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Autores, Willy Uribe

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo sexto

Capítulo sexto

Homo sapiens con base Mathurine.

Avanzando entre los últimos edificios del barrio de La Bola, cerca ya del descampado previo al barrio de Berlusco, Gordo Larsson y Valerio Bravo vieron a un hombre que, en mitad de la calle, tenía al fuego una cacerola. Se escondieron tras un montón de escombros y observaron. Las llamas eran mínimas y el hombre también. Pequeño y viejo, tan a descubierto, Valerio dijo que le inspiraba tanta confianza como diez buitres juntos.

-         Pero está cocinando. No parece peligroso – dijo Gordo Larsson.

-         Esa es la mejor arma de los viejos, nunca parecéis peligrosos.

-         Y además tengo hambre. La carne de esos canguros era una porquería.

-         ¿Te refieres a que lo matemos y nos lo comamos, Gordo?

-         Me refiero a lo que pueda estar cocinando, Valerio.

-         No está cocinando nada, Gordo. Ese viejo es un puñetero cebo.

Al instante, Gordo Larsson se agachó aún más y echó un vistazo alrededor.

-         No veo a nadie – dijo.

-         Sé muy bien que están ahí. Yo también he usado este truco. Plantas a un viejo amenazándole con cortarle el cuello si se mueve y después esperas a que pase alguien igual de confiado que tú y trate de robarle la comida al viejo.

-         Joder, Valerio. Te aprecio mucho, pero eres el exponente máximo de la podredumbre de esta ciudad. No hablo ni de robarle ni de matarle ni de comerle, sólo quiero acercarme ahí para ver qué está cocinando y tratar de meter cuchara, nada más.

-         Te equivocas de raíz, Gordo. Esta ciudad ya se pudrió hace muchos años, la fase actual es la de la desolación. Y sí, yo soy un buen exponente.

Valerio Bravo metió mano en su macuto y extrajo un paquete pringado de sangre. Eran dos pedazos del muslo de Oriol Tuiter i Tuiter a punto de comenzar a oler realmente mal.

-         Si los asas bien nos aseguramos la cena – dijo.

-         Pero tú, estimado Valerio, estás más que acostumbrado a la carne cruda. Ahora no tenemos tiempo para barbacoas. Comemos con el viejo y después continuamos para el barrio de Berlusco.

Valerio Bravo, exponente de la desolación, arrojó el paquete de carne a una alcantarilla y encaró a Gordo Larsson.

-         Adoro la carne cruda, Gordo. Y la adoración va mucho más allá de la costumbre. Así que no comemos con el viejo, sino que nos comemos al viejo… al que sea, y yo veo dos. Él y tú.

El lo acompañó clavando la punta de su dedo índice en el pecho de Gordo, quien llegó a viejo gracias a la astucia y la sensatez. Esta última cualidad le decía bien claro que no tentara los colmillos de Valerio Bravo. En cuanto a la astucia, Valerio también tenía la suya.

-         Tú vas a ser el falso cebo, Gordo. Te acercas a unos veinte metros y vemos qué sucede.

-         ¿Vemos? Si ese viejo es un cebo lo más probable es que yo no vea nada más que la muerte, si acaso.

-         Si no es tiempo de barbacoas, mucho menos de filosofías, Gordo Larsson. ¿Vas o te voy?

Y Gordo fue porque en su caso, aunque no lo admitiera, la cobardía también sumaba a la astucia y la sensatez. Avanzó pegado a un edificio hasta llegar a veinte pasos del viejo, que ya le había visto y le hacía señas para que se acercara. Gordo se parapetó tras un muro y observó al viejo. La cazuela era un interrogante. ¿Qué podía haber dentro? No hervoteaba nada, el fuego era mínimo.

-         ¡Venga usted aquí, buen hombre! – gritó el viejo a Gordo -. ¡Que no le voy a comer, carajo! ¡Que no tengo un maldito diente, por favor! ¡Es que ya no hay un solo ser humano digno de tal nombre en esta ciudad!

-         ¿Qué está cocinando? – preguntó Gordo Larsson.

-         ¡Un puré Mathurine! – respondió el viejo.

Gordo Larsson se desmontó. Del mismo modo que los cataclismos sacuden la corteza terrestre, su pensamiento se dislocó en dos placas antagónicas: comerse al viejo o comer junto a él ese delicioso puré Mathurine.

-         ¡Pero le advierto que no tengo mantequilla! – gritó el viejo.

-         ¿Patatas, guisantes y puerros? – preguntó.

-         ¡Pues claro, hombre, que si no estaríamos hablando de otra cosa! ¡Y véngase ya para aquí, que me cansa gritar tanto!

Gordo Larsson miró hacia la posición de Valerio y este le hizo una señal para que se acercara más. Gordo abandonó su parapeto y caminó hacia el viejo. Cuando llegó a su lado, este se levantó y le tendió la mano.

-         Rodrigo Rato – dijo.

-         Un placer, yo soy Gordo Larsson.

Se sentaron junto a la cacerola y Gordo la destapó, acercando su nariz.

-         Acaba de romper el hervor – dijo el viejo -. Queda para largo porque no tengo buen fuego.

-         ¿Tiene tamiz para pasarlo?

-         Pues claro, hombre de Dios.

Gordo Larsson se quedó pensativo. Hacía muchos años que no escuchaba aquella expresión: hombre de Dios. Volver a encontrarse con ella añadía un extra de interés hacia el portador, además, claro está, del puré Mathurine.

-         ¿De dónde es usted, señor Rodrigo Rato?

-         Nací en las islas Cayman, pero mi bisabuelo era español de pura cepa, de los exiliados de los años treinta. Era político y banquero. ¿Y usted, señor Gordo Larsson?

-         Yo soy de donde mi estómago me lleve, por eso me llaman Gordo. Mi verdadero nombre es Larsson Gómez. En cuanto a mi bisabuelo, no puedo darle referencias.

-         ¿Y su abuelo?

-         Tampoco.

-         ¿Y su padre?

-         Mucho menos. De todos modos, lo que sí decía mi madre es que en honradez los de nuestra saga siempre hemos puntuado alto. ¿Y la suya, señor Rodrigo Rato?

-         También puntuamos alto. Es más, ese es el único motivo por el que ahora me encuentro en esta apurada situación. Tan alto puntuó mi bisabuelo en la política y en la banca que no pudo sacar todas sus riquezas cuando lo del exilio. Con las cuentas corrientes y el efectivo no hubo problema, pero además había atesorado cien kilogramos de oro. Esos no pudo sacarlos y se vio obligado a esconderlos. La familia me envió en su búsqueda. Lo he encontrado, pero ahora no puedo escapar con él ni de esta ciudad ni de esta desgraciada isla de Iberia.

-         El oro no se come, señor Rodrigo Rato.

-         No en esta mierda de lugar, señor Gordo Larsson.

-         Donde usted está atrapado al igual que yo. Esperemos la cocción, procedamos con el tamizado, sustituyamos la sucia mantequilla por el insuperable aceite de oliva y degustemos del puré Mathurine. ¿Le parece?

-         Agradezco la compañía. Me parece una idea excelente.

-         Y yo agradezco el encontrar en este páramo urbano de Gil Mateos una persona conocedora de las artes gastronómicas, señor Rodrigo Rato.

-         ¿Y lo del tesoro de mi bisabuelo?

-         ¿Qué hay de él? – preguntó Gordo, acercando el oído a la cazuela para calcular el nivel de cocción.

-         ¿No le interesa saber dónde está escondido?

-         En absoluto. Mi meta es el parque Leo Messi y mi trabajo regresar al barrio de La Bola con dos pichones bien gordos. Cien kilos de lo que sea es lo que menos me conviene en este momento.

-         Si me ayuda le doy el uno por ciento. Un kilo de oro vale treinta mil dólares en el mundo exterior, el de verdad.

-         ¿Qué son dólares? – preguntó Gordo Larsson.

-         ¿Me toma usted el pelo?

-         ¿Se comen?

-         ¡Por favor!

Sopló la brisa, el fuego se avivó y en un instante la cazuela comenzó a hervotear en serio. Rodrigo Rato se acercó a ella y la destapó para revolver con un cucharón de madera. Ese gesto tan cotidiano, tan de hogar humilde, de olla podrida, fue lo último que Rodrigo Rato hizo en su vida, porque Valerio Bravo, preciso en su condición de cazador machetero, le cortó la cabeza de un solo golpe. La cabeza cayó a la cazuela y Gordo Larsson cerró la tapa.

-         Si tengo que comer algo de este hombre, que sean los sesos – dijo.

-         Pues yo le daré a los lomos, sin despreciar ni el corazón ni el hígado – dijo Valerio -. Necesitamos proteína. Hasta ahora ha sido un paseo, pero en el barrio de Berlusco la cosa empieza en serio.

Gordo Larsson se llevó la mano a su bolso de especias y arrojó un puñado de sal a la cazuela. Conocía el resabor dulzón de la carne humana. Los ojos de Rodrigo Rato, ya amarillos, también se los comería. Pensaba comerle hasta el alma a ese engreído, digerirla a conciencia y cagarla después en algún callejón de Gil Mateos.

-         ¿De qué hablabais? – preguntó Valerio.

-         De que le gustaba la cocina. No era más que un viejo elitista con ganas de charla.

Por algún motivo, casi seguro que el del brillo atemporal del oro, Gordo Larsson guardó silencio respecto a lo del tesoro escondido.

-         Pues si le gustaba la cocina, qué mejor final que su cabeza en una bandeja para saciar el hambre del pueblo. ¿No crees, Gordo?

-         Creo, Valerio, creo.

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