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Autores, Willy Uribe

Gula tatuada. Andanzas de “Gordo” Larsson. Capítulo Primero

  

 

Capítulo primero.  Querencia de pichones a la brasa crepandine.

 

Uno de los platos favoritos de Gordo Larsson y que con más nostalgia recordaba. Una buena mañana se le antojaron, aunque para darse el gusto necesitaba dos pichones jóvenes y tiernos. El resto para ajustarse a la receta lo tenía en su chamizo: las cebolletas, la harina, la vinagre, el chorrito de aceite de oliva, el cuartillo de leche, el ramillete de perejil y las pizcas de sal, pimienta y comino. Si faltaba algo, lo encontraría en la tienda de Loui. Pero no pichones.

-         ¿Y tienen que ser pichones? ¿No puedes apañarte con un salchichón?

-         No, Loui. Necesito pichones. ¿Sabes quién puede venderlos?

-         ¡Qué se yo, Gordo! Mira mi tienda, género básico.

¿Dónde encontraba dos buenos pichones en el barrio de La Bola? Habló con Valerio, que era cazador, pero no pudo decirle nada sensato porque estaba borracho de orujo. Aun así, quiso darle una pista.

-         No existen, Gordo. Los pichones se extinguieron.

Necesitaba dos pichones grandes y tiernos para pasarlos por la llama y quemarles el vello que pudiera quedarles tras el desplume. Después, desplegarles las alas sobre la espalda, hacer dos incisiones en la piel y sujetar en ellas las patas del ave. Paso previo a que el cuchillo abriera los pichones de arriba abajo por la espalda. Seguido, tomaría el machete para aplastarlos por su parte interior y dejarlos completamente abiertos, como una mariposa.

-         Sólo trabajamos con cerdos – le dijeron en el matadero del barrio.

-         ¿Nada de pichones?

-         ¿Me tomas el pelo o qué cojones?

Pensó en hablar con Amparo, que decía saberlo todo sobre la buena mesa, pero aún era pronto tras el desastre del último encuentro. Los insultos y bofetadas de esa mujer le dolieron a Gordo, vaya que sí. El castigo lógico por comentar lo crudo que le quedó ese solomillo de cerdo a la cacerola.

-         ¡Está cerrado! – le gritaron en la tienda del subterráneo.

-         ¿Venden ustedes pichones grandes?

-         ¿Qué?

-         Que si venden ustedes pichones grandes.

-         ¡Vete al carajo!

Las brasas ya estaban listas. También la salsa crepandine, hecha con mimo y tiempo, porque de eso Gordo tenía todo el que quisiera. Los pichones, por el contrario, eran casi un imposible. Volvió a la tienda de Loui e insistió.

-         ¿Estás seguro de que ninguno de tus proveedores trabaja con pichones?

-         Joder, Gordo. Date por vencido, hombre.

-         Eso nunca, Loui.

-         Entonces tendrás que ir al parque Leo Messi y cazarlos tú  mismo… si puedes.

El parque Leo Messi quedaba en el extremo oriental de la ciudad de Gil Mateos, en la salida hacia Madrid. Partiendo del barrio de La Bola, Gordo tenía ante sí quince kilómetros que le obligaban a cruzar por la zona centro y los barrios de Lo Matas, El Camps, Berlusco y La Urdanga. Un papelón. Las posibilidades de llegar intacto eran reducidas, sobre todo en Berlusco y La Urdanga.

-         Te van a salir caros esos putos pichones, Gordo.

-         Ya sabes lo cabezón que soy, Loui.

-         Cabezón y gilipollas.

-         Y viejo, no lo olvides.

-         ¿Qué tiene eso que ver, Gordo?

-         Pues que nadie va a rajar a un viejo enano que empuja un carrito, ¿no crees?

-         Un viejo enano, imbécil, gilipollas y cabezón al que destriparon los del barrio deLa Urdanga por su mala cabeza. Ya sabes qué tiempos vivimos Gordo, me caes bien, no la jodas. Cógete ese salchichón y quédate en La Bola.

De vuelta a su chamizo, Gordo se repitió esa frase unas cuantas veces: quédate en La Bola, quédate en La Bola. Cuando ya desmenuzaba el salchichón de Loui para asarlo junto a un sofrito de cebolla y no desperdiciar la salsa crepandine, el cielo atronó con violencia y comenzó a llover para que las brasas se apagaran como quien sopla una vela.

-         ¡Una mierda me quedo en La Bola! ¡Yo quiero pichones, coño! ¡Mataría por dos pichones!

Sólo le escucharon los gatos, atentos a todo y con un hambre canina.

 

 

 

Próximo capítulo: Pato a la arlesiana con cobertura de Amparo.

 

 

 

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