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Autores, Willy Uribe

Gula tatuada. Andanzas de Gordo Larsson. capítulo séptimo

Capítulo séptimo.

Rebozo de carne al Ganchoferrado.

Salvado el barrio de El Camps, Gordo Larsson y Valerio Bravo, continuaron camino hacia el parque Leo Messi y sus hermosos pichones. Entraban en el tramo que ellos pensaban final de su recorrido, pero tal suposición era errónea porque aún debían afrontar los barrios de Berlusco y La Urdanga, territorio de salvajes y caníbales en grado superlativo.

–         Oye, Gordo, el descampado este hay que pasarlo en bruto y las posibilidades de que no lo consigamos son muchas. Quiero que sepas que has sido un compañero cojonudo – dijo Valerio Bravo, observando el erial que daba paso a las primeras casas de Berlusco.

–         No va a pasarnos nada, amigo, que muy fiero pintan lo que no es sino pobreza.

–         ¿Pobreza? No, coño, no, Gordo, parece mentira que aún no te hayas dado cuenta. Es hambre a paletadas. Mira ese esqueleto, por ejemplo – Valerio señaló unos huesos que blanqueaban en medio del descampado -. Ese no está así por pobre, sino por el hambre de otros.

–         Hambre y pobreza siempre han ido de la mano.

–         Como quieras, pero lo cierto es que me tiemblan las piernas solo de pensar en cruzar eso sin una maldita cubierta a mano.

Justo en ese momento, como si las leyes de la sensatez se fueran al carajo para desbaratar los razonamientos de Valerio, una niña surgió de la nada y caminó por la desolación con una inocencia solo al alcance de la infancia. Pegado a ella, fiel a sus pasos, un perro.

–         ¡Joder!  Parece un espejismo.

–         Es solo una niña, Valerio.

–         ¿Sólo? Eso es un almacén de carne, Gordo. Una niña y un perro bien cebado camino del matadero.

Gordo Larsson cerró el puño, recogió el brazo y le soltó una hostia a Valerio Bravo en los morros. Después sacó su cuchillo y se lo puso en el cuello.

–         Repite conmigo, malnacido, los niño son sagrados, los niños son sagrados, los niños son sagrados…

Valerio comprendió el aviso. Gordo Larsson nunca atacaba en vano. Si lo hacía era por un motivo importante, lo suficiente como para encajar las consecuencias.

–         Repite, gualdrapas, los niños son sagrados – insistió Gordo, con la hoja del cuchillo presionando el cuello de su compañero.

–         Los niños son sagrados – dijo Valerio -. Pero los perros no. Y ahora deja de hacer el imbécil y guarda esa faca.

Gordo se guardó el cuchillo y tendió un trapo a Valerio para que se limpiara la sangre. Le había hecho una buena raja en el labio. Después fue hacia la niña. Si había gente observando desde las casas de Berlusco, se limitaron a observar. Ningún contratiempo impidió a Gordo Larsson acercarse hasta ella. Tenía ojeras profundas y unos ojos tristes como la niebla.

–         Mi padre lo quiere matar para comérselo. Por eso nos hemos escapado esta mañana. Él y yo – dijo, señalando al cánido.

–         ¿Cómo se llama? – preguntó Gordo.

–         Se llama Rubalcaba. Es muy viejo. Mi padre dice que ya no sirve para nada y que tenemos que comérnoslo.

–         ¿Y dónde vive tu padre, pequeña?

La niña señaló hacia el edificio más alto del barrio de Berlusco, una torre de unos cuarenta pisos.

–         Se llama Silvio y es el jefe de este barrio.

Gordo Larsson fue consciente del peligro, pero algo le decía que debía ayudar a aquella criatura y que cualquier lugar sería mejor que las cercanías de Silvio Scumbag, por mucho que fueran padre e hija. Por eso le tendió su mano, ella la tomó confiada y caminaron de vuelta hacia donde Valerio, con Rubalcaba hocicando sus pasos.

–         Es la hija de Silvio Scumbag – dijo Gordo.

A Valerio Bravo aquella noticia le cauterizó la herida del labio en un santiamén, además de provocarle una tos torcida y dejarle atragantado durante un buen rato. Silvio Scumbag era un nombre de peso en la ciudad de Gil Mateos. Un peso ganado a base de crímenes, extorsiones, asaltos, asesinatos, violaciones, torturas, secuestros y otras actuaciones.

–         La hemos cagado, Gordo. Ahora ni se salva la niña ni nos salvamos nosotros. En cuanto al perro… hay que admitir que está bien cebado.

–         Mi padre se lo quiere comer – dijo la niña.

–         ¿Y hacia dónde ibas? – preguntó Gordo.

–         No lo sé – respondió la niña, encogiendo sus hombros -. Pero allí no vuelvo.

Allí era la torre de cuarenta pisos que dominaba el barrio de Berlusco. Valerio dijo que aquello no pintaba nada bien y Gordo trató de recordar el nombre que los antiguos usaban para definir la resolución de asuntos irresolubles.

–         Mi padre se come a los perros y también a las personas, ¿sabéis?

Lo tenía en la punta de la lengua, pero no cuajaba en su mente. Un nombre para sortear lo inevitable.

–         Mi padre es un ogro.

Una palabra para evitar el desastre inminente. Pero no llegaba a ella. Fue entonces cuando escuchó aquel trueno que crecía en intensidad y giró su cabeza hacia el cielo, ocupado por un enorme abejorro de hierro que descendía hacia ellos. Se cubrieron como pudieron del polvo y el ruido que generaba aquel monstruo al posarse sobre la tierra. Gordo nació cuando aquellas máquinas aún existían en el país, pero su recuerdo se había borrado completamente. Aquella en concreto vino volando desde Alemania y su misión consistía en recoger niños huérfanos y darles una familia en la civilizada Europa. Así les informó la mujer que descendió del aparato.

–         Esta niña se viene para Berlín – dijo, ofreciendo a la niña un caramelo y una salchicha envuelta en berza.

La niña dijo que sí al instante.

–         Pero el perro no – continuó la mujer.

La niña no puso objeción y entregó la correa de Rubalcaba a Gordo  Larsson.

–         Cuídalo – le dijo.

Después subió junto a la mujer a aquella máquina, que no tardó en volver a los cielos y desaparecer tan rápido como había llegado. Al cabo de un buen rato, pasado el estruendo pero no el asombro, Gordo Larsson y Valerio Bravo se miraron el uno al otro por si alguno tenía una respuesta.

–         No sabría qué decir – dijo Gordo.

–         Yo tampoco, aunque tal vez después de comer tenga alguna respuesta – dijo Valerio, tomando la correa de Rubalcaba – . Ahora vamos a buscar un lugar tranquilo.

Cuando el perro estuvo descuartizado y limpio, Gordo recordó aquella vieja receta del Ganchoferrado en la que a la carne se la rebozaba de huevo y harina y después se colgaba en un garfio sobre las brasas. Hacía mucho que no disfrutaba de aquella delicia y ese era un buen momento. Tenía todo lo que necesitaba y Rubalcaba, hay que reconocerlo, estaba muy bien cebado.

–         Yo no sé qué es lo que ha caído del cielo, pero lo que si tengo claro es que Silvio Scumbag nos va a cortar los huevos – dijo Valerio, ya con la tripa llena -. Le hemos dejado sin hija y sin perro en un soplido. Nos esperan putas en Berlusco, amigo Gordo.

Próximo: Picadillo a la veneciana. 

Comentarios

2 comentarios en “Gula tatuada. Andanzas de Gordo Larsson. capítulo séptimo

  1. Lo siento, Montse. Comencé a leer los post de Wily Uribe recordando cúanto me había gustado Sé que mi padre decía, Pero ahora no es así. No me gusta el uso de los nombres que hace:Gil Mateos, barrio Urdanga….etc Tampoco encuentro apropiadas, para un blog como el tuyo, las referencias culinarias que estarían muy bien en lugares donde la astracanada tenga su público. Zamparse un perro puede ser necesario pero siempre triste y nunca apetecible ni gracioso.
    No pienso leerle sus posts.
    María

    Publicado por María | mayo 20, 2012, 9:28 am

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