Jo Nesbo es el más hollywoodiano de los escritores noruegos.
Su última novela publicada, El redentor, debería leerse en verano, cuando es más de agradecer que al menos a través de la lectura, nos encontremos 18 grados bajo cero, y en algunas páginas lleguemos hasta los -22..
Nos cae bien su protagonista, Harry Hole, detective de la policía en la Politihuset de Oslo, por que lee a Jim Thompson, y además por que consigue resolver sus casos, incluso acechado por su peor enemigo: Jim Beam.
El bar favorito de Harry, es el Schrøder.
(…) Harry estaba sentado en su mesa de siempre mirando dentro de un vaso medio lleno de cerveza. El llamado restaurante era en realidad un sencillo y ajado antro de copas, pero con un aura de orgullo y dignidad que posiblemente se debiera a la clientela, al personal, y a los excelentes cuadros, un poco fuera de lugar, que adornaban las paredes ahumadas. O al hecho de que el restaurante Schrøder hubiera sobrevivido durante tantos años mientras muchos locales del vecindario cambiaban de cartel y de propietario.
Era domingo por la noche, antes del cierre, y no había mucha gente. Pero acababa de entrar un cliente nuevo que echó un vistazo al local mientras se desabrochaba el abrigo que llevaba sobre la chaqueta de tweed, antes de ir derecho a la mesa de Harry.
_ Buenas noches, amigo mío_dijo Stale Aune_. Esta parece ser tu esquina favorita.
_ No es una esquina_contestó Harry sin farfullar_. Es un rincón. Las esquinas están fuera. Uno dobla la esquina, no se sienta en ella.
Desde nuestra parada en Les Rambles, dándole la espalda al Palau de la Virreina, tenemos la calle Carme hacía el norte, y el puerto hacia el sur.
Comenzamos el recorrido gastronómico negrocriminal por el norte, y nos dirigimos a un restaurante cuyos precios nos impiden la entrada ( también a Charo le parecían excesivos) pero que frecuentaba Pepe Carvalho. Se trata de Quo Vadis (Carme,7)
(…) Carvalho tomó la iniciativa y llevó a Teresa hacia el restaurante Quo Vadis. Contestó los protocolarios saludos del clan rector, presidido por una enérgica madre que dirigía la vida del restaurante desde una silla anclada en la mismísima puerta. Al ver los precios, Teresa adelantó:
—Yo pediré un solo plato.
—¿Estás mal de dinero?
—No. Pero me sabe mal gastar tanto dinero para comer. Conmigo cumplías llevándome a otro tipo de restaurante.
—Es que aún no he superado el respeto distante por la burguesía, y sigo creyendo que sabe vivir.
—¿Quién lo niega?
—Un ochenta y nueve por ciento de la burguesía de esta ciudad cena espinacas rehogadas y una pescadilla que se muerde la cola.
—Es sano.
—Si tomaran las espinacas con pasas y piñones y en lugar de la pescadilla una doradita con hierbas, envuelta en papel estaño y hecha al horno, sería una cena igualmente sana, no mucho más cara y más imaginativa.
—Y lo más curioso es que hablas en serio.
—Totalmente. El sexo y la gastronomía son las cosas más serias que hay.
Tatuaje, Manuel Vázquez Montalbán
Por este increíble mercado, en una época lejana ( años sesenta)… sin turistas, en cuya entrada principal, todos los lunes, aparecían unos puestos de quita y pon, pintados de rojo, que vendían carne de toro de la corrida del domingo anterior. La de Las Arenas o la de La Monumental. Delante se formaban largas colas de compradoras…Era una de las carnes más baratas del mercado. Los rabos, eran la parte más codiciada…Bueno, no en esa época sino en una todavía más lejana, cometía sus fechorías Enriqueta Martí, la “mala dona”, llamada también “la vampira del Raval”. A río revuelto ganancia de pescadores, Enriqueta aprovechaba el bullicio para llevarse a las criaturas que luego asesinaba, segun cuenta Marc Pastor en su novela La mala dona ( La mala mujer)
Vayamos algo más al sur. La plaza Real.
“(…) Se tomó un triple de cerveza en la Plaza Real añorando una perdida tapa de calamares en salsa con pimienta y nuez moscada que había caracterizado a la cervecería más multitudinaria del recinto. Flotantes en una agüilla amarronada, momificadas patas de calamar se proponían suplir a ilustres antepasados. Lo malo de las culturas de lo fugaz es precisamente su fugacidad. Por esta cocina pasó un genio en el arte de guisar el calamar, creó la ilusión de un sabor eterno y se marchó dejando un vacío irreparable. Ni siquiera nadie en condiciones de ponerle en la pista del genio. Los camareros son pájaros de vuelo fácil y sobre todo en estos tiempos en que es camarero todo aquel capaz de ponerse una chaqueta blanca más sucia que la del día anterior, pero menos que mañana. “
Tatuaje. MVM
(…)“El Glaciar había sido un antro generacional para mí, la plaza Real misma, en una de cuyas esquinas estaba el local, me producía tal pereza que no podía ni pronunciar el nombre. Hacía cerca de diez años que no la pisaba. Tito era hombre de costumbres, tenía sus barras marcadas, en las que otras generaciones formaban ya la parroquia, pero eso a él ni le iba ni le venía, mientras no cambiaran de dueño, todos convertidos en viejos amigos, y siguiera encontrando chavalas dispuestas a acompañarlo hasta el final de la noche y más”.
Lo cuenta Cristina Fallarás en No acaba la noche
Y seguimos bajando por las Ramblas hacia el sur.
“Si descubres algo estaré en el despacho hasta la una, luego me daré una vuelta por los billares. Comeré en el Amaya.”
La soledad del manager. Manuel Vázquez Montalbán
Que bien estuvo el Amaya…(la Rambla, 20-24), aunque todavía está.
Y nos despedimos de este itinerario con un pastís …o una absenta, mientras escuchamos la voz irrepetible de Edith Piaf.
Bar Pastis ( C/ de Santa Mònica,4)
“(…) El Café venezuela, que ya cerró, largas noches de otro tiempo, el Big-Ben, que en cambio aún tiene penumbras y culos,la Iglesiade Santa Mónica, la entrada a las viejas gargantas del distrito, el Bar Pastís, rebelión hecha canciones y frases susurradas donde Josep María Espinás se negaba a ver su Cataluña meticulosamente destruida. El monumento a Colón donde hubo palomas, fotógrafos minuteros, soldados con la mirada perdida en Marruecos, estudiantes con la mirada perdida en el futuro y que un día se hicieron la última foto juntos antes de que la vida les separase. El Amaya, restaurante de olor a puerto y comensal antiguo. Las casas de mujeres dela Ramblabaja, casas respetables y empadronadas, con escudo heráldico de toalla y goma, no crea usted que la historia no merece un respeto. Las mujeres alineadas en la acera, carne de camionero nostálgico, estudiante ávido y de oficinista estrecho.”
Crónica Sentimental en rojo. Francisco González Ledesma
______________________
“(…) Salió hasta las Ramblas y tomó la dirección del Puerto. Al llegar frente a la Iglesiade Santa Mónica se salió del paseo central, cruzó la calzada derecha y se adentró por la calleja que bordeaba la izquierda de la iglesia. Penetró en el bar Pastis y pidió absenta…”
Tatuaje. M.V.V.
Y, si desean ampliar la ruta, pueden acercarse al más simpático de los restaurantes Carvalhianos: Can Lluis, de la mano de dos blogs amigos:
http://jordivalerointerrobang.blogspot.com.es/2012/04/fricando-de-can-lluis-y-vazquez.html
http://gastronomiadelamia.blogspot.com.es/2012/04/rte-can-lluis-en-la-ruta-de-pepe.html
Viva Sant Jordi! Viva los libros!!! viva la gastronomía negro criminal!
Esplendor del Paralelo
Rafael Tasis i Marca (Barcelona, 1906 – París, 1966) . Un dels pioners de la novel·la de gènere, policíaca o detectivesca, amb català. Autor d´una trilogia formada per les obres: La bíblia valenciana(1955), Es hora de plegar ( 1956) i Un crim al Paralelo (1960)
Un crim al Paralelo, situada als anys 30, protagonitzada pel periodista Caldes i el comissari Vilagut, que resolen uns misteriosos crims als baixos fons del Paralelo, entre actrius de varietats i tavernes polsoses del barri Xino de Barcelona.
(…) S’havien posat a caminar de costat i es trobaren ja al Paralelo. Josep estava exultant. Convidà la noia a fer el vermut i tingué un instant de remordiment per la seva follia. Era ben bé llençar una pesseta! Bah, què hi farem! Un dia és un dia. Van triar una taula del primer rengle a la terrassa de l’Espanyol i es van asseure entre centenars de consumidors.
A llur entorn, regnava el brogit habitual del Paralelo. Les taules eren plenes de gent que conversava i reia. Enfront brillaven les bombetes que dibuixaven les entrades dels music-halls i els rètols dels teatres. Més avall, s’alçaven les tres xemeneies de la fàbrica d’electricitat i hom endevinava el port. Algun toc de sirena arribava a penetrar.”
Decadencia del Paralelo
Fragmento de la novela de Francisco González Ledesma (1927),
El pecado o algo parecido, 2002
Una novela cuyos personajes, en lugar de cultivar la virtud, cultivan el pecado. Comparten protagonismo un banquero que presume de su cinismo, y Méndez, el policía que no cree absolutamente en nada, más que en algunas personas..
“(…) Buscó refugio en las mesas del viejo café Chicago, lugar de empleadillos y de copas pagadas a principio de mes, pero el café Chicago no existía, en su lugar perduraba una caja de ahorros donde en lugar de servirte un anís Machaquito te servían una libreta al dos por ciento.
Pocas mesas quedaban ya en el Paralelo, donde antaño pudieron sentarse todos los culos de Europa. Sólo una sillita aquí, una mesita allá. Méndez halló acomodo -que no paz- en los restos de una cervecería cuyas jarras, no demasiado limpias, conservaron durante años las marcas de un pintalabios de vedette y ahora conservaban con amor las babas de un jubilado. El Paralelo se estaba muriendo a trozos, a palmos cuadrados, a horas…”
Willy Uribe conversando con la librera en la cocina de Negra y Criminal, durante la presentación de Sé que mi padre decía, publicado por Los Libros del Lince.
Sé que mi padre decía, de Willy Uribe, es una buena novela negra. Uno de nuestros libros imprescindibles. De aquellos que siempre deben estar en Negra y Criminal. De aquellos que nos siguen acompañando cuando ya hace mucho que dejan de ser novedad. De aquellos que difícilmente se encuentran en las librerías convencionales, aquellas que tienen pura novedad.
El caso es que hace tiempo que notábamos su ausencia. Ha faltado mucho tiempo de nuestras estanterías.
Acabamos de recuperarlo. Los libros del lince, lo ha recuperado para aquellos lectores que no lo leyeron en su día. La acción transcurre en Bilbao y en algunos pueblos de su entorno.
(…) Cuando me dirigí hacia la parada del autobús comenzó a llover con fuerza. El mar, doscientos metros a mi espalda, conseguía introducir entre el aguacero sus golpes de salitre. Aún quedaba media hora para la llegada del autobús y entré en el bar que quedaba junto a la parada. Poca luz, mesas para el mus y el tute, carteles del Athletic, viejas redes cargando polvo colgadas de las paredes y al fondo, tras una barra desierta, el camarero. Le pedí un cortado pero me contestó que la cafetera aún no estaba caliente. Era lunes y el reloj marcaba las once y diez de la mañana. Armintza era un pueblo para fin de semana con tiempo bonito, sol alegre y una pandilla de gaviotas sobre el rompeolas coronando la postal. El resto de la semana, nada. El mejor lugar que podía haber elegido, un agujero a desmano para ganar o perder la partida.
Pedí permiso para ojear el periódico y dejar pasar unos minutos. La fotografía de una manifestación ocupaba media portada; Bilbao, miles de personas y tras ellas la silueta del Sagrado Corazón. En las fotos no se ven los gritos, al fin y al cabo aire, pero sí las bocas abiertas, los gestos, las miradas lanzadas hacia delante. Levanté mis ojos del periódico y se encontraron con los del camarero.
_ Más de medio millón de personas_ dijo_. Espero que esta vez les haya quedado claro a los de Madrid lo que queremos. ¿ O vamos a tener que sacar al perro a pasear otra vez?
En una de las columnas del bar había un rincón con algunos anuncios fotocopiados. Nathanael se ofrecía para reparaciones domésticas y jardinería. Lucía cuidaría niños durante todo el día. Eloísa, enfermera titulada, decía ser especialista en guardias nocturnas. Jon vendía una guitarra. Todos los anuncios se prolongaban en flecos de papel con un número de teléfono. Arranqué el de Eloísa y, cuando ya regresaba hacia la parada del bus, volviendo sobre mis pasos, arranqué también el de Jon.”
(…) Se dejó tentar por un cafetín demasiado minúsculo como para atraer al gentío, con su obsoleto encanto, su barra imitando las de entonces, sus estucos estilo Imperio, sus cromolitografías Belle Époque, sus ofrendas a Baco, sus sillas de enea, su reluciente embaldosados, sus lagartos disecados. Un vestigio de tiempos pretéritos que logró sobrevivir a las medidas de descolonización. Sus coquetas galas contrastan con la actual leonera nacional impuesta a decretazo limpio a instancias del FMI; de peor en peor. Es algo que conforta el ánimo, pues para hacerlo tan mal era preciso estar determinado a liarla sabiendo cómo escapar de la dicotomía del azar; no se le puede negar su migaja de talento. En aquel ambiente, su fino oído detectó entre el rumor de las piedras una cacofonía de acentos “pieds noirs”; ni el silbido de la vieja cafetera que ha filtrado el café como para resucitar un cementerio, ni el gimoteo de la vieja vendedora de helados cuyas curvas seguían incitando al magreo, tenían nada de árabe ni de contemporáneo; para pasar de la nostalgia a la tradición sólo faltaba el pastís y el paté de caracoles preparado por algún exrecluso de Cayena. Ante la mirada soñolienta del cafetero, cuatro viejos desaliñados y vocingleros jugaban a las cartas sorbiendo un té verde que olía como en Egipto.
(…) No se movió de allí en dos horas; hizo amistad con los cuatro supercampeones del envite, que precisamente necesitaban un quinto compinche para seguir desbarajustando la baraja. se dejó enredar para olvidar un poco la guerra y su desazón, la picota en que lo iba a poner su comisario, su investigación sobre aparecidos de tiempos remotos, las hecatómbes corrientes, su miedo al porvenir. Se sentía feliz, revigorizado, hasta con ganas de jubilarse para apuntarse a la activa pereza de la vida pasiva.
El cafetín se llama El Rincón de los Amigos;¿acaso quedan?. Se prometió hacerse socio. Pronto, de aquí a poco, cuando toque retirarse.
Boualem Sansal, El juramento de los bárbaros
(…) P. Con sus películas, un espectador puede aprender cómo es España.
R. Lo intento. Yo vivo a ras de calle, me muevo en el centro de Madrid, oigo a la gente… Hay diálogos de mis películas que están sacados de lo que escucho cuando desayuno en un bar, nunca se me hubiera ocurrido esa frase. Ahí está la base de todos los personajes. Conocer a la gente es una materia prima fundamental para mi cine.
Todo el artículo:
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/20/actualidad/1329770182_161465.html
No lo leí cuando en su día se editó en La Cua de Palla, L’ últim petó autèntic. Agradezco que este pasado 2011 se editara nuevamente El último buen beso y pudiera disfrutar del placer de la lectura de este James Crumley en estado puro. Yo, y muchos otros lectores.
(…) El deteriorado edificio de madera se ubicaba a unos cincuenta metros de la carretera de Petaluma, y el Cadillac descapotable rojo de Trahearne estaba aparcado delante. En la época en que la vieja autovía era todavía nueva, y antes de que fuera reconstruida según criterios más eficientes, el garito de cerveza había sido una gasolinera. El espectro desdibujado de un caballo volador rojo presidía aún los erosionados listones de las paredes del establecimiento. Un pequeño grupo de coches abandonados, que iban desde un Henry J carmesí hasta un Dodge Charger negro, casi nuevo pero terriblemente estropeado, yacían prisioneros en la empolvada extensión de maleza y hierbajos; las cuencas vacías de sus faros delanteros soñaban con Pegaso y con una huida sobre el asfalto. El local ni siquiera tenía nombre, tan sólo un letrero poco legible que ofrecía una lánguida promesa de CERVEZA balanceándose en el inclinado porche. Los viejos surtidores con el depósito de vidrio desaparecieron tiempo atrás _transportados probablemente a Sausalito para abrir una tienda de antigüedades_, aunque los herrumbrosos pernos de la base seguían proyectándose en el cemento cual huesos de dedos humanos en una tumba poco profunda.
Aparqué al lado del Caddy de Trehearne, salí del vehículo para desembarazarme de los kilómetros que entumecían mis piernas, y luego me alejé del sol primaveral para penetrar en la sombra polvorienta del tugurio, golpeando suavemente con los tacones de las botas los combados tablones del suelo y exhalando un suspiro en el aire ensombrecido. Aquél era el sitio, el bar al que hubiera acudido yo mismo en una de mis orgías ambulantes,sí, habría entrado y me habría incrustado como una canica en una grieta, era el lugar perfecto, un refugio para californianos adictos a la oxicodona y tejanos en el exilio, un hogar para campesinos recién desposeídos de sus tierras, con los ojos tan vacíos de esperanza que reflejan las tórridas y ventosas llanuras, los áridos, casi bíblicos tramos de horizonte interrumpidos solamente por la armazón de una mecedora huérfana, y más lejos, nublados por la ira, los contornos de naranjales y astiles de hacha. Éste hubiera podido ser fácilmente mi rincón, un hogar en el que cualquier hombre podía ahogar el hastío en alcohol, arrepentirse de pasadas violencias y ser perdonado por el módico precio de una cerveza.
(…) El Hideaway estaba junto al centro juvenil, encajonado en un estrecho edificio con una fachada de ladrillos que se caían a trozos y un letrero de cerveza Pabst Blue Ribbon en el cristal. Me detuve un instante en la agrietada acera para contemplar aquella construcción familiar. Era el primer lugar donde me sirvieron una cerveza. Tenía entonces catorce años, algo que el camarero sabía de sobra, y antes de bebérmela brindé por Ed haciendo chocar los golletes de las botellas. Eran Budweiser, claro. Es lo que quieres beber a los catorce años; por alguna razón la llamarán la reina de las cervezas ¿no? Allí pasé muchas horas de mi juventud y recordaba el interior del bar tan bien como mi propia casa. En el piso de arriba había un almacén y un desván, pero esa noche no se veía luz a través de las ventanas. Fuera cual fuese el negocio contiguo, habían cerrado, y el local estaba vacío. Subí los escalones y entré en el bar.
El local, con los estrechos reservados a lo largo de las paredes y el humo de los cigarrillos flotando en el aire, parecía largo y angosto. Al fondo, junto al teléfono, había una maquina de discos averiada. Aquello era el comedor, pero, aunque recordaba algunos reservados como la residencia permanente de ciertos juerguistas locales, no tenía memoria de que la gente comiera mucho allí. La hamburguesa con queso del Hideaway estaba considerada como de alto riesgo y su solomillo de ternera solo era apto para insensatos o suicidas. no obstante, sabían servirte una buena Bud, una PBR o llenarte de Jack Daniel’s el vaso, que era lo que la mayoría de los clientes les hacía falta.
La barra estaba situada a la izquierda de la entrada, una larga tabla de roble y una fila de taburetes con asientos de cuero, una barra como es debido. Detrás había una inmensa estantería llena de botellas colocadas ante un largo espejo, y al fondo, un par de mesas de billar. En ese momento estaban jugando en las dos, y solo había unos cuantos taburetes ocupados. El barman era un chico blanco con una camiseta sin mangas y un gorro de lana. En pleno verano con un gorro de lana. Un tipo duro”.
Michael Koryta, El lamento de las sirenas / roja y negra ( traducción Sergio Lledó)
Michael Koryta ha sido uno de mis últimos descubrimientos dentro de la magnífica colección dirigida por Rodrigo Fresán. Una autor actual con todo el aroma y la densidad de un clásico.
Carlos Zanón nos sorprendió con Tarde, mal y nunca. Ahora, se demuestra imprescindible en No llames a casa. Palabra de librera.
(Compren la primera edición de la novela de Carlos Zanón, tendrán como valor añadido, la que seguro será la peor portada de novela negra de este 2012. Confiamos que la segunda edición tendrá otra).
(…)Son las dos de la mañana. Hace calor fuera pero también dentro de aquel bar. En una de las mesas, están sentados Bruno y Raquel. Es un local recurrente para ellos, en el barrio, cuando no quieren parar en la Bodega Mauri de Mireia. Barato y funcional, como otros cientos en la ciudad, parada entre sitio y sitio. Tiene un nombre del que nadie se acuerda, a pesar de figurar en el rótulo de la entrada. Nadie lo recuerda porque todo el mundo lo conoce por el bar de Joan. Joan es Wang, un chino de Manchuria. Nadie lo llamaba nunca por su nombre hasta que se le asimiló al más parecido del acerbo indígena. AWang no pareció importarle. Regenta el bar junto con su mujer, a quien se le llama Joana, y tienen una niña de nombre Paula, pero a la que todos llaman Juanita. Nada de esto molesta a Wang mientras consumas, pagues y no armes jaleo a la hora de irte.
Este obra de Montse Clavé está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported
Esperamos con ansia lectora la que será la última entrega de una novela de Domingo Villar con Leo Caldas de protagonista. Tiene el título provisional de Cruces de piedra. Domingo Villar maduró como escritor en su segunda novela La playa de los ahogados (A praia dos afogados), pero fue en su primera novela, Ojos de agua , la que nos dio a conocer a Leo Caldas, un policía que compagina su trabajo en comisaría con un consultorio radiofónico en el programa titulado “Patrulla en las ondas”. En la novela, el inspector Caldas, lleva a cabo una investigación que le hará recorrer las calles, bares y tabernas de Vigo. Especialmente los bares y tabernas. A Leo Caldas le gusta comer y le gusta beber. A nosotros, los libreros, también. Por ese motivo, un día seguimos su pista por las calles de Vigo.
“(…) Con caligrafía infantil, unas letras de forja de hierro clavadas en la piedra formaban una palabra: Eligio.
Leo Caldas empujó la puerta.
Desde que varias décadas atrás Eligio se hiciera cargo del establecimiento, sus paredes rústicas venían siendo refugio de lo más excelso de la ciudad. La redacción del diario Pueblo Gallego, a pocos metros, había atestado la taberna de periodistas atraídos por el buen vino de la casa. Poco a poco, se habían acercado a la estufa de hierro del local juristas, intelectuales, políticos, poetas y pintores.
Desde su rincón, Lugrís había dibujado medusas, caballitos de mar y barcos sumergidos en el mármol de la mesa.”
“(…) Junto a los barriles de roble apilados en el suelo irregular, habían conversado Álvaro Cunqueiro, Castroviejo, Blanco Amor y otros hombres insignes.”
“Con Eligio en el cielo, la taberna había pasado dignamente a mano de Carlos sin perder el espíritu antiguo de su suegro ni el ambiente ilustrado que con él había adquirido.”
“Cuando el inspector Leo Caldas salió de Eligio pasaban de las nueve y media de la tarde. El sol ya se había puesto, pero el día todavía conservaba luz.
Eligio no sólo era una especie protegida por el aroma a piedra, madera y sabiduría. Su secreto mejor guardado no estaba a la vista , sino en la pequeña cocina apartada de los ojos del visitante, en la que preparaba el pulpo más tierno de la ciudad. Leo caldas había cenado en la barra, charlando con Carlos, mientras los catedráticos debatían en la mesa contigua.”
“(…) Caldas atravesó la calle Príncipe, cruzó la Puerta del Sol y pasó bajo un arco que en otro tiempo había sido una de las puertas de la ciudad vieja.
Descendió por el empedrado dejando a la derecha la biblioteca universitaria y la casa episcopal. Tomó la calleja que llevaba a la concatedral, en dirección opuesta al templo, y bajó por la calle Gamboa. En el número 5 estaba el Grial.
Desde fuera podría haber pasado por una taberna inglesa, con listones de madera oscura enmarcando la pequeña fachada blanca….
( Ahora, el cartel del Grial esta por reponer después que una tormenta lo mandó a volar y rescató de debajo el que había tenido anteriormente, el de una pequeña y cálida librería. )
José, quién regentó la librería, ahora se ocupa de dar de beber al sediento. Tío orgulloso del sobrino escritor, Domingo Villar, cuida nuestros vasos y nos enseña las traducciones de los libros de su sobrino, que guarda como un tesoro. Como aquel de la isla de Robert Louis Stevenson.
Mañana, la receta de los chipirones Leo Caldas
Este obra de Montse Clavé está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported
“(…) El Desperate Measure era la clase de bar donde la mayoría de la gente no pondría la vista, y mucho menos los pies.
El letrero iluminado que daba a la calle, un trébol verde apenas se distinguía del sucísimo fondo blanco, y las ventanas estaban hechas de pequeños cristales biselados de colores azul y naranja. Era un local adonde los hombres iban a beber y pensar en las palizas que darían a otros hombres, y adonde las mujeres iban también a beber y pensar en las palizas que deseaban dar a algún hombre. La puerta tenía encastrado un pequeño recuadro de vidrio, protegido con barrotes como la torre de homenaje de un castillo, supuestamente para que quienes se hallaban dentro controlaran a todo aquel que solicitara acceso una vez cerrada la puerta. No estaba claro por qué tenían esa necesidad de control: fuera no podía haber nadie más amenazador que la clase de gente que ya se encontraba dentro.
Pese a que aún no eran ni las cuatro de la tarde, la mitad de los taburetes de la barra ya estaban ocupados. Los clientes eran en su mayoría hombres entre cuarenta y sesenta años, sentados solos o de dos en dos. Nadie conversaba. Había un televisor fijado a la pared en un extremo de la barra, resguardado para más seguridad tras un par de barrotes de acero que tapaban parcialmente la pantalla. Estaba sintonizado en un canal de noticias, pero tenía el volumen a cero. Daba la impresión de que en el Desperate Measure la clientela había oído ya todas las malas noticias que quería oír en su vida.”
El Desperate Measure/John Connolly, Más allá del espejo, 2011
Este obra de Montse Clavé está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported
Un día volveré es para mi la gran novela negra de la Barcelona de los años cincuenta. La Barcelona de unos personajes que tenían la guerra civil todavía adherida a la piel. La piel de los perdedores.
Jan Julivert Mon, el protagonista de la novela de Marsé, es un viejo militante de la guerrilla urbana de la postguerra, ex boxeador y atracador de bancos, que vuelve a su casa después de cumplir una larga condena en las cárceles franquistas. Allí han esperado su regreso una cuñada, y un sobrino que alienta anhelos revanchistas contra las malas lenguas e insolidaridad del vecindario. Desea de su tio un ajuste de cuentas con la vida.
“(…) Jan Julivert recorrió las estanterías con la mirada y se detuvo en una vieja fotografía de calendario donde se veía al equipo del Europa F.C., temporada 1946-1947. Se bebió la copa de vermut de una tirada, pidió otra y entonces, por vez primera, le vimos hacer un gesto que se acordaba vagamente a nuestros sueños: llevó su mano izquierda, moviéndola como si estuviera yerta, pero con cierta rapidez, hacia el bolsillo trasero del pantalón, apartando los faldones de la gabardina, para tantear algo con la punta de los dedos, comprobar que aquello, lo que fuese -la cartera probablemente, tal vez un pañuelo, pero no pudimos evitar el pensar otra cosa- seguía estando allí”.
Un día volveré Plaza & Janés 1982
Esta vez no hay receta. Vayan a un bar con mesas de mármol y antiguos calendarios, si todavía lo encuentran, y pídanse un vermut negro con anchoas.
Este obra de Montse Clavé está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported