelería. Y Larsson fue un filósofo escandinavo a quien mi vieja profesaba gran devoción.

–         No me suena – dijo Valerio, no satisfecho del todo con aquellos canguros, tal vez recordando los trozos humanos que guardaba en su bolsa.

–         Su obra se ha perdido, como la de otros grandes pensadores y artistas. Ni libros ni pantallas, ya sólo nos queda el estómago – dijo Gordo Larsson, haciendo honor a su apodo y conectando con la insatisfacción de su compañero.

–         Y la jodienda, amigo. Si regresamos triunfantes a La Bola, a la Amparo la reviento.

Notas manuscrita de Guillén Dewu. Monje anarquista del Comunato de Oña (Castilla La Vieja) y cronista de las andanzas de Gordo Larsson.

(*) Bonguis: Hongo escreméntico de vacuno con propiedades desconcertantes.

Costillas de canguro a la salchichera: Matar un canguro lechal y desangrarlo como a un puerco. Descuartizarlo y despellejar y salpimentar las costillas. Chorro de aceite o manteca a la sartén y tener a brasa lenta las costillas durante ocho veces sesenta. Se les da la vuelta y otro tanto de tiempo. Retirar las costillas. En el aceite y la grasa apochar la cebolla, sumando un puñado de harina, bien de romero, cucharada de mostaza y media frasca de vino en tientos cortos. Mezclar con brío, tapa al puchero y a brasa lenta hasta que engorde. Poner las costillas sobre la salsa y esperar apenas nada, lo que el estómago tarde en crujir.

 

Próximo capítulo: Homo sapiens con base Mathurine

París 1941. Una sopa de cebolla con Maigret.

París 1941. Finales de agosto. El cielo vaticina tormenta. Un calor húmedo y aplastante se apodera de la ciudad, pero Maigret no se ha ido de vacaciones.

A pesar de un anónimo, firmado Picpus, la policía no llega a evitar el homicidio de Marie Picard, una clarividente que ejerce bajo el nombre de Mlle Jeanne,  que es apuñalada en su salón. En el apartamento de la víctima, el comisario Maigret descubre, encerrado en la cocina, un viejo senil y embrutecido, Octave Le Cloaguen, que jura no saber nada sobre el crimen. Maigret lo cree…

“( …) A pesar de la tormenta la noche era càlida, y todas las puertas y ventanas de la gran cervecería del bulevard Clichy estaban abiertas. Los dos hombres estaban sentados entre la sala y la terraza. De un lado, un bullicio cálido y luminoso, el vaivén de los camareros, los grupos animados de comensales; del otro, las mesas desiertas bajo el toldo lleno de agua, dos chicas ante sendos vasos vacíos, la lluvia que seguía cayendo, pero no era ya la tromba de poco antes. La place Blanche y sus anuncios luminosos, después de una zona de sombra en la que se deslizan los taxis por el asfalto mojado, y el reflejo luminoso de las aspas del Moulin-Rouge que giraban incansablemente.

Alternancia de humedad y de ráfagas frescas, de verano que concluye y de otoño parisiense. Los dos hombres acaban de comer su plato de sopa gratinada…”

Georges Simenon escribió este libro, Firmado:Picpus, en Château de Terre-Neuve, Fontenay-le-Comte (Vendée, France), en junio de 1941

Fue publicado por capítulos seriales en el diario « Paris-Soir », desde el 11 de diciembre de 1941 al 21 de enero de 1942 en 34 capítulos, con el título Signé Picpus o La grande colère de Maigret.

El manuscrito de este libro fue vendido en subasta pública, por iniciativa del autor, para ayudar a los prisioneros de guerra.

Soupe à l´oignon gratinée

4 cebollas grandes  cortadas en láminas finas

4 cucharadas de café con leche de mantequilla

2 cucharadas de harina

1 l ( aprox.) de caldo de carne (se puede hacer con caldo concentrado)

150 g de queso gruyere, rallado

4 rebanadas de pan del día anterior, ligeramente tostado

200 ml de vino blanco seco, o 1 copita de vino Madeira (Oporto, Marsala, Pedro Ximenez,…o  similar)

1 cucharadita de café de tomillo

sal y pimienta

En una cazuela alta, con la mantequilla, y a fuego muy lento, rehogar la cebolla hasta que quede dorada. Unos treinta minutos.

Espolvorear por encima la harina, y remover con una cuchara de madera hasta que quede ligeramente tostada.  Agregar el vino. Remover y dejar evaporar unos 2 minutos. Incorporar el caldo (calentado previamente), salpimentar, añadir el tomillo y dejar hervir, cubierto, unos 20 minutos a fuego lento.

Repartir en cuatro recipientes que se puedan introducir en el horno.

Poner una rebanada de pan en cada recipiente, sobre el caldo, y por encima una cuarta parte del queso rallado.

Gratinar unos minutos, y servir.


Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo cuarto

Capítulo cuarto

Huevos a la Tripe en Can Tuiter.

Gordo Larsson y Valerio Bravo alcanzaron el centro de la ciudad de Gil Mateos al amanecer. En el lugar donde antaño se levantaban las Bahamonde Towers y el palacio del Comendador, la Universidad José Bono y la residencia de verano del Archiduque de Pontevedra, la Catedral de San Juan Pablo II y el santuario de la Virgen del Aborto, la Audiencia y al cuartel del Batallón Barrionuevo, a tiro de lapo de la arrasada Plaza de la Contrarreforma y el demolido pabellón de Penas Capitales, allí, digo, encontró nuestro héroe un gran descampado con un chiringo en el medio. Era el comedero de Can Tuiter, regentado por  Oriol Tuiter i Tuiter.

–          Ymme Tuiter, Gordo Larson.

–          ¿Cómo sabe usted mi nombre?

–          Tu fma t prcde y yo stoy n tdo. 70. Nacido n Soria. Tu mam bruja. Tu condena sla gula. Tufinal n barrio Urdanga. Jmas parq Leo Messi. Sgo?

–          ¿Y este, cómo se llama? – preguntó Gordo, señalando a Valerio.

–          Valerio Bravo. Kzdor. 25. Nacido n LaBola. uerfno mchtero gnrant dsgrciado brrcho…

–          Oye, Tuiter, ¿se puede saber qué te pasa en la boca? – preguntó Valerio, sin abandonar las manos de sus machetes porque aquel individuo no le gustaba ni media.

–          No pasa nada n boca, pq?

Gordo Larsson hizo una seña a su compañero para que se callara.

–          Oiga usted, Tuiter, ¿no tendrá algo de desayunar por ahí, verdad?

–          Tngo uevs.

–          ¿Huevos?

–          Frts

–          ¿Perdón?

–          Cn jmn

–          ¿Cómo?

Oriol Tuiter i Tuiter, situado tras el madero que servía de mostrador en su comedero, mostró un claro gesto de disgusto y trató de vocalizar mejor.

–          Huevos fritos con jamón.

–          Estupendo, amigo Tuiter. Eso nos irá de maravilla, y del pago no te preocupes, que ya nos arreglaremos – dijo Gordo.

–          N soy su mgo

–          ¡Me cago en tus vivos! – exclamó Valerio Bravo -. ¿No sabes hablar en cristiano?

–          Ecnmia d plbrs

–          ¿Te las cobran o qué coño?

Gordo Larsson mandó callar de nuevo a Valerio y dijo a Tuiter que ok con esos huevos fritos con jamón. Pero Tuiter no se movió del mostrador. De nuevo con una vocalización adecuada, dijo que también él quería apostar, como la Amparo.

–          ¿Y qué es lo que quieres jugarte?

Desapareció tras una lona y al cabo de unos instantes puso sobre el mostrador seis latas de espárragos de Navarra.

–          Pone cojonudos, Gordo. ¿Has visto? Co-jo-nu-dos. ¡Lo que hay que ver! ¿Y esto se come? – preguntó Valerio.

–          No un burro como tú.

–          Como quieras, para ti el pato y esas latas, pero yo, ¿qué gano?

Tuiter comprendió la situación y extrajo de su delantal un cuchillo jamonero. A Valerio le bailaron los ojos. Seguido, también colocó un revolver sobre el mostrador.

–          ¿Te juegas todo ese metal a que no volvemos de Leo Messi?

–          Slo el chllo. La pstla s para jgar rleta rsa.

–          ¡Ostias, Gordo, este tipo está como un grillo!

–          El q prmro bang, ns lo cmmos. Ok?

Tal vez fue el hablar de Tuiter, tal vez el brillo de hiena que desplegó en sus ojos, el caso es que Valerio Bravo, ejerciendo su papel de hombre de acción, empuñó los machetes y en apenas seis caracteres rajo a Oriol Tuiter i Tuiter desde la carótida hasta la femoral.

Al desgraciado, desangrándose sobre el mostrador, aún le dio tiempo a suplicar a Gordo Larsson que le cocinara unos huevos a la Tripe (1).

–          Uevs ala trip, pr fvr.

Pero Gordo no le entendió y Tuiter no pudo repetirlo.

–          ¿Qué ha dicho?

–          No lo sé, Gordo. Este tío estaba como una chota.

–          Pues yo no me quedo sin esos huevos fritos con jamón. ¿Te hacen, Valerio?

–          ¿Huevos fritos teniendo aquí lo que tenemos?

–          En La Bola no somos caníbales.

–          Eso tú, que apenas sales de noche.

–          Ni se te ocurra.

–          Que te jodan, Gordo. Yo desayuno a mi modo y tú al tuyo. Estoy de viaje y necesito proteína. ¿Estamos?

Gordo comprendió que le convenía callar. Además, ¿qué podía él objetar contra eso de comerse a un semejante si había logrado sobrevivir tantos años y la carne era tan solo carne desde que Margaret devoró a Carl? Se cocinó los huevos mientras Tuiter, colgado por los pies, se vaciaba de sangre. Cuando Valerio comenzó a descuartizarlo, Gordo Larsson abandonó el chiringo y se llevó su desayuno a la sombra de una palmera. Comió y sonrió satisfecho. La cosa iba muy bien. Tenían seis cajas de espárragos cojonudos, un revolver con munición y Valerio llenaba sus alforjas y se ganaba un cuchillo jamonero. Los pichones jóvenes y tiernos del parque Leo Messi y el pato de Amparo estaban cada vez más cerca.

(1)       Nota manuscrita de Guillén Dewu. Monje anarquista del Comunato de Oña (Castilla La Vieja) y cronista de las andanzas de Gordo Larsson:

Huevos a la Tripe. seis huevos, dos cebollas, tiento de vino claro con agua, un pico de harina, un pico de queso seco raspado, puñado de mantequilla, sal, pimienta y doce gotas de limón. Se cuecen los huevos hasta endurecer y se preparala salsa Tripe dorando la cebolla sobre la mantequilla y añadiendo la harina a brasa templada (sin hervotear en ningún momento). Se añade el vino blanco con agua y se amalgama el conjunto, poniendo de seguido sal, pimienta y las doce gotas de limón. Se mantiene en la brasa contando dos veces sesenta y se retira. Los huevos se cortan en rodajas, se ponen en una bandeja de barro cubiertos con la salsa y con el queso rallado y se meten al horno hasta que doren, o entre ladrillos (pero siempre con una bandeja de agua debajo). Suculentos en compañía de vinos tintos de Namibia o vinos blancos de Angola.

Próximo capítulo:

Costillas de canguro a la salchichera en Lo Matas.

Firma con sabor, en el pre sant jordi (21de abril)

Andreu Martín y Maruja Torres autores contentos, por firmar, y por el clásico vermut negrocriminal

 

Itinerario con sabor negrocriminal (a pocos metros de nuestra parada en Sant Jordi) para el 23 de abril 2012

Desde nuestra parada en Les Rambles, dándole la espalda al Palau de la Virreina, tenemos la calle Carme hacía el norte, y el puerto hacia el sur.

Comenzamos el recorrido gastronómico negrocriminal por el norte, y nos dirigimos a un restaurante cuyos precios nos impiden la entrada ( también a Charo le parecían excesivos) pero que frecuentaba Pepe Carvalho. Se trata de Quo Vadis (Carme,7)

la mesa, en un rincón, de Pepe y Charo

    (…) Carvalho tomó la iniciativa y llevó a Teresa hacia el restaurante Quo Vadis. Contestó los protocolarios saludos del clan rector, presidido por una enérgica madre que dirigía la vida del restaurante desde una silla anclada en la mismísima puerta. Al ver los precios, Teresa adelantó:

—Yo pediré un solo plato.

—¿Estás mal de dinero?

—No. Pero me sabe mal gastar tanto dinero para comer. Conmigo cumplías llevándome a otro tipo de restaurante.

—Es que aún no he superado el respeto distante por la burguesía, y sigo creyendo que sabe vivir.

—¿Quién lo niega?

—Un ochenta y nueve por ciento de la burguesía de esta ciudad cena espinacas rehogadas y una pescadilla que se muerde la cola.

—Es sano.

—Si tomaran las espinacas con pasas y piñones y en lugar de la pescadilla una doradita con hierbas, envuelta en papel estaño y hecha al horno, sería una cena igualmente sana, no mucho más cara y más imaginativa.

—Y lo más curioso es que hablas en serio.

—Totalmente. El sexo y la gastronomía son las cosas más serias que hay.

Tatuaje, Manuel Vázquez Montalbán

Dominique Manotti, en la Boquería, BCNegra 2006

Por este increíble mercado, en una época lejana ( años sesenta)… sin turistas, en cuya entrada principal, todos los lunes, aparecían unos puestos de quita y pon,  pintados de rojo, que vendían carne de toro de la corrida del domingo anterior. La de Las Arenas o la de La Monumental. Delante se formaban largas colas de compradoras…Era una de las carnes más baratas del mercado. Los rabos, eran la parte más codiciada…Bueno, no en esa época sino en una todavía más lejana, cometía sus fechorías Enriqueta Martí,  la “mala dona”, llamada también “la vampira del Raval”. A río revuelto ganancia de pescadores, Enriqueta aprovechaba el  bullicio para llevarse a las criaturas que luego asesinaba, segun cuenta Marc Pastor en su novela La mala dona ( La mala mujer)

Vayamos algo más al sur. La plaza Real.

 “(…) Se tomó un triple de cerveza en la Plaza Real añorando una perdida tapa de calamares en salsa con pimienta y nuez moscada que había caracterizado a la cervecería más multitudinaria del recinto. Flotantes en una agüilla amarronada, momificadas patas de calamar se proponían suplir a ilustres antepasados. Lo malo de las culturas de lo fugaz es precisamente su fugacidad. Por esta cocina pasó un genio en el arte de guisar el calamar, creó la ilusión de un sabor eterno y se marchó dejando un vacío irreparable.  Ni siquiera nadie en condiciones de ponerle en la pista del genio. Los camareros son pájaros de vuelo fácil y sobre todo en estos tiempos en que es camarero todo aquel capaz de ponerse una chaqueta blanca más sucia que la del día anterior, pero menos que mañana. ”

Tatuaje. MVM

(…)“El Glaciar había sido un antro generacional para mí, la plaza Real misma, en una de cuyas esquinas estaba el local, me producía tal pereza que no podía ni pronunciar el nombre. Hacía cerca de diez años que no la pisaba. Tito era hombre de costumbres, tenía sus barras marcadas, en las que otras generaciones formaban ya la parroquia, pero eso a él ni le iba ni le venía, mientras no cambiaran de dueño, todos convertidos en viejos amigos, y siguiera encontrando chavalas dispuestas a acompañarlo hasta el final de la noche y más”.

Lo cuenta Cristina Fallarás en No acaba la noche

Y seguimos bajando por las Ramblas hacia el sur.

“Si descubres algo estaré en el despacho hasta la una, luego me daré una vuelta por los billares. Comeré en el Amaya.”

La soledad del manager. Manuel Vázquez Montalbán

Que bien estuvo el Amaya…(la Rambla, 20-24), aunque todavía está.

añoradas kokochas

Y nos despedimos de este itinerario con un pastís …o una absenta, mientras escuchamos la voz irrepetible de Edith Piaf.

Bar Pastis  ( C/ de Santa Mònica,4)

“(…)  El Café venezuela, que ya cerró, largas noches de otro tiempo, el Big-Ben, que en cambio aún tiene penumbras y culos,la Iglesiade Santa Mónica, la entrada a las  viejas gargantas del distrito, el Bar Pastís, rebelión hecha canciones y frases susurradas donde Josep María Espinás se negaba a ver su Cataluña meticulosamente destruida. El monumento a Colón donde hubo palomas, fotógrafos minuteros, soldados con la mirada perdida en Marruecos, estudiantes con la mirada perdida en el futuro y que un día se hicieron la última foto juntos antes de que la vida les separase. El Amaya, restaurante de olor a puerto y comensal antiguo. Las casas de mujeres dela Ramblabaja, casas respetables y empadronadas, con escudo heráldico de toalla y goma, no crea usted que la historia no merece un respeto. Las mujeres alineadas en la acera, carne de camionero nostálgico, estudiante ávido y de oficinista estrecho.”

Crónica Sentimental en rojo. Francisco González Ledesma

______________________

“(…)  Salió hasta las Ramblas y tomó la dirección del Puerto. Al llegar frente a la Iglesiade Santa Mónica se salió del paseo central, cruzó la calzada derecha y se adentró por la calleja que bordeaba la izquierda de la iglesia. Penetró en el bar Pastis y pidió absenta…”

Tatuaje. M.V.V.

Y, si desean ampliar la ruta, pueden acercarse al más simpático de los restaurantes Carvalhianos: Can Lluis, de la mano de dos blogs amigos:

http://jordivalerointerrobang.blogspot.com.es/2012/04/fricando-de-can-lluis-y-vazquez.html

http://gastronomiadelamia.blogspot.com.es/2012/04/rte-can-lluis-en-la-ruta-de-pepe.html

Viva Sant Jordi! Viva los libros!!! viva la gastronomía negro criminal!

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo tercero

 

 

 

Capítulo tercero.

Menudillos de polla con salsa de alcaparras.

 

 

La avenida Ministro Gallardón unía el barrio de La Bola con el centro de Gil Mateos. En sus orígenes, hacia 2020, fue una amplia arteria arbolada con confesionarios de ébano y fuentes de bromuro cada doscientos metros. En 2090 se había convertido en una cinta de escombros y maleza poblada de gatos del tamaño de un perro y perros del tamaño de un hombre.

–          Ahí lo tienes, Gordo. Nuestro primer obstáculo. Dos kilómetros y estamos en el centro.

–          Esos gatos de los que hablas, Valerio, ¿saben bien?

–          No lo sé. Cuando estuve por aquí no traté de comérmelos, sino de escapar de ellos.

–          ¿Y los perros?

–          No son perros, Gordo. Hablo de los Putinov, exiliados rusos. Son unos cincuenta y todos familia.

–          ¿Peligrosos?

–          Si no te cogen, no. Pero no son de lo peor que vamos a encontrar en este viaje.

Gordo Larsson y Valerio Bravo comenzaron a caminar porla avenida Ministro Gallardón.Pronto, la espesura les cubrió por entero. Valerio avanzaba abriendo camino con sus machetes y Gordo no dejaba escapar ocasión para recoger hierbas y raíces. Al cabo de unos doscientos pasos, llegaron ante una caseta de plástico y hojalata que los antiguos llamaban kiosko. Echaron un vistazo tras apartar la maleza y descubrieron un esqueleto en el interior. Llevaba un cartel al cuello.

–          ¿Quién fue Jota Eme Aznar, Gordo?

–          Fue un agente del Mossad israelí infiltrado en los gobiernos españoles de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno. Pero ahí no pone nada de eso, sino Joder, Puto Ánsar.

–          ¿Gripe aviar?

–          Quién sabe, Valerio.

–          Gripe aviar, de fijo. Por eso no hay un solo gato. Da mal fario. A ver si está todo infectado y la jodemos también nosotros.

–          Prosigamos – dijo Gordo Larsson.

La selva era espesa y el sol ya se ponía por los cerros de Brunete. Llegaron ante un bosque de bambú que dio mucho trabajo a los machetes de Valerio. Encontraron un pequeño claro entre el bambú y decidieron pasar allí la noche.

–          Ni se te ocurra hacer fuego – dijo Valerio.

–          Yo no ceno frío – contestó Gordo.

–          Entonces no cenas.

Gordo Larsson iba a replicar cuando los Putinov, todos rubios y con flequillo, surgieron de la nada.

–          ¡La jodimos, Gordo!

–          Para nada, Valerio. Estos tienen una cara de hambre que no veas.

–          Por eso mismo, imbécil.

Los Putinov los llevaron a su refugio, que era andergraun, y los metieron en una olla de dos brazos de diámetro. Gordo Larsson, en un vistazo rápido y ante la ausencia de sal, pimienta u otros aderezos básicos, comprendió que aquellos miserables no habían comido algo decente en su vida. Consistente sí, porque la carne humana lo es, pero no aderezado de un modo civilizado.

–          Me los voy a camelar, Valerio.

–          Pues date prisa, porque hervoteamos en breve.

Cerró los ojos y se largó cincuenta años atrás; su madre trajina en la cocina; en la radio suenan discursos vocingleros; el gas hace tiempo que no rula, pero tienen carbón; el olor de las alcaparras se esparce; la polla gorda, abierta en canal, le lleva al suspiro. Gordo Larsson sonrió. Estaban salvados.

–          Не предпочитает петух с потрохами соус каперсы? (1) – preguntó Gordo.

–          Мы говорим испанский, идиот – respondió el más viejo de los Putinov.

–          Pues entonces mucho mejor. Les explicaré cómo se hace y así aprenden algo de cocina, que no les vendrá mal. Si les gusta, nos dejan en paz. Si no, nos quedamos aquí hasta que logre cocinar algo ajustado a su raquítico sentido del gusto.

El más viejo de los Putinov accedió al ofrecimiento de Gordo Larsson, pero puso una condición.

–          En vez de una polla, prefiero que esa salsa de alcaparras me la acompañes con las orejas de tu compañero.

–          Eso no es posible, señor Putinov. La oreja es cartílago, que no casa con la alcaparra. La alcaparra pide carne de pluma y yo podría tomar por polla eso de ahí arriba – Gordo señaló a una gallina vieja que dormitaba sobre una viga.

El viejo hizo una señal, alguien lanzó un pedrusco y la gallina cayó decapitada a los pies de la olla donde habían metido a Gordo Larsson y Valerio Bravo.

–          Если я делаю не так, как я буду есть петух будет вашим (2) – amenazó el viejo.

–          Мой друг больше жира, поверьте мне – respondió Gordo.

–          Затем я ем оба.

–          Как, но прежде, чем мне нужно два яйца.

Les sacaron de la olla y dejaron espacio libre a Gordo Larsson, quien desplumó y destripó a la gallina en un suspiro, rellenándola de seguido con un asadillo bien especiado de sus propias vísceras. Después, metiendo la mano en su macuto, que con los años adquiriría rango de objeto místico, extrajo cuatro patatas, un variado de despensa y un saquito repleto de alcaparras frescas. Dejó dorarse de largo a la gallina sobre una cama de patata y se concentró en la salsa.

–          Lo explico en voz alta para que se os quede, cenutrios – anunció Gordo, poniéndose a la labor -. En esta cazuela mezclo la harina, la mantequilla y un chorrín de leche para calentar sin hervor. En este boul pongo las yemas de huevo, otro poco de mantequilla y unas gotas de vinagre, triturando con rabia hasta mezclar bien. Esta mezcla la paso a la cazuela y revuelvo con mimo a fuego lento hasta que hierva. Retiro al instante, añado cuatro taquitos  de mantequilla y vuelvo a revolver hasta que se derrita. Añado las alcaparras, sazono con sal y pimienta, esparzo sobre la víctima y listo.

Gordo Larsson acercó la humeante polla con salsa de alcaparras ante las narices del viejo. Valerio Bravo conteníala respiración. El viejo Putinov agarró la pieza con una mano y le dio un mordisco. Masticó y tragó. Por su expresión, Gordo supo que no sólo había convencido a aquel analfabeto integral, sino que lo había mandado al paraíso. La avenida Ministro Gallardón era territorio conquistado. Contento y esperanzado, nuestro héroe cantó una vieja copla itálica aprendida a saber dónde:

–          Dolce far niente, dolce mirata, luna di mele, e aqüa gelata.

(1)       ¿No prefieren menudillos de polla con salsa de alcaparras? – Sabemos hablar en castellano, imbécil.

(2)       Si no me gusta, la polla que me comeré será la tuya – La de mi amigo es más gorda, créame – Entonces me comeré ambas – Como quiera, pero también necesitaré dos huevos.

 

Próximo jueves: Huevos a la tripe en Can Tuiter

 

Tom Ripley, un criminal renacentista, y una salsa Béarnaise

   

Escribir, era para Patricia Highsmith todo un ritual. Según explica en sus diarios, todo cuanto la rodeara tenía que ser de la mejor calidad: los mejores cigarrillos, una blusa recién planchada, el mejor whisky…

 

Patricia Highsmith  vino a Europa en los años cincuenta gracias a los derechos cinematográficos de su primera novela, Extraños en un tren.

La autora contaba, que la idea de crear a Ripley le vino durante un viaje por Italia. Estaba en Positano, en un hotel junto a la playa, y eran las ocho de la mañana. Salió a la terraza y, mientras la bruma cubría todavía la playa, vio a un hombre joven, solo, que caminaba con una toalla de baño a la espalda. A Highsmith le inquietó el personaje. ¿Por qué estaba solo en la playa a aquellas horas? ¿Quién era? ¿Qué había hecho? Desde aquel preciso instante, sin que él lo supiera, aquel hombre se convirtió en Ripley.

Con la primera novela de Ripley, El talento de Mr. Ripley, obtuvo el Gran Premio de Literatura Policíaca y estubo nominada al Premio Edgar a la mejor novela. La novela fue adaptada al cine dos veces.

Ripley aparecerá en cinco novelas, y se convertirá en uno de los grandes  protagonistas de novelas policiacas. No es ni detective ni policía sino un ladrón, un asesino ocasional, y un cínico y amoral estafador que gusta de suplantar a sus víctimas. Ripley, no se somete a la moral establecida. Highsmith tampoco. Por eso deja Estados Unidos y se instala a vivir en Europa. Escribe en sus diarios, poco tiempo después de finalizar su primera novela de la serie, “he perdido la sensación del bien y el mal”.  

Al contrario de lo habitual, el protagonista de Highsmith, no es castigado ni atrapado por la policía. No solo eso, desde la primera novela de la serie, Ripley, es un personaje que inicia una gran escalada social. 

Patricia Highsmith nunca sentó en el banquillo a Ripley. Nunca quiso que le cogieran y lo juzgaran, quería que sus delitos quedaran impunes, en todo caso lo que le interesaba de su personaje era saber si, a pesar de todo, “tendría o no sentimientos de culpa”. Ripley está más cerca del Rodion Raskolnikov de Dostoievski que del Philip Marlowe de Chandler.

El Tom Ripley que gustó a Patricia

Patricia Highsmith era norteamericana pero creó un personaje totalmente europeo. También lo son los escenarios de sus novelas. Mediterráneos, incluso. Casas con jardines en pequeños pueblos, o encaladas cerca del mar. Tom Ripley es un personaje renacentista. Un seductor, refinado, elegante, amante del arte y de la buena vida. Un ser privilegiado…El crimen es para Ripley una forma de realización personal. Cuando suplanta a otro, lo hace más para sumergirse en una especie de vértigo interior, que para burlar el cerco policial.

A  Patricia Highsmith le gustaba Ripley, a nosotros nos gusta Patricia Highsmith cuando dice:  Más bien simpatizo con los delincuentes”“Los encuentro interesantes. A no ser que resulten monótonos y estúpidamente brutales”.

Bien.

Patricia es una malvada. Nos propone un juego. Quiere que queramos a su asesino. Por eso además de dotarle de todos sus seductores y criminales atributos, lo viste con un  levísimo halo de desamparo, de una latente infelicidad muy nietzscheana que lo hace más vunerable, más próximo al lector. Por el contrario, sus victimas son muy antipáticas. No nos importa que las mate.

Las novelas de Patricia son totalmente incorrectas y transgresoras. Por eso nos gustan tanto.

El personaje de Tom Ripley ha protagonizado las siguientes 5 novelas a lo largo de 36 años:

1.El talento de Mr. Ripley / A pleno sol (The Talented Mr. Ripley, 1955)

2.La máscara de Ripley / Ripley bajo tierra (Ripley Under Ground, 1970)

3.El juego de Ripley / El amigo americano (Ripley’s Game, 1974)

4.Tras los pasos de Ripley / El muchacho que siguió a Ripley (The Boy Who Followed Ripley, 1980)

5.Ripley en peligro (Ripley Under Water, 1991)

Cuaderno de notas de Patricia Highsmith

Patricia Highsmith, siempre  que tenía una idea para un libro, viajaba hasta el lugar en donde pensaba situar la acción.

Despues de una larga estancia en Francia escribiría la que considero la novela más “gastronómica”de la autora. La mascara de Ripley.

No les cuento toda la historia, pues si no la han leído, espero que lo hagan, pero para situar la acción diremos que Tom Ripley, el que fue protagonista de El talento de Mr. Ripley, unos años después, se casa con una rica heredera francesa. Vive en una lujosa finca cerca de París, en Villeperce-sur-Seine, propiedad de su suegro. Está temporalmente solo – su mujer, Heloise, anda de crucero por Grecia- y llevando una existencia apacible, cuidando el jardín, pintando, escuchando música y leyendo, ” Tom se pasó cerca de una hora trabajando en el jardín, luego leyó un poco de Las armas secretas, de Julio Cortázar”. Gozando de la contemplación de las telas que cuelgan en las paredes: Soutine, Magritte, Van Gogh, Picasso, dibujos de Cocteau…Un día le telefonean de Londres sus socios de la Buckmaster Gallery,  y la vida apacible de Tom, dejará de serlo.

Pero la cocina francesa estará presente en toda la novela.

En la finca de los señores Ripley  tienen una excelente ama de llaves y cocinera, madame Annette.

(…) Por la mañana siguiente, mientras desayunaba en la cama ( privilegio libertino que en Inglaterra debía pagarse con unos chelines de más en la cuenta) Tom telefoneó a madame Annette. Eran solo las ocho, pero Tom sabía que la mujer llevaría levantada casi una hora, cantando mientras cumplía la tarea de subir la calefacción (con el pequeño manómetro de la cocina), preparar su delicada “infusión”(es decir, té), ya que el café por la mañana le producía palpitaciones, y arreglar las macetas de las diversas ventanas para que les diese tanto el sol como fuese posible…”

“(…) _ Madame Annette_…Sí, estoy bien, gracias. ¿ Cómo va la muela?…¡Estupendo! La estoy llamando para decirle que llegaré a casa este mediodía, sobre las cuatro, con un señor americano.

_¡Ah!_ dijo madame Annette, complacida.

_ Será nuestro huésped esta noche, puede que dos noches, ¿quién sabe? ¿me hará el favor de arreglar bien el cuarto de los invitados? Ponga algunas flores. Y para cenar tournedós, quizás, con esa deliciosa béarnaise que prepara usted.

 

La salsa béarnaise es una salsa emulsionada, muy, muy francesa. Es más, muy parisina, a pesar del nombre que parece relacionarse con la provincia francesa de Béarn, lindante con los Pirineos atlánticos.  Realmente buena pero muy colesterólica. Se sirve templada y recién hecha. En ella participan la mantequilla (évidenment), la yema de huevo, la cebolla, el estragón y el perifollo.

 

Tournedós a la sauce béarnaise   

Ingredientes para 2

 2 tournedos 150 g aprox. cada uno ( o cualquier otra parte de carne que desee)

 2 chalotas  ( la chalota o escalonia es pariente de la cebolla, el sabor se parece al de esta, pero más dulce y suave)

 2 cucharadas de vinagre de vino blanco

 4 cucharadas de vino blanco seco

 1 manojo de estragón

 1/2 manojo de perifollo ( de no encontrar, se puede substituir por perejil)

 2 yemas de huevo

 120 g de mantequilla, a trocitos pequeños

 sal y pimienta recién molida

 medio limón

Picar las chalotas y picar finamente las hierbas.

 Poner en un cazo ( a poder ser de acero inoxidable) el vino blanco, el vinagre, la chalota y, sólo la mitad del estragón y el perifollo (que se agregarán al final de la cocción de la salsa). Dejar reducir, a temperatura media, hasta que el vinagre se evapore. Verter el contenido a otro cazo, pasándolo por un colador fino para obtener  solo el líquido. Dejar enfriar unos minutos.

 Añadir las yemas de huevo. Mezclar delicadamente, con un batidor, haciendo como un ocho. Calentar la emulsión. Aparecerá una espuma cremosa. Añadir la mantequilla, cortada en trocitos muy pequeños. Seguir batiendo, suavemente. La espuma se espesará y se convertirá en una crema ligera: La salsa Bearnaise. Añadir las hierbas aromáticas que habíamos reservado. Salpimentar. Añadir unas gotas de zumo de limón. Cubrir con film  plástico, y colocar el bol en una cazuela con agua caliente (para mantener la salsa caliente).

 Salpimentar los tournedós, y hacerlos al gusto, sobre una plancha. Servirlos en un plato cubiertos con la salsa bearnesa.

 

Petite fille du Béarn

 

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo segundo

 Capítulo segundo.

Pato a la arlesiana con cobertura de Amparo.

En 2030, la ciudad de Gil Mateos alcanzó su máximo histórico de población con medio millón de habitantes. En 2047, año del último censo oficial, esa cifra se había reducido a poco más de cien mil. En la última década del siglo XXI, no sobrepasaba las diez mil personas.

–         De esos diez mil desgraciados, unos quinientos vivimos en el barrio de La Bola. En Lo Matas y El Camps otro tanto. El resto hasta diez mil están en Berlusco y La Urdanga. Esos dos barrios son un puto peligro, Gordo. ¿De verdad te las vas a jugar por dos pichones?

Valerio, apellidado Bravo, cazador de oficio y de unos veinticinco años de edad, conversaba con Gordo Larsson al tiempo que afilaba sus machetes.

–         Claro que sí. Y tú vas a venir conmigo.

–         Ya he estado una vez y es suficiente. Por allí se comen a la gente, Gordo.

–         ¿Y dónde no, Valerio?

–         Quiero decir que se los comen vivos. Hoy te cortan una pierna, mañana la lengua, al otro las manos y así hasta completar el menú de una semana.

–         Pero a nosotros no nos cogerán.

–         ¿Y por qué estás tan seguro?

–         Porque yo cuidaré de ti y tú cuidaras de mí. Si tú has ido y has vuelto de La Urdanga, yo estuve en Toledo y puedo contarlo. Ambos tenemos recursos suficientes para llegar a donde haga falta

Valerio Bravo permaneció pensativo un instante. Sin dejar de afilar machetes, marcó una sonrisa de medio lado.

–         ¿A donde haga falta?  ¿Qué andas pensando, Gordo? Me parece que tú quieres ir bastante más lejos que el parque Leo Messi. ¿Me equivoco?

–         Te cabo a rabo – dijo la mujer que respondía al nombre de Amparo -. Apuesto un pato a que Gordo no pasa del centro y se vuelve a La Bola sin los pichones.

–         ¡Un pato!

–         Lo que oyes, Gordo. Uno bien cebado, no esos que venden por ahí todo chutados de sopicaldo.

Gordo Larsson comenzó a salivar. Todos los patos del mundo se agolpaban en su mente. Lo agarró la memoria y se lo llevó a la cocina de su madre. Hacía más de cincuenta años, pero el recuerdo era suculento, delicioso, voraz. Las aletas de su nariz se tensaron. Lo estaba oliendo. La receta ya dibujaba un titular, Gordo lo dijo en voz alta:

–         Pato a la arlesiana.

–         Con cobertura Amparo.

–         ¿Y eso qué es? – preguntó Gordo.

–         Pues que además del pato, podrás follarme a discreción durante una semana.

Aquello lo escuchó Valerio y fue tensarse como una catapulta. La jodienda era escasa y las apuestas cosa seria en aquella época. Incumplirlas salía caro.

–         Gordo, si te acompaño y volvemos a La Bola con esos pichones, tú te quedas el pato y yo le doy doble a esta vieja.

Amparo lanzó una carcajada. Con casi cuarenta años, estando la longevidad media en unos cincuenta y cinco, había decidido no decir que no a nada. Bajarse el culero ante Gordo Larsson, viejo, enano y tragón, y después felacionársela a Valerio Bravo, joven, fornido y cazador, no significaba sacrificio alguno, sino ser gozada en buena ley por los amigos. En una sociedad brutal y fragmentada como lo fue la Iberia de finales del siglo XXI, el cariño y la amistad eran bienes escasos y fugaces

Se comprometieron y cerraron la apuesta. Si regresaban del parque Leo Messi con dos pichones, Gordo se ganaría un pato y Valerio una semana de joder a saco con Amparo. Si se los comían en el barrio de  Berlusco o La Urdanga, o si volvían de vacío, Amparo se quedaría con la colección de hierbas y especias de Gordo Larsson y los machetes de Valerio. Le dieron un tiento al orujo y estrecharon sus manos. Ya no cabía rajarse.

–         ¿Y cómo es eso del pato a la arlesiana, Gordo? – preguntó Valerio, tratando de pensar en algo diferente a Amparo desnuda en el catre.

–         Tiene su cosa, pero es difícil hacerlo mal. Para un pato bien cebado se necesitan cuatro buenos puñados de carne y tocino de cerdo, un cuarto de aceite de oliva, una cebolla, cinco pies de apio, su buena zanahoria, aceitunas, si las hay, pimienta, orégano, sal y una trufa de las gordas, aunque esta última ya es para nota.

–         ¡Ahí es nada!

–         Pero eso sólo es la orquesta, Valerio. Sin el solista, sin el pato, no hacemos nada. Y escasean tanto como los pichones. ¿Cumplirás, Amparo?

Cumpliría, sí. Era una apuesta y, sobre todo, era un pato. Aún estaba reciente en La Bola la trifulca en la plaza Gran Aguirre. Seis muertos por un talego de nueces.

–         Al pato, de primeras, lo matamos y lo desplumamos. Le cortamos el cuello y lo pasamos por la llama. El hígado y el corazón no nos lo comemos de la misma, sino que los hacemos picadillo junto con el cerdo. Ese picadillo lo ponemos en una cazuela con un chorrito de aceite, las especias y el pellejo de la trufa, y lo tenemos un ratín en brasa amable. Ese será el relleno que hemos de introducir en el pato por su salida natural.

–         ¡El culo! – aplaudió Valerio Bravo, el cazador.

–         Agarramos un cacerolo donde el pato esté cómodo, echamos un buen chorro de aceite, la cebolla, el apio y esa hermosura de zanahoria. Especiamos, dejamos colorearse al pato y después añadimos agua caliente. Tapamos el cacerolo y dejamos hervotear a brasa viva un rato largo, que el pato será viejo. Acabada la cocción metemos la trufa arrodajada y las aceitunas. Contamos seis veces cien sin prisas, sacamos la manduca, escurrimos, trinchamos y comemos.

–         Comes – dijo Valerio -. Yo estaré con Amparo en…

–         No, mozalbete, a mí no me follas sin que haya catado antes ese pato a la arlesiana.

–         No te arrepentirás, vieja.

–         Eso espero y deseo, Gordo.

Próximo: Menudillos de polla con salsa de alcaparras.

 

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo Primero

  

 

Capítulo primero.  Querencia de pichones a la brasa crepandine.

 

Uno de los platos favoritos de Gordo Larsson y que con más nostalgia recordaba. Una buena mañana se le antojaron, aunque para darse el gusto necesitaba dos pichones jóvenes y tiernos. El resto para ajustarse a la receta lo tenía en su chamizo: las cebolletas, la harina, la vinagre, el chorrito de aceite de oliva, el cuartillo de leche, el ramillete de perejil y las pizcas de sal, pimienta y comino. Si faltaba algo, lo encontraría en la tienda de Loui. Pero no pichones.

         ¿Y tienen que ser pichones? ¿No puedes apañarte con un salchichón?

         No, Loui. Necesito pichones. ¿Sabes quién puede venderlos?

         ¡Qué se yo, Gordo! Mira mi tienda, género básico.

¿Dónde encontraba dos buenos pichones en el barrio de La Bola? Habló con Valerio, que era cazador, pero no pudo decirle nada sensato porque estaba borracho de orujo. Aun así, quiso darle una pista.

         No existen, Gordo. Los pichones se extinguieron.

Necesitaba dos pichones grandes y tiernos para pasarlos por la llama y quemarles el vello que pudiera quedarles tras el desplume. Después, desplegarles las alas sobre la espalda, hacer dos incisiones en la piel y sujetar en ellas las patas del ave. Paso previo a que el cuchillo abriera los pichones de arriba abajo por la espalda. Seguido, tomaría el machete para aplastarlos por su parte interior y dejarlos completamente abiertos, como una mariposa.

         Sólo trabajamos con cerdos – le dijeron en el matadero del barrio.

         ¿Nada de pichones?

         ¿Me tomas el pelo o qué cojones?

Pensó en hablar con Amparo, que decía saberlo todo sobre la buena mesa, pero aún era pronto tras el desastre del último encuentro. Los insultos y bofetadas de esa mujer le dolieron a Gordo, vaya que sí. El castigo lógico por comentar lo crudo que le quedó ese solomillo de cerdo a la cacerola.

         ¡Está cerrado! – le gritaron en la tienda del subterráneo.

         ¿Venden ustedes pichones grandes?

         ¿Qué?

         Que si venden ustedes pichones grandes.

         ¡Vete al carajo!

Las brasas ya estaban listas. También la salsa crepandine, hecha con mimo y tiempo, porque de eso Gordo tenía todo el que quisiera. Los pichones, por el contrario, eran casi un imposible. Volvió a la tienda de Loui e insistió.

         ¿Estás seguro de que ninguno de tus proveedores trabaja con pichones?

         Joder, Gordo. Date por vencido, hombre.

         Eso nunca, Loui.

         Entonces tendrás que ir al parque Leo Messi y cazarlos tú  mismo… si puedes.

El parque Leo Messi quedaba en el extremo oriental de la ciudad de Gil Mateos, en la salida hacia Madrid. Partiendo del barrio de La Bola, Gordo tenía ante sí quince kilómetros que le obligaban a cruzar por la zona centro y los barrios de Lo Matas, El Camps, Berlusco y La Urdanga. Un papelón. Las posibilidades de llegar intacto eran reducidas, sobre todo en Berlusco y La Urdanga.

         Te van a salir caros esos putos pichones, Gordo.

         Ya sabes lo cabezón que soy, Loui.

         Cabezón y gilipollas.

         Y viejo, no lo olvides.

         ¿Qué tiene eso que ver, Gordo?

         Pues que nadie va a rajar a un viejo enano que empuja un carrito, ¿no crees?

         Un viejo enano, imbécil, gilipollas y cabezón al que destriparon los del barrio deLa Urdanga por su mala cabeza. Ya sabes qué tiempos vivimos Gordo, me caes bien, no la jodas. Cógete ese salchichón y quédate en La Bola.

De vuelta a su chamizo, Gordo se repitió esa frase unas cuantas veces: quédate en La Bola, quédate en La Bola. Cuando ya desmenuzaba el salchichón de Loui para asarlo junto a un sofrito de cebolla y no desperdiciar la salsa crepandine, el cielo atronó con violencia y comenzó a llover para que las brasas se apagaran como quien sopla una vela.

         ¡Una mierda me quedo en La Bola! ¡Yo quiero pichones, coño! ¡Mataría por dos pichones!

Sólo le escucharon los gatos, atentos a todo y con un hambre canina.

 

 

 

Próximo capítulo: Pato a la arlesiana con cobertura de Amparo.

 

 

 

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Antecedentes

 

Antecedentes

A mediados del siglo XXI, tal y como anunciaron los profetas, España se rompió. Las cosas se alteraron de tal modo, hubo tales volteos y tan seguidos, que al final resultó lo de siempre, pero esa vez con más hambre y sin semáforos. Un país sin electricidad es posible, dando por descontado que los hábitos se endurecen y la cerveza fría pasa a ser un artículo de lujo. Sin embargo, por extraño que pueda parecer, no hubo batallas, ni paredones ni cunetas. Si bien es cierto que unos treinta y cinco millones de personas murieron de hambre, sed,  frío o calor, hay que decir que lo hicieron en la quietud de sus hogares, por lo que cabe afirmar que la ruptura fue pacífica. El país, sencillamente, se pudrió. Y a Portugal le sucedió otro tanto. La Unión Europea, con Francia y Alemania a la cabeza, retomó el proyecto Lepén y construyó el canal Pyrénées, dejando a Iberia del modo en que siempre la habían visto: como una isla. El término lazareto no tardó en ser rescatado.

En el interior de esa ínsula, o gueto, cada cual trató de salvar su pellejo. Como es normal en sociedades ignorantes y atrasadas, se vivió un resurgir del género épico. Las historias heroicas brotaron y se esparcieron. Todas ellas, pese a sus múltiples estilos, tenían un común denominador: la búsqueda del sustento. De entre aquellos héroes ibéricos de la segunda mitad del siglo XXI, hubo uno que destacó por lo peculiar de sus objetivos. Se llamaba Larsson Gómez. Tenía unos setenta años, medía metro y medio y lucía una cabeza dura como el granito. Le gustaba comer, más aún cocinar. De físico era casi un gorrión, pero la gula la llevaba tatuada. Por eso le llamaban Gordo.

Sobrevivía en La Bola, una barriada de la ciudad de Gil Mateos, forúnculo urbanístico que brotó al oeste de la antigua comunidad  autónoma de Madrid a comienzos de los años veinte, una vez superado de falsete el Crash Negro de 2010.

Estas crónicas que ahora reproducimos, compiladas en 2118 por Guillén Dewu, monje anarquista del Comunato de Oña (Castilla La Vieja), son algunas de las historias que protagonizó a finales del siglo XXI Larsson Gómez, más conocido como Gordo, un hombre empeñado en la búsqueda del placer a través del paladar.

Mañana jueves,  primer capítulo : Querencia de pichones a la brasa crepandine.

 

 

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