Archivos para junio 2012

Aquello a lo que un hombre renuncia voluntariamente ya no le puede ser arrebatado. Charles Willeford

Miami Blues de Charles Willeford

“ (…) No es justo.

_Usas mucho esa palabra.

_¿Qué palabra?

_”Justo”. Y ya tienes veinte años.

_Dentro de un mes.

_Será mejor que te olvides de si las cosas son justas o injustas. Incluso cuando la gente dice que va con el tiempo justo, esa palabra no significa nada.

_De modo que lo justo no existe.

_No, no existe. Santa inocencia…”

No suelo hacer mucho caso a las frases elogiosos que los editores ponen en los libros, “encargadas” a autores, que probablemente, editan sus libros en el mismo sello editorial.

 “Nadie ha escrito una novela negra mejor.” Elmore Leonard

Creo que algunos autores han escrito mejores novelas,  pero Charles Willeford ha sido para mi un verdadero descubrimiento.

Después de Miami Blues espero que se editen los otros tres títulos protagonizados por  el policía Hoke Moseley, detective de homicidios de  Florida.

Willeford fue coetáneo de Jim Thompson y David Goodis, y se nota.

Tanto personajes, diálogos, la ironía y el humor de esta novela, nos hacen pensar,  que dificilmente Quentin Tarantino hubiese hecho una película como Pulp Fiction si no hubiese leído a Willeford.

Con una economía narrativa y de recursos literarios, y un ritmo magistral, Charles Willeford nos pasea por el asfalto recalentado de Miami, arrinconando la investigación policial cuando le viene en gana, para que  los protagonistas nos hablen de sus estados emocionales o de las tareas de la vida cotidiana en común mientras cocinan y comen  toda clase de platos dietéticamente delirantes.

sinopsis de Miami Blues

“ Frederick J. Frenger Jr., un simpático y peligroso psicópata que acaba de salir de una prisión de California, aterriza en el aeropuerto de Miami dispuesto a pasárselo bien en la soleada Florida. Desde su llegada, va dejando tras de sí el rastro de sus salvajes ganas de «diversión». Todo cambiará, sin embargo, cuando su camino se cruce con el del sargento de homicidios Hoke Moseley, un policía de mediana edad con una vida personal desastrosa y un aspecto físico deplorable, pero implacable en su trabajo. Puede que su dentadura postiza o su triste vida de divorciado hagan pensar lo contrario, pero jamás ceja en su empeño cuando se propone hallar y capturar a una presa. Sobre todo si ésta le ha robado la pistola, la placa y la dentadura.”

Algunas de los muchos fragmentos gastronómicos del libro.

“(…) La camarera les trajo las ensaladas Circe: grandes hojas de lechuga, gajos de naranja, judías y brotes de trigo, coco rallado, yogur de vainilla y un relleno de caña de azúcar, empapado todo en ginseng. La ensalada venía en un cuenco de porcelana en forma de concha de almeja gigante.

_Nunca había comido en un restaurante de comida sana.

_ Yo tampoco, al menos no hasta que llegué a Miami. No tienes que comértelo si no te gusta.

_No me gusta la raíz de ginseng. ¿Es que aquí se lo ponen a todo?

_ Más o menos. Se supone que te hace sentir sexy, pero lo cierto es que le echan ginseng porque no sirven carne. Esa es la razón, creo yo.

_ Prefiero la carne. Esto sería comestible de no ser por el ginseng.”

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“(…) ¿Qué es lo que huele tan bien?

_Es la cena. Voy a servir chuletas de cerdo rellenas. Las cocino con cebollas y setas, y las cubro con salsa marrón. Además, de guarnición tenemos patatas horneadas y guisantes, y ensalada de cebolla, tomate y pepino. ¿ Crees que debería hacer panecillos calientes?

_ ¿ A Junior le van los panecillos?

_ Realmente no lo sé. Tengo pan de molde, pero creo que voy a poner panecillos recién hechos. A los hombres os gustan.

_¿ Te gustaría quedarte a cenar?”

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“(…) Entró de nuevo en el centro comercial y pidió una patata rellena en el One Potato, Two, en concreto la IdahoMéxico, que se sirve con mantequilla, chili con carne, queso blanco y chips de tortilla. El chili picaba bastante, y se bebió un Tab con mucho hielo.

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“(…) Freddy sugirió que tomaran un desayuno tardío.

_ ¿ Has comido alguna vez en Manny’s?_ dijo la señora Freeman_.Tienen una tortilla de cangrejo y te dan una cesta de panecillos calientes con mantequilla y miel. Y es el único lugar en Miami Beach donde te rellenan la taza gratis.

_ Suena bien._ Freddy asintió con la cabeza_. Yo solía tomar tortilla de cangrejo hace mucho tiempo en la zona del muelle, cuando vivía en San Francisco.

Manny´s estaba escondido entre un spa kosher de cuatro pisos y un almacén cerrado de dos pisos con todas las ventanas condenadas. Freeman aparcó el coche en el aparcamiento del almacén, ahora lleno de maleza, y se fueron a Manny?s. El olor a pescado en el interior era fuerte. Freeman pidió una tortilla de cangrejo, pero Freddy negó con la cabeza.

_ He cambiado de opinión. Hazme una tortilla Denver.

_¿Qué es eso?- le preguntó el camarero paquistaní.

_ Huevos revueltos con jamón picado, pimiento verde y cebolla.

_Lo que que él quiere_ dijo Freeman_es una tortilla occidental.

_ Eso sí que lo tenemos_dijo el camarero, y se fue a la cocina.

En California la llamamos una tortilla Denver.

_Así que eres de California,¿eh?.”

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“(…) Susan se adaptó muy rápido a la rutina doméstica. Ella le cocinaba el desayuno, sorprendiéndolo con waffles belgas de nueces, huevos revueltos y tostadas francesas hechas con pan de masa fermentada. Después de llevarlo al Omni limpiaba la casa y planeaba la cena. Un día compró pez gato para hacérselo frito con patatas panadera, que sirvión con carne frita y hojas de berza. A Freddy no le gustó el pez gato porque tenía espinas, pero disfrutaba de aquellas comidas preparadas. Ella siempre terminaba las cenas con  grandes postres: tartas y pasteles de manzana Granny Smith, coronados con mantequilla burbujeante, azúcar moreno y canela. Una noche, le hizo pechuga de pavo al horno y la sirvió con su guarnición, incluyendo un pastel de carne cien por cien casero.”

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“(…) Aquella noche, mientras comían espárragos, Freddy le explicó a Susan lo que iban a ser sus deberes. Freddy nunca había comido espárragos antes, ni había probado salsa holandesa, pero le gustó mucho, sobre todo con aquel jamón al horno y esas patatas gratinadas…”

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“(…)_ Supongamos que nos siguen. Dime, ¿ por qué alguien querría seguirnos?

_ No te preocupes por eso. Si nos siguen yo me encargaré del asunto, pero no sucederá. Cuando preguntas por qué, estás haciendo una pregunta que no va a ningún sitio.

_ Lo siento.

_¿ Qué hay de postre?

_ Pastel de boniato.

_ Nunca lo he probado.

_ Sabe como la tarta de calabaza. Si no te lo digo, probablemente pensarías que se trata de tarta de calabaza, pero es de boniato y es mejor.

_ Voy a probarlo. Me gusta la tarta de calabaza.

_ ¿ Lo quieres con nata montada?

_ Por supuesto.”

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(…) _ ¿ Cuáles eran las buenas cualidades de Junior?_ le preguntó Sánchez.

Susan  frunció el ceño y se pasó la lengua por los labios.

_ Bueno, nunca me faltó nada y le gustaba todo lo que cocinaba para él…”

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Charles Willeford es un autor que me hubiese gustado entrevistar para este blog gastronómico criminal. Un autor que, como verán, es capaz de acabar el libro con una receta.

Y aquí sigue el capítulo final de Miami Blues

La siguiente noticia fue publicada en el Okeechobee BiWeekly News.

PASTEL DE VINAGRE GANADOR

Ocala_ La señora de Frank Mansfield, de soltera Susan Waggoner, de Okeechobee, ganó ayer el concurso tricondados de pasteles de Ocala con su receta de pastel de vinagre. La receta siguiente

Para cuatro personas

1 taza de pasa sin semillas, picadas

¼ de taza de mantequilla diluida

2 tazas de azúcar ( granulado)

Media cucharadita de canela

¼ de cucharadita de clavo

Media cucharadita de pimienta de Jamaica

4 huevos grandes, con las claras separadas

3 cucharadas de vinagre de 5%

1 pizca de sal

Batir la mantequilla y el azúcar. Añadir las especias y mezclar bien. Batir las yemas con las varillas hasta que estén suaves y cremosas. Añadir las pasas picadas y revolver con una cuchara de madera. Batir las claras con una pizca de sal hasta que estén suaves, luego echarlas a la mezcla del azúcar. Cortar la masa y doblarla, con suavidad pero también con firmeza. Verterla en un molde de horno. Hornear durante quince minutos con el horno precalentado a 250 ºC. Bajar la temperatura a 150ºC y cocer durante veinte minutos más o menos, o hasta que la superficie se dore bien y el centro esté gelatinoso. Enfriar sobre una rejilla durante dos o tres horas antes de cortar.

Cuando la señora  Mansfiel recibió el premio (cincuenta dólares en bonos del Tesoro) de manos de los jueces dijo: “ Nunca he conocido a un hombre al que no volviese loco mi pastelito”

Montalbano y los salmonetes

Una de las ventajas de ser libreros es que, algunas veces y por gentileza de algunas editoriales, podemos leer los libros antes de que lleguen a las mesas de la librería, a ocupar, por un tiempo, un espacio privilegiado. Su espacio.

En realidad lo que nos llega para leer no son propiamente libros. Son más bien bocetos de libro, o pruebas de imprenta, al que todavía faltan algunas correcciones. No sé si estos pre-textos, son como explican los editores, material para que críticos y periodistas puedan preparar sus artículos con tiempo suficiente para que el libro, en su salida oficial, se encuentre ya arropado por la crítica, o bien los hacen,  para que no caigamos libreros, periodistas, blogeros, y críticos, miserables oficios, en la tentación de vender los libros que nos llegaran con solapas y cubiertas, a lectores ávidos, para sacar para llegar a final de mes.

La verdad es que yo, no suelo leer en este formato prenatal. No tienen todavía portada, y el papel del que están hechos no huele a libro. Huele a apuntes de clase. Un horror.

Pero esta vez he hecho una excepción. Se trataba,  del ahora recién nacido, Camilleri-Montalbano:

La edad de la duda (L’ edat del dubte)

casa que se supone la de Montalbano en la serie televisiva

Pobre Montalbano. Se nos esta haciendo mayor. Bordeando ya los sesenta, Salvo Montalbano sufre de mal de amores. Por suerte, mientras todo sucede, y suceden muchas cosas, uno de nuestros queridos personajes, el comisario siciliano no pierde el apetito.

No logro saber, si la  continua referencia a la comida en esta novela es algo que concierne al comisario, o al autor. Camilleri también se nos ha hecho mayor.

Andrea Camilleri creó a su personaje cuando ya tenía la edad en la que los médicos empiezan a prohibirle a uno muchos platos gozosos. Seguramente fue esta la causa por la que transfirió a su alter ego, a Montalbano, sus ansias y frustraciones gastronómicas. Desde el principio, Andrea Camilleri, hizo comer a su personaje los platos que a él le gustaría comer y ya no podía.

Me imagino ahora al entrañable viejo autor salivando mientras escribe.

No sé si otros seguidores de la obra del autor siciliano se han dado cuenta de la pasión que siente Montalbano-Camilleri por los salmonetes. Estos pequeños pececitos rojos tan mediterráneos.

En La edad de la duda los come todo el tiempo, en diversas versiones.

“(…) En la trattoria encontró consuelo: el pescado había vuelto al menú de Enzo y, para resarcirse de la abstinencia forzosa del día anterior, se dio un atracón. Pidió una fritura de salmonetes y calamares que habría quitado el hambre a media comisaría.”

  “(…) Montalbano fue a la cocina y abrió el horno. En una fuente había cuatro enormes salmonetes hechos con una salsa especial inventada por Adelina. Encendió el horno con el grill para que se calentara bien.”

“(…) Iba a tener que comer forzosamente en casa, y por eso quería ver qué le había preparado Adelina. Abrió el horno. Un auténtico hallazgo: pasta ‘ncasciata, con ese toque especial que le daba al plato terminar la cocción en el horno, y salmonetes a la Livornesa.”

A mí, como a Montalbano, nos gustan los salmonetes fritos.

Pero a Camilleri y a mi, nos sentarían mejor a la Livornesa. Cuestión de edad.

SALMONETES A LA LIVORNESA

500 g de salmonetes de tamaño mediano

1 diente de ajo, picado

unas ramitas de perejil

2 cucharadas de aceite de oliva extra virgen

300 g de tomates en trocitos pequeños

sal

pimienta

Limpiar el pescado, eliminando las vísceras, y desescamar pasando el cuchillo sobre los salmonetes, de la cola a la cabeza. Enjuagar con agua fría.

Lavar el perejil, seleccionar las hojas y eliminar las ramas. Picar y reservar.

Picar, el diente de ajo.

En una cazuela plana o sartén grande, agregar el aceite y el ajo picado, poner al fuego.

Freír a fuego lento hasta que el ajo esté dorado. Retirar del fuego unos segundos y agregar los tomates picados. Mezclar, añadir una pizca de sal y cocinar a fuego lento, durante unos 5 minutos.

Incorporar los salmonetes y cocinar unos 3 o 4 minutos de cada lado, dándoles la vuelta delicadamente para que no se rompan. Al final, unir el conjunto con un fino hilo de aceite crudo (1 cucharadita)  espolvorear, por encima, el perejil y la pimienta.

Se puede servir de inmediato, pero el plato mejora y cobra fuerza dejándolo reposar una media hora a temperatura ambiente, o todo un día en el refrigerador. Como hace Adelina.

Un pequeño y magistral bombón envenenado

«Si uno sabe qué añadir y qué quitar, se puede demostrar cualquier cosa de manera convincente».

Anthony Berkeley

El caso de los bombones envenenados y otras cosas.

Casi todos los ecritores miembros del  «Detection Club » fueron adictos a envenenar a sus víctimas literarias: Agatha Christie, Dorothy L.Sayers, G.K.Chesterton, Anthony Berkeley…

“(…) No todo el mundo podía participar en las fascinantes cenas del Círculo del Crimen. Para ser miembro de este club no bastaba con profesar adoración por el asesinato; él o ella tenían que demostrar que eran dignos de llevar con honor sus espuelas criminológicas.

No solo tenían que exhibir un gran interés por todas las ramas de la ciencia relacionadas con la investigación, como por ejemplo la psicología criminal, y conocer al dedillo todos los casos incluyendo los más insignificantes, sino que también debían poseer habilidad constructiva: el candidato debía tener cerebro y saber utilizarlo.”

Anthony Berkeley, El caso de los bombones envenenados

El caso de los bombones envenenados, la novela de Anthony Berkeley, es un juego, una especie de inteligente burla sobre, y para, sus compañeros escritores del «Detention Club», la asociación que dirigía  Chesterton, pero que en la novela dirige el personaje de Berkeley , el escritor Roger Sheringham.

El «Detention Club», o Círculo del Crimen, tenía unas rígidas normas que debían acatar todos sus miembros cuando escribían una novela criminal.

1) La solución de los misterios o enigmas debe ser necesaria para resolver el conflicto central.

2) El detective debe usar su ingenio y su habilidad para resolver el enigma en un contexto concordante con la historia.

3) La solución del problema debe ser sólo encubierta por el escritor.

4) Circunstancias improbables o inusuales, super-criminales, venenos desconocidos, entradas o pasadizos secretos, coincidencias y casualidades afortunadas no deben ser usadas en la novela policial clásica.

5) Finalmente, la justicia debe ir de la mano del detective y debe aplicarse al final de la historia sobre el verdadero criminal.

Personalmente creo, que este famoso Club lo crearon para tener una excusa para beber whisky y llegar tarde a casa. Pero, de la concupiscencia litería criminal salieron novelas corales, escritas a varias manos, tan divertidas como El almirante flotante (1932), que se intuyen escritas entre efluvios alcohólicos, mucha complicidad y risas.

Anthony Berkeley, creó a su curioso personaje Roger Sheringham, para contraponerlo al tan de moda en aquellos años (1925), el misógino, engominado y acartonado, detective  Philo Vance, protagonista de las novelas de S. S. Van Dine.

“(…) La señora Bendix le había advertido de que ese día no iría a comer, pero su cita se había cancelado y ella también almorzó en casa. Bendix le dio la caja de bombones en la sobremesa, mientras tomaban café en el salón, y le contó cómo habían llegado a su poder. La señora Bendix se burló de su tacañería por no haberle comprado él mismo una caja, pero aceptó el pago de la apuesta y demostró curiosidad por probar la nueva variedad de la fábrica. Joan Bendix no era tan seria para carecer de un saludable interés femenino por los buenos bombones.

No obstante, su aspecto no le impresionó demasiado.

_Kümmel, kirsch, marrasqino…

…y veneno.!

“(…) El informe detallado del análisis reveló asimismo que el recubrimiento de cada uno de los bombones contenía, además de la mezcla de los tres licores, exactamente seis dosis de nitrobenceno, ni más ni menos.”

Según leemos en el libro Los venenos en la novela policíaca, de Alfonso Velasco Martín, “(…) El nitrobenceno es un hidrocarburo aromático empleado ampliamente como disolvente en la industria….La intoxicación aguda se produce habitualmente por la inhalación de sus vapores y se caracteriza por una depresión no selectiva del Sistema Nervioso Central semejante a la intoxicación etílica aguda. El benceno fue el tóxico empleado por el asesino de la novela “Un Sherlock Holmes con faldas” del norteamericano Struart Palmer.”

Nota mía: en la próxima edición del libro, señor Alfonso, recuerde añadir la novela de Anthony Berkeley.

El caso de los bombones envenenados es, lo que al parecer hay que llamar, un clásico de la novela policial. Una novela que a bien seguro saldría en los exámenes si existiera una cátedra de novela negrocriminal.

Pregunta:

“Citen y desarrollen un ejemplo de novela “procedural” clásica.”

 

Respuesta:

“Los bombones envenenados de Anthony Berkeley.

 

En ella se plantea, de manera original, la retórica del género: « ¿quién lo hizo?».

Lo que hace única esta narración, y la intriga correspondiente,  es el admirable procedimiento del autor.

Se comete un crimen ante el que Scotland Yard se siente impotente y un grupo de aficionados, un Círculo del Crimen, se reúne  para encontrar la solución al enigma.

Se darán tantas soluciones como componentes hay del grupo y lo extraordinario es que todas ellas explican el enigma, mas sólo una es la verdadera. Pero al final, no se produce la acostumbrada reunión en la que el agudo detective explica al fin el misterio a sus atónitos oyentes (Hércules Poirot) ya que los oyentes no son simples personajes sino auténticos detectives aficionados, y será el lector quien tendrá que deducir igual que ellos quién es el asesino.

Nota:

notable alto

Berkeley no pretendía escribir “un clásico de la novela policial”, escribió un inteligente juego literario. Un pequeño y magistral bombón envenenado.

Bares de novela negra: La cafetería Victoria, de Víctor del Árbol

“Sin prisas, María rompió en pedazos diminutos aquella fotografía de la que no se había separado en los últimos meses…”

(…) En la cafetería Víctoria hacían unas empanadillas buenísimas para desayunar. Estaba ya bastante llena pese a la hora temprana. La clientela era todo un catálogo de noctámbulos resacosos, prostitutas con el maquillaje descorrido y ganas de irse a dormir apurando la última copa con sus chulos, funcionarios de prisiones del turno entrante y trabajadores de las fábricas cercanas. Todos se multiplicaban a través de los espejos gigantes de las paredes, enmarcados en pan de oro que confundían las perspectivas reales del local. En una butaca de tapizado verde se sentaba una vieja llamada Lola que leía las manos. La vieja Lola casi no tenía clientes, y uno no notaba que estaba allí, excepto cuando el pestazo de una flatulencia suya inundaba la cafetería.

-         ¡Quieres que te lea el futuro?

María no tenía futuro, pero igualmente la dejó mirar su mano.

He seguido a Víctor del Árbol desde su primera novela, El peso de los muertos.

Ahora se trata de La tristeza del samurái, que leí recién publicada. En Francia, hace unos meses, la editó Actes Sud, en la prestigiosa colección “Actes noirs” . También se ha publicado en Holanda, en Estados Unidos,  y el Reino Unido. Muy pronto, Mondadori, lo publicará en Italia. En el pasado Festival Quais de Polar que se celebra en Lyon , recibió el premio Le Point du polar 2012. Pas mal, Víctor!.

Sinopsis de La tristeza del samurai

Extremadura 1941 / Barcelona 1981

Dos tramas se desarrollan de forma paralela; una en Extremadura en el año 1941; la otra en Barcelona en 1981. Un crimen cometido durante la posguerra española produce consecuencias en tres generaciones de la familia Alcalá y en aquellos que se han cruzado en sus vidas durante cuarenta años. 

La trama esta bien, pero sobretodo me gusta el ritmo y la lengua literaria que maneja Víctor del Árbol, impregnada de un candor, de una inocencia nada habitual, muy personal, y alejada de los estereotipos que marcan a muchos autores actuales de la novela negrocriminal.

Candor y pasión, son las palabras, que a mi juicio, mejor definirían su obra. En realidad una obra por el momento corta. Dos novelas. Las dos me han gustado.

Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) ex seminarista, mosso d’esquadra y escritor. Como todo buen escritor, ha sido antes que nada buen lector desde niño. En la biblioteca del barrio barcelonés de La Guineueta, pasaba todas las tardes acompañado de sus cinco hermanos, hasta que su madre les recogía al salir del trabajo. ¡Que importantes son las bibliotecas!

“Decidí que quería ser escritor cuando gané un concurso de redacción con catorce años en el seminario, y me regalaron el libro “Réquiem por un campesino español”, de Ramón J. Sender”, confiesa del Árbol, en una entrevista. Por suerte, abandonó su vida de seminarista cuatro años más tarde, cuando se enamoró.

Vean aquí a Víctor del Árbol hablando de su novela La tristeza del samurái , con el fondo de l´Estació de França, en Barcelona

Noticias de Gordo Larsson. Capítulo octavo de sus increíbles aventuras


Capítulo octavo.

Picadillo a la veneciana.

Situada en el centro del barrio de Berlusco se alzaba la Florentino Highest Tower, más conocida a finales del siglo XXI como Torre Desgracias. Con sus sesenta pisos era el edificio más alto de la ciudad de Gil Mateos y actuaba a modo de faro invertido, no señalando peligros cercanos, sino señalándose a sí misma como peligro máximo. En su cúspide, si se afinaba la vista, era posible descubrir unos cuantos desgraciados muriendo poco a poco en jaulas de metal.

-         ¿Los ves? – preguntó Valerio Bravo -. Están ahí hasta que el esqueleto queda brillante.

-         Pone los pelos de punta – respondió Gordo Larsson.

-         Dicen que luego el cocinero de Silvio Scumbag usa el tuétano de los huesos para hacer caldo.

-         ¿Ese Scumbag tiene cocinero propio?

-         Lo que no sabría decirte es qué no tiene Silvio Scumbag.

-         Pues entonces, vamos hacia allí.

-         ¿Hacia dónde, Gordo?

-         Pues hacia esa torre, Valerio.

-         No, no, espera. Parece que no te haces una idea correcta de nuestra situación. A estas alturas Silvio Scumbag ya sabrá que hemos colaborado en el rapto de su hija y que nos comimos a su perro. ¿Cómo piensas que nos recibirá?

-         No va a recibirnos, va a contratarnos. Somos sus nuevos cocineros.

-         Te equivocas, Gordo. Lo que somos es su cena – dijo Valerio Bravo, señalando hacia el frente y hacia atrás -. Y lo mejor que puedes hacer en este momento es quedarte mudo, que esta gente no entiende de ironías.

Unos veinte individuos armados les venían de frente y otros tantos por la espalda, más los que de seguro cubrían los flancos.

-         ¿Podremos con todos? – preguntó Gordo, en un susurro.

Valerio Bravo no tuvo tiempo de mandar a Gordo Larsson al carajo. Había en el grupo atacante un hondero de mucha destreza que, en un instante, dejó a ambos fuera de combate.

Cuando despertaron, se vieron encadenados a una enorme piedra de granito situada en el centro de una sala sin paredes. La vista era espectacular. La ciudad de Gil Mateos se mostraba en su más absoluta desolación. Edificios destartalados y pabellones en ruinas iban cediendo espacio a los descampados, al abandono. Lo que en un principio fue maleza, con los años devino en bosque.

A pocos metros, un viejo encadenado a otra piedra les observaba con curiosidad.

-         A ti te he visto yo en alguna otra parte. ¿Puede ser o no? – preguntó, dirigiéndose a Gordo Larsson.

No le contestaron. Estaban aturdidos. Aún tenían que hacerse una idea cabal de su situación. El viejo pareció entenderlo y les puso al corriente.

-         Estamos en la planta cuarenta de la Torre Desgracias. Yo llevo aquí dieciséis años y sueño con acercar esta piedra hasta el borde para dejarla caer, pero la condenada pesa doscientos cincuenta kilos y no hay quien la mueva. Mirad, aquí lo pone bien claro.

En letras rojas sobre fondo blanco se marcaba la cifra. Valerio Bravo buscó una marca similar en la piedra a la que estaban encadenados él y Gordo Larsson, pero no la encontró.

-         No la ves desde tu posición, pero yo te lo digo. Esa mole pesa cuatrocientos kilos. Os consumiréis tratando de moverla una sola pulgada. ¿Me creéis o no?

Gordo Larsson, con esa mirada tan peculiar con la que analizaba su discurrir vital y que tan buenos resultados le había dado, manteniéndole con salud tantos años, entendió que la situación en la que se hallaban no era tan negativa. Ni les habían matado ni les habían encerrado en una jaula en la azotea. Tan solo estaban encadenados a una mole de granito de cuatrocientos kilos. Un pequeño inconveniente del que Valerio Bravo quiso hacer un mundo

-         ¡Dieciséis años, Gordo! ¡Estamos acabados! Adiós a tus pichones, adiós a tumbarme a la Amparo.

El viejo lo complicó aún más cuando les dijo que su falta había consistido en el robo de una docena de tomates de la despensa de Silvio Scumbag.

-         ¡Dieciséis años por unos tomates! – gritó Valerio Bravo -. ¿Y tú te querías hacer contratar por ese malnacido de Scumbag, Gordo?

-         Dieciséis y los que me quedan hasta sumar veinticinco. Esa es la condena para los que enganchan a estas piedras.

Valerio Bravo enmudeció. Cuando le soltaran tendría unos cincuenta años, una edad que no entraba en sus cálculos. Los viejos eran una excepción en la ciudad de Gil Mateos. Lo acostumbrado era morir al rayar los cuarenta años. Si algo no cambiaba, pasaría encadenado el resto de su vida. Miró a Gordo Larsson buscando consuelo, pero a este, tal vez por viejo, tal vez por sabio, quien sabe si por locura repentina, sólo se le ocurrió preguntar al viejo por el menú.

-         ¿A qué hora se come aquí, abuelo?

Entonces, como si su pregunta hubiera sido una invocación, alguien satisfizo sus deseos y por un hueco abierto en el techo les llegó una cesta con tres manzanas.

-         ¿Manzanas? – preguntó Gordo, extrañado.

-         Lo único que comeréis en la planta cuarenta de Torre Desgracias. Cuatro puñeteras manzanas al  día y olvídate de lo que es un buen mocordo – respondió el viejo.

Valerio Bravo lanzó un suspiro y dijo a su compañero de aventuras que lo matara allí mismo y en ese momento, pero Gordo Larsson le ignoró. Adelantó una mano y cogió la manzana que le tocaba.

-         Afirmo que yo a ti te he visto antes. ¿Dices que sí o que no? – insistió el viejo.

Mientras Gordo Larsson masticaba la manzana con parsimonia, su mente bullía buscando una salida.

-         ¿En 2068 en Madrid? ¿O fue en 2069 en Barcelona? ¿Sí o no?

Valerio Bravo le dijo a Gordo que le regalaba su manzana y todas las que le correspondieran, pero que por favor le matara pronto, que su alma libre no soportaba cadenas ni aquella era dieta para un cazador acostumbrado a la carne roja.

-         ¡Mátame, Gordo! ¡Mátame y hazme picadillo!

Ante esa última palabra, a Gordo Larsson se le abrieron los ojos. Picadillo, repitió en su interior, a la Veneciana, por supuesto. Sin perder un instante, preguntó al viejo por la procedencia del cocinero de Silvio Scumbag.

-         No sé de dónde llegó, pero de por aquí no es, seguro. Está delgado como un palo, viste una túnica naranja y lleva el  cráneo pelado – respondió el viejo, para continuar de seguido en un tono de voz más bajo -. Yo opino que es un brujo y que tiene a Scumbag en sus garras. ¿Me crees o no?

Por supuesto que le creía. Gordo Larsson unió cabos y llegó a la conclusión de que Silvio Scumbag había caído en las redes de una secta budista vegetariana. Hacía mucho tiempo que ese criminal no probaba la carne. Pero por mucha que fuera la influencia de aquel monje asiático, un hombre como Scumbag, de ascendencia italiana, no sería capaz de resistirse a la propuesta que Gordo Larsson le lanzó a voz en grito.

-         ¿Hace cuánto que no pruebas carne, Silvio Scumbag?

No hubo respuesta inmediata, pero Gordo Larsson sabía que aquella era su única opción.

-         ¿Te hace un picadillo de carne?

Silencio.

-          ¡Te estoy hablando de un picadillo de carne a la veneciana, Silvio Scumbag!

Entonces sí, entonces la voz de Silvio Scumbag le confirmó a Gordo Larsson que su plan había resultado.

-         ¡Traedme a ese bocazas ahora mismo!

Próximo capítulo: Albóndigas brutas a la aragonesa.

El sabor de la memoria de Leonardo Padura

miércoles 30 de mayo. Leonardo Padura nos visita en Negra y Criminal y nos deja este documento único

Agatha Christie cocina en Chagar Bazar

Max-Mallowan-y-Agatha-Christie

“Hay libros que se leen con una persistente sonrisa interior que de vez en cuando se vuelve visible y en ocasiones audible. Ven y dime cómo vives es uno de ellos, y leerlo es un placer en estado puro”

Lo dice Jacquetta Hawkes, la eminente arqueóloga,  en el prólogo, y yo comparto totalmente su opinión.

A veces, como más desquiciada se vuelve la realidad más necesarios resultan los momentos de pequeñas evasiones, de pequeñas “burbujas”, más allá de cualquier realidad,Ven y dime como vives, es una de estas “burbujas”. En todo caso fue “la realidad” de un momento feliz de Aghata Chiristie, que, como buena narradora, nos ha sabido transmitir. Luego, también para ella, vendrían otras realidades. La segunda guerra mundial no tardaría en empezar.

Ven y dime cómo vives es un libro, no solo recomendable para aquellas lectoras (y algún lector) que han disfrutado, con los relatos criminales de Aghata Christie, si no también para cualquier lector al que le gusten los libros de viajes; libros de viajes de viajeros de otros tiempos, es decir, de  viajeros “con tiempo”, con mucho tiempo por delante. Sus páginas son el testimonio escrito de varias temporadas que pasó la autora en la  excavación arqueológica en Siria e Irak, en respuesta a las innumerables preguntas que sus amistades y conocidos le hacían acerca del tipo de vida que llevaban en aquellos lugares. Agatha Christie con su segundo marido, el prestigioso arqueólogo británico Max Mallowan, recorrió todo el Oriente Medio acompañándolo en sus excavaciones. Las peripecias y aventuras de este grupo de occidentales en los primeros años treinta, son narradas por la escritora con la ironía que la caracterizaba.

“Al fin y al cabo, ¿qué problema no puede sortear una inglesa como ella, con una buena dosis de sentido del humor o una taza de té bien cargado?”

Agatha-en-las-excavaciones-de-Chagar-Bazar

“(…) En las raras ocasiones en que entro en la cocina para “mostrar” a Dimitri la preparación de algún plato europeo, instantáneamente se ponen en marcha los más altos niveles de higiene y pureza general.Si cojo un cuenco que parece perfectamente limpio, de inmediato me lo quitan de las manos y se lo dan a Ferhid.

_Ferhid, limpia esto para que lo use la Jatun.

Ferhid aferra el cuenco, y mancha esmeradamente su interior con jabón amarillo, aplica un vigoroso pulido a la superficie jabonosa y me lo devuelve. Tengo el presentimiento de que un soufflé aromatizado con jabón no sabrá realmente bien, pero me reprimo y me obligo a seguir adelante.

Todo el proceso me tiene en vilo. En primer lugar, la temperatura de la cocina suele rondar los 37 grados e incluso para mantener ese frescor sólo hay una diminuta apertura que deja pasar la luz, por lo que el efecto general es de una penumbra bochornosa. A ella se suma la impresión dispensadora de la absoluta confianza y reverencia expresada en cada uno de los rostros que me rodean. Y me rodean una buena cantidad de rostros porque, además de Dimitri, el servil Ferhid y el altanero Alí, pueden presentarse a observar el producto: Subri, Mansur, el carpintero Serkis, el aguador y algún trabajador suelto que esté haciendo algo en la casa. La cocina es pequeña, la multitud enorme. Forman un corro de ojos admirados y reverentes que observan hasta el último detalle de mis movimientos. Empiezo a ponerme nerviosa y siento que todo saldrá mal. Se me cae un huevo al suelo y se rompe. ¡Tan plena es la confianza que depositan en mí que durante un minuto todos interpretan que ello forma parte del ritual!

Sigo adelante, cada vez más acalorada y más desquiciada. Los cazos son distintos a todos los que conozco, el batidor de huevos tiene el mango inesperadamente desmontable, la forma o el tamaño de todo lo que uso es una rareza…me recompongo y resuelvo a la desesperada que, cualquiera que sea el resultado, fingiré que esa era mi intención.

A decir verdad, los resultados fluctúan. La cuajada al limón es un éxito rotundo; la mantecada es incomible y la enterramos en secreto; un soufflé de vainilla sale bien de milagro, en tanto que el pollo Maryland (debido, comprendo más adelante, a la extrema frescura e increíble longevidad de los pollos) es tan duro que nadie puede hincarle el diente.”

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