estás leyendo...
Autores, Recetas, Willy Uribe

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo tercero

 

 

 

Capítulo tercero.

Menudillos de polla con salsa de alcaparras.

 

 

La avenida Ministro Gallardón unía el barrio de La Bola con el centro de Gil Mateos. En sus orígenes, hacia 2020, fue una amplia arteria arbolada con confesionarios de ébano y fuentes de bromuro cada doscientos metros. En 2090 se había convertido en una cinta de escombros y maleza poblada de gatos del tamaño de un perro y perros del tamaño de un hombre.

–          Ahí lo tienes, Gordo. Nuestro primer obstáculo. Dos kilómetros y estamos en el centro.

–          Esos gatos de los que hablas, Valerio, ¿saben bien?

–          No lo sé. Cuando estuve por aquí no traté de comérmelos, sino de escapar de ellos.

–          ¿Y los perros?

–          No son perros, Gordo. Hablo de los Putinov, exiliados rusos. Son unos cincuenta y todos familia.

–          ¿Peligrosos?

–          Si no te cogen, no. Pero no son de lo peor que vamos a encontrar en este viaje.

Gordo Larsson y Valerio Bravo comenzaron a caminar porla avenida Ministro Gallardón.Pronto, la espesura les cubrió por entero. Valerio avanzaba abriendo camino con sus machetes y Gordo no dejaba escapar ocasión para recoger hierbas y raíces. Al cabo de unos doscientos pasos, llegaron ante una caseta de plástico y hojalata que los antiguos llamaban kiosko. Echaron un vistazo tras apartar la maleza y descubrieron un esqueleto en el interior. Llevaba un cartel al cuello.

–          ¿Quién fue Jota Eme Aznar, Gordo?

–          Fue un agente del Mossad israelí infiltrado en los gobiernos españoles de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno. Pero ahí no pone nada de eso, sino Joder, Puto Ánsar.

–          ¿Gripe aviar?

–          Quién sabe, Valerio.

–          Gripe aviar, de fijo. Por eso no hay un solo gato. Da mal fario. A ver si está todo infectado y la jodemos también nosotros.

–          Prosigamos – dijo Gordo Larsson.

La selva era espesa y el sol ya se ponía por los cerros de Brunete. Llegaron ante un bosque de bambú que dio mucho trabajo a los machetes de Valerio. Encontraron un pequeño claro entre el bambú y decidieron pasar allí la noche.

–          Ni se te ocurra hacer fuego – dijo Valerio.

–          Yo no ceno frío – contestó Gordo.

–          Entonces no cenas.

Gordo Larsson iba a replicar cuando los Putinov, todos rubios y con flequillo, surgieron de la nada.

–          ¡La jodimos, Gordo!

–          Para nada, Valerio. Estos tienen una cara de hambre que no veas.

–          Por eso mismo, imbécil.

Los Putinov los llevaron a su refugio, que era andergraun, y los metieron en una olla de dos brazos de diámetro. Gordo Larsson, en un vistazo rápido y ante la ausencia de sal, pimienta u otros aderezos básicos, comprendió que aquellos miserables no habían comido algo decente en su vida. Consistente sí, porque la carne humana lo es, pero no aderezado de un modo civilizado.

–          Me los voy a camelar, Valerio.

–          Pues date prisa, porque hervoteamos en breve.

Cerró los ojos y se largó cincuenta años atrás; su madre trajina en la cocina; en la radio suenan discursos vocingleros; el gas hace tiempo que no rula, pero tienen carbón; el olor de las alcaparras se esparce; la polla gorda, abierta en canal, le lleva al suspiro. Gordo Larsson sonrió. Estaban salvados.

–          Не предпочитает петух с потрохами соус каперсы? (1) – preguntó Gordo.

–          Мы говорим испанский, идиот – respondió el más viejo de los Putinov.

–          Pues entonces mucho mejor. Les explicaré cómo se hace y así aprenden algo de cocina, que no les vendrá mal. Si les gusta, nos dejan en paz. Si no, nos quedamos aquí hasta que logre cocinar algo ajustado a su raquítico sentido del gusto.

El más viejo de los Putinov accedió al ofrecimiento de Gordo Larsson, pero puso una condición.

–          En vez de una polla, prefiero que esa salsa de alcaparras me la acompañes con las orejas de tu compañero.

–          Eso no es posible, señor Putinov. La oreja es cartílago, que no casa con la alcaparra. La alcaparra pide carne de pluma y yo podría tomar por polla eso de ahí arriba – Gordo señaló a una gallina vieja que dormitaba sobre una viga.

El viejo hizo una señal, alguien lanzó un pedrusco y la gallina cayó decapitada a los pies de la olla donde habían metido a Gordo Larsson y Valerio Bravo.

–          Если я делаю не так, как я буду есть петух будет вашим (2) – amenazó el viejo.

–          Мой друг больше жира, поверьте мне – respondió Gordo.

–          Затем я ем оба.

–          Как, но прежде, чем мне нужно два яйца.

Les sacaron de la olla y dejaron espacio libre a Gordo Larsson, quien desplumó y destripó a la gallina en un suspiro, rellenándola de seguido con un asadillo bien especiado de sus propias vísceras. Después, metiendo la mano en su macuto, que con los años adquiriría rango de objeto místico, extrajo cuatro patatas, un variado de despensa y un saquito repleto de alcaparras frescas. Dejó dorarse de largo a la gallina sobre una cama de patata y se concentró en la salsa.

–          Lo explico en voz alta para que se os quede, cenutrios – anunció Gordo, poniéndose a la labor -. En esta cazuela mezclo la harina, la mantequilla y un chorrín de leche para calentar sin hervor. En este boul pongo las yemas de huevo, otro poco de mantequilla y unas gotas de vinagre, triturando con rabia hasta mezclar bien. Esta mezcla la paso a la cazuela y revuelvo con mimo a fuego lento hasta que hierva. Retiro al instante, añado cuatro taquitos  de mantequilla y vuelvo a revolver hasta que se derrita. Añado las alcaparras, sazono con sal y pimienta, esparzo sobre la víctima y listo.

Gordo Larsson acercó la humeante polla con salsa de alcaparras ante las narices del viejo. Valerio Bravo conteníala respiración. El viejo Putinov agarró la pieza con una mano y le dio un mordisco. Masticó y tragó. Por su expresión, Gordo supo que no sólo había convencido a aquel analfabeto integral, sino que lo había mandado al paraíso. La avenida Ministro Gallardón era territorio conquistado. Contento y esperanzado, nuestro héroe cantó una vieja copla itálica aprendida a saber dónde:

–          Dolce far niente, dolce mirata, luna di mele, e aqüa gelata.

(1)       ¿No prefieren menudillos de polla con salsa de alcaparras? – Sabemos hablar en castellano, imbécil.

(2)       Si no me gusta, la polla que me comeré será la tuya – La de mi amigo es más gorda, créame – Entonces me comeré ambas – Como quiera, pero también necesitaré dos huevos.

 

Próximo jueves: Huevos a la tripe en Can Tuiter

 

Archivos

Temas