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Agatha Christie, Autores

Agatha Christie cocina en Chagar Bazar

Max-Mallowan-y-Agatha-Christie

“Hay libros que se leen con una persistente sonrisa interior que de vez en cuando se vuelve visible y en ocasiones audible. Ven y dime cómo vives es uno de ellos, y leerlo es un placer en estado puro”

Lo dice Jacquetta Hawkes, la eminente arqueóloga,  en el prólogo, y yo comparto totalmente su opinión.

A veces, como más desquiciada se vuelve la realidad más necesarios resultan los momentos de pequeñas evasiones, de pequeñas “burbujas”, más allá de cualquier realidad,Ven y dime como vives, es una de estas “burbujas”. En todo caso fue “la realidad” de un momento feliz de Aghata Chiristie, que, como buena narradora, nos ha sabido transmitir. Luego, también para ella, vendrían otras realidades. La segunda guerra mundial no tardaría en empezar.

Ven y dime cómo vives es un libro, no solo recomendable para aquellas lectoras (y algún lector) que han disfrutado, con los relatos criminales de Aghata Christie, si no también para cualquier lector al que le gusten los libros de viajes; libros de viajes de viajeros de otros tiempos, es decir, de  viajeros “con tiempo”, con mucho tiempo por delante. Sus páginas son el testimonio escrito de varias temporadas que pasó la autora en la  excavación arqueológica en Siria e Irak, en respuesta a las innumerables preguntas que sus amistades y conocidos le hacían acerca del tipo de vida que llevaban en aquellos lugares. Agatha Christie con su segundo marido, el prestigioso arqueólogo británico Max Mallowan, recorrió todo el Oriente Medio acompañándolo en sus excavaciones. Las peripecias y aventuras de este grupo de occidentales en los primeros años treinta, son narradas por la escritora con la ironía que la caracterizaba.

“Al fin y al cabo, ¿qué problema no puede sortear una inglesa como ella, con una buena dosis de sentido del humor o una taza de té bien cargado?”

Agatha-en-las-excavaciones-de-Chagar-Bazar

“(…) En las raras ocasiones en que entro en la cocina para “mostrar” a Dimitri la preparación de algún plato europeo, instantáneamente se ponen en marcha los más altos niveles de higiene y pureza general.Si cojo un cuenco que parece perfectamente limpio, de inmediato me lo quitan de las manos y se lo dan a Ferhid.

_Ferhid, limpia esto para que lo use la Jatun.

Ferhid aferra el cuenco, y mancha esmeradamente su interior con jabón amarillo, aplica un vigoroso pulido a la superficie jabonosa y me lo devuelve. Tengo el presentimiento de que un soufflé aromatizado con jabón no sabrá realmente bien, pero me reprimo y me obligo a seguir adelante.

Todo el proceso me tiene en vilo. En primer lugar, la temperatura de la cocina suele rondar los 37 grados e incluso para mantener ese frescor sólo hay una diminuta apertura que deja pasar la luz, por lo que el efecto general es de una penumbra bochornosa. A ella se suma la impresión dispensadora de la absoluta confianza y reverencia expresada en cada uno de los rostros que me rodean. Y me rodean una buena cantidad de rostros porque, además de Dimitri, el servil Ferhid y el altanero Alí, pueden presentarse a observar el producto: Subri, Mansur, el carpintero Serkis, el aguador y algún trabajador suelto que esté haciendo algo en la casa. La cocina es pequeña, la multitud enorme. Forman un corro de ojos admirados y reverentes que observan hasta el último detalle de mis movimientos. Empiezo a ponerme nerviosa y siento que todo saldrá mal. Se me cae un huevo al suelo y se rompe. ¡Tan plena es la confianza que depositan en mí que durante un minuto todos interpretan que ello forma parte del ritual!

Sigo adelante, cada vez más acalorada y más desquiciada. Los cazos son distintos a todos los que conozco, el batidor de huevos tiene el mango inesperadamente desmontable, la forma o el tamaño de todo lo que uso es una rareza…me recompongo y resuelvo a la desesperada que, cualquiera que sea el resultado, fingiré que esa era mi intención.

A decir verdad, los resultados fluctúan. La cuajada al limón es un éxito rotundo; la mantecada es incomible y la enterramos en secreto; un soufflé de vainilla sale bien de milagro, en tanto que el pollo Maryland (debido, comprendo más adelante, a la extrema frescura e increíble longevidad de los pollos) es tan duro que nadie puede hincarle el diente.”

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